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Fidelio, regresó al Teatro Solís con una mirada latinoamericana

LECTURA RECOMENDADA

Montevideo, 25/V/2026 . Fidelio, ópera en dos actos. Música: Ludwig van Beethoven.Libreto: Joseph Sonnleithner, Stephan von Breuning y Friedrich Treitschke. Dirección musical: Martín García. Dirección escénica: Nicolás Boni. Escenografía: Nicolás Boni
Vestuario: Pablo Ramírez. Iluminación: Sebastián Marrero. Dirección de coro: Esteban Louise. Maestros preparadores: Agustín Urbina, Ugo Dorazio . Elenco: Sabina Cvilak: Leonora; Eric Herrero*: Florestán; Savio Sperandio: Rocco; Licio Bruno: Don Pizarro; Sofía Mara: Marzelline; Santiago Martínez: Jaquino; Alfonso Mujica: Don Fernando . Orquesta Filarmónica de Montevideo. Coro Nacional del SODRE.                                  Nuestra calificación: muy buena.

*Artista cedido por el Teatro Municipal de Río de Janeiro

Luego de 57 años de ausencia en el Teatro Solís, regresó Fidelio, la única ópera del genio de Bonn, Ludwig van Beethoven. La régie y el concepto escénico realizados por Nicolás Boni constituyeron uno de los mayores puntos de interés de la producción. El director decidió trasladar la acción a una dictadura latinoamericana de la segunda mitad del siglo XX, estableciendo un paralelismo claro entre el ideario libertario de Beethoven y los años oscuros vividos en el continente. La idea no resulta novedosa dentro de la escena operística contemporánea, pero sí aparece desarrollada con coherencia dramática y un manejo visual eficaz.

Boni construye un espacio opresivo, de tonos grises y estructuras rígidas, donde la vigilancia y el miedo dominan la escena. El universo carcelario adquiere una dimensión reconocible para el espectador rioplatense, particularmente en los momentos colectivos, donde el coro logra transmitir con intensidad la necesidad de libertad y hasta las mujeres con sus pañuelos blancos en la cabeza, nos rememoran a las «Madres de Plaza de Mayo». La régie evita excesos conceptuales y apuesta por una narración clara, directa y teatralmente funcional. El vestuario de Pablo Ramírez ideó una paleta de colores pastel que contrastó eficazmente con los grises de la escenografía y con la iluminación, también muy bien planteada, de Sebastián Marrero. Sus ingresos indirectos de luz reforzaban la sensación de claustrofobia en el segundo acto de este célebre Singspiel.

Desde el aspecto musical, la función encontró resultados desiguales aunque dignos. La dirección orquestal del Mtro. Martín García privilegió la densidad sonora y el dramatismo beethoveniano, con momentos de lograda tensión en los grandes concertantes y en el desarrollo del segundo acto. Sin embargo, por momentos la masa orquestal tendió a sentirse algo desajustada.

Aun así, se percibió el esfuerzo y compromiso de los músicos de la Orquesta Filarmónica de Montevideo, pese al contexto complejo marcado por los problemas salariales mencionados antes del inicio de la función.

El Coro Nacional del Sodre tuvo resultados particularmente notorios, destacándose especialmente la solidez de las cuerdas masculinas, tanto en los pasajes de mayor densidad dramática como en la gran coda final, donde la dramaturgia inherente a la obra encontró un desarrollo musical claramente definido. La dirección del Mtro. Esteban Louise aportó una presencia vocal firme y homogénea, contribuyendo de manera decisiva a la intensidad colectiva de la propuesta.

En el plano vocal, Sabina Cvilak ofreció una Leonora de entrega total. Su composición escénica fue sólida y comprometida, sosteniendo con convicción el eje moral de la obra. Vocalmente mostró experiencia y musicalidad, aunque algunos pasajes de mayor exigencia dramática evidenciaron un agudo directo, limpido. Precisamente por ello, su volumen logró proyectarse con comodidad por encima de la orquesta y el coro.

