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Cumbres Borrascosas: cuando el gótico se convierte en videoclip de lujo

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Cumbres borrascosas (Wuthering Heights, Reino Unido/Estados Unidos/2026). Dirección: Emerald Fennell. Guion: Emerald Fennell, Emily Brontë. Fotografía: Linus Sandgren. Edición: Victoria Boydell. Elenco: Margot Robbie, Jacob Elordi, Hong Chau, Alison Oliver, Shazad Latif, Martin Clunes, Ewan Mitchell, Amy Morgan. Calificación: Apta para mayores de 16 años con reservas. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 136 minutos. Nuestra calificación: buena.

La nueva adaptación de Cumbres borrascosas, producida por Warner Bros. y dirigida por Emerald Fennell, entra al universo de Emily Brontë como un huracán de terciopelo negro: excesiva, sensual, visualmente hipnótica… y emocionalmente mucho más discutible.

Fennell no adapta la novela: la desarma. La retuerce. La convierte en un objeto pop-gótico donde la pasión tóxica entre Cathy y Heathcliff deja de ser tragedia literaria para transformarse en una experiencia estética casi febril. Hay niebla, piel húmeda, vestidos flotando en los páramos y miradas filmadas como si cada plano quisiera convertirse en portada de revista de moda. Y ahí está justamente la virtud… y el problema.

Margot Robbie compone una Catherine intensa, caprichosa y feroz, aunque por momentos más cercana a una influencer victoriana atrapada en un delirio romántico que a la heroína salvaje de Brontë. Su presencia magnética sostiene muchas escenas que el guion abandona a mitad de camino. Del otro lado, Jacob Elordi construye un Heathcliff físicamente imponente, cargado de erotismo oscuro, pero menos perturbador de lo necesario. El personaje debería dar miedo; aquí, muchas veces, sólo posa con melancolía sexy.

La química entre ambos funciona desde el deseo, no desde el dolor. Y “Cumbres borrascosas” necesita precisamente dolor. Necesita barro emocional, heridas abiertas, resentimiento que huela a muerte. Fennell, en cambio, parece fascinada con la estilización constante. Todo es tan cuidadosamente bello que la tragedia pierde suciedad humana.

Cortesía de Warner.

Eso sí: visualmente la película es deslumbrante. La fotografía de Linus Sandgren convierte los páramos en una pesadilla romántica de tonos grisáceos y dorados, mientras el vestuario mezcla época y modernidad con una impudicia deliberada. La música —incluyendo aportes ligados al universo pop contemporáneo— empuja el film hacia una experiencia casi sensorial.

El problema aparece cuando uno intenta encontrar el alma detrás del artificio. La película elimina capas fundamentales de la novela: las tensiones sociales, el resentimiento de clase, la brutalidad psicológica y esa estructura narrativa enfermiza que hacía del libro una experiