Buenos Aires, 16 de Febrero 2026. El Dr. Merengue pide silencio en la sala. No para escuchar a Wagner, lamentablemente, sino para intentar descifrar si lo que suena en los auriculares del prójimo es música, un mensaje en clave o una licuadora con fiebre.
Ahí aparece Bad Bunny, fenómeno global, estandarte del ritmo pegadizo y de una lírica que confirma que .
Uno escucha atentamente esperando una idea, una imagen poética, aunque sea un sujeto y un predicado que se saluden… pero no: todo es eh, yah, mmm, una especie de Esperanto del meneo.
Hasta ahí, digamos, es espectáculo. Carnaval sonoro. Zoológico rítmico.
́ .
Porque mientras unos cantan como conejos simbólicos, otros —los llamados therians— han decidido que la metáfora era demasiado complicada y directamente .
Antes los jóvenes querían ser astronautas, pianistas o, en una de esas, revolucionarios.
Ahora algunos quieren ser lince.
Con recreo, pero sin ironía.
El Dr. Merengue, que ha visto modas intelectuales de todo tipo, anota en su libreta:
“ ́ .”
De un lado, canciones que reducen el lenguaje a sílabas bailables.
Del otro, identidades que reducen la imaginación a literalidad biológica.
Y en el medio, los humanos —esos seres anticuados— preguntándose ́ .
Porque Bad Bunny, al menos, sabe que actúa.
El therian parece creer que debe pedir turno con el veterinario.
Conclusión clínica del Dr. Merengue:
“ , .
… .”
Y se retira, indignado pero elegante, recordando que la evolución llevó millones de años…
́.