Asimismo supo administrar inteligentemente los contrastes expresivos del personaje, pasando de la tensión heroica a momentos de introspección con notable sensibilidad musical. Su fraseo, amplio y de buena línea, permitió apreciar una lectura madura del rol, evitando caer en un mero despliegue de potencia vocal. Particularmente destacable resultó la manera en que construyó la progresión dramática de Leonora, creciendo en intensidad a medida que avanzaba la acción hasta alcanzar una escena final de gran impacto emocional.

La gran aria del primer acto, “Abscheulicher! Wo eilst du hin?”, encontró en Cvilak un momento de altísimo impacto vocal. Allí la soprano desplegó toda la amplitud y resistencia de su instrumento, atravesando con firmeza la escritura beethoveniana y construyendo un verdadero clímax dramático. Del mismo modo, la gran coda final de la ópera volvió a confirmar su autoridad vocal y escénica, imponiéndose con brillo y energía dentro de la masa coral y orquestal.

Eric Herrero asumió un Florestán de fuerte presencia humana. Su ingreso en el segundo acto estuvo cargado de dramatismo y logró transmitir el sufrimiento del personaje desde una línea de canto noble y expresiva. La emisión mostró algunas irregularidades en el extremo agudo, pero el resultado general fue convincente por intención y compromiso teatral. Su desempeño encontró sus mejores momentos en el lirismo contenido del personaje, donde logró un interesante equilibrio entre fragilidad emocional y heroísmo vocal.

Savio Sperandio, como Rocco, resultó particularmente notorio, aportando musicalidad y una figura escénica creíble, alejada de caricaturas habituales. Su canto encontró un interesante equilibrio entre autoridad y humanidad, construyendo un personaje más complejo de lo habitual, donde el carcelero no aparecía únicamente como figura funcional sino también atravesado por contradicciones morales. Su emisión homogénea y el buen manejo del fraseo le permitieron desenvolverse con solidez tanto en los momentos íntimos como en los grandes concertantes, aportando además una presencia escénica de fuerte naturalidad teatral.

Por su parte, Licio Bruno delineó un Don Pizarro de adecuada oscuridad tímbrica y buena presencia escénica, aunque sin alcanzar una verdadera dimensión amenazante. Sin embargo, el cantante sostuvo con firmeza la línea vocal del personaje y logró imponer autoridad en escena gracias a una interpretación intensa y físicamente comprometida. Sus intervenciones exhibieron un fraseo incisivo y una correcta proyección, especialmente efectiva en los momentos de mayor tensión dramática, donde consiguió transmitir con convicción el perfil autoritario y violento del villano beethoveniano.

Entre los roles secundarios destacó especialmente la frescura vocal de Sofía Mara como Marzelline, aportando luminosidad y una presencia escénica espontánea en cada una de sus intervenciones. La soprano logró construir un personaje creíble y sensible, alejándose de la mera ingenuidad habitual con la que muchas veces se presenta el rol. Su timbre claro y bien proyectado encontró particular lucimiento en los pasajes de conjunto, donde supo integrarse con musicalidad sin perder personalidad propia. Además, manejó con inteligencia los matices expresivos, otorgándole a Marzelline una dimensión humana que enriqueció notablemente las escenas domésticas del primer acto. Su desempeño dejó entrever una intérprete de interesantes recursos técnicos y escénicos, capaz de desenvolverse con soltura dentro del complejo entramado vocal beethoveniano.

Mientras tanto, Santiago Martínez resolvió con eficacia el Jaquino de forma notoria, su toma de rol y sus manejos escenicos lo muestra de forma notable por su totalidad.Asimismo Alfonso Mujica ofreció un Don Fernando correcto  como sobrio, que supo aprovechar su lectura en la gran coda final.

Esta producción de Fidelio consigue instalar una lectura cercana y reconocible para el público latinoamericano, apoyándose más en la fuerza ética de la obra que en provocaciones escénicas. Musicalmente irregular, pero teatralmente sólida, la propuesta encuentra su mejor virtud en la honestidad de su planteo y en un elenco comprometido con el espíritu humanista de Beethoven.

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