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Casi Normales, inmersivo: cuando el teatro respira con nosotros

LECTURA RECOMENDADA

CASI NORMALES, INMERSIVO. Libro y Letras: Brian Yorkey. Música Original: Tom Kitt. Idea y concepto: Pablo del Campo. Elenco: Diana: Mela Lenoir, Dan: Roberto Peloni, Gabriel: Axel Munton, Natalie: Ema Gimenez Zapiola, Henry: Valentín Zaninelli, Dr Madden: Mariano Chiesa. Director Original: Simon Pittman. Director Musical: Tomás Mayer Wolf. Directora Asociada: Mela Lenoir. Showrunner: Estanislao Otero Valdez. Artistas Visuales: Desilence (Tatiana Halbach & Søren Christensen). Versión en Español: Pablo del Campo. Productor Musical: Manuel Moreno. Diseño de Luces: Ariel Ponce. Diseño de Sonido: Alejandro Zambrano/Gaston Briski. Diseño de Sonido Asociado: Nahuel Delgado. Sala: Centro Audiovisual Inmersivo (Avda. Jorge Newbery 3039, Bs. As. Funciones: vienres 21 hs / 22,30 hs. y domingos 20 hs.                  Nuestra calificación: excelente

«Hay experiencias teatrales que se contemplan.
 Y hay otras —más raras, más necesarias— que se habitan».

Buenos Aires, 14 de febrero,2026. Esta propuesta de Casi Normales elige decididamente el segundo camino: no se limita a representar la obra en un espacio reducido, sino que la restituye a su esencia original mediante un formato inmersivo que devuelve al espectador la condición de testigo cercano, casi intruso, en la intimidad de una familia que lucha por sostenerse. Aquí no hay distancia de platea  ni protección simbólica: uno escucha la respiración, percibe los silencios, siente cómo la emoción atraviesa el espacio como una corriente eléctrica.

La obra sucede con el público, no delante de él.

La puesta —concebida desde la dirección escénica de Mela Lenoir— encuentra su mayor virtud en una introspección rigurosa, apoyada en la utilización del método en la acción.
Lenoir, que además es la directora asociada de la propuesta, vuelve a conmover con su interpretación: es la madre que emerge en medio de la situación conflictiva evidenciando el mayor dolor tanto con el cuerpo como con su privilegiada voz. El espectador lo siente de manera directa, sin mediaciones, y por eso en el final se lleva los mayores aplausos. No construye el sufrimiento, lo atraviesa; no lo declama, lo encarna. Está acompañada por un elenco compacto, sólido, que se entrega a sus personajes con la misma intensidad.

Foto gentileza @phsimonquezada

A su lado, Roberto Peloni es el padre, un rol deliberadamente ambiguo que muestra una introspección latente, un dolor encubierto que va resquebrajándose. Medido en su composición, su Dan deja entrever el quiebre cuando ya no puede sostener la situación, aunque el arco final parezca no desplegar del todo las enormes posibilidades interpretativas de uno de los grandes protagonistas del musical argentino.

Y los jóvenes no se quedan atrás. Alex Munton —como el hijo añorado— aporta la fuerza que los padres no logran tener, corporiza pensamientos y miedos con gran convicción física y emocional. Ema Giménez Zapiola atraviesa todas las emociones en el lapso de la obra con una holgura expresiva sin fricciones, mientras que Valentín Zaninelli representa al amor, la esperanza y la posibilidad —incluso la inocencia— en una composición que hace añorar esa adolescencia en la que todo parece nuevo.

Foto gentileza @phsimonquezada

Verlos circular entre los espectadores, interactuar con ellos y sorprender a centímetros de distancia confirma que esta cercanía no es un truco sino una experiencia de buen teatro que no tiene precio. El boca en boca, la expectativa y ese plus inmersivo llevan al público a desplazarse hacia un espacio poco habitual para ser parte activa del acontecimiento.

Foto gentileza @phsimonquezada

La dimensión musical, guiada por Tomás Mayer-Wolf, sostiene con precisión la inclusión sonora dentro del dispositivo escénico, integrando cada número como acción dramática antes que como mero lucimiento vocal. La música sucede, respira y se contagia al espectador en esa proximidad inevitable.

El que aparece de manera virtual —y que el público argentino claramente añora en presencia física— es Mariano Chiesa, intérprete versátil que logra traspasar la pantalla en las escenas de consulta por Zoom. Su psiquiatra, mediado por la tecnología, completa con eficacia esta propuesta contemporánea y demuestra que la virtualidad también puede integrarse con sentido teatral.

Foto gentileza @phsimonquezada

Pero si algo termina de consolidar la experiencia es el trabajo visual de Desilence, con la creación de Tatiana Halbach y Søren Christensen. El mapping no funciona como mero efecto estético: nos introduce en la mente de la madre-paciente, en los sueños de la hija, en la desesperación del padre, en la ilusión del novio y en la persistente presencia del hijo mayor. Es un dispositivo imaginativo, moderno y liberado de prejuicios que sintetiza la trama y la vuelve dinámica para una sensibilidad contemporánea.

Así, el espectáculo confirma algo esencial: cuando la técnica está al servicio de la emoción y la cercanía se convierte en lenguaje, el teatro deja de ser representación para transformarse en vivencia.

En esta Casi Normales, no asistimos a la historia.
La respiramos.

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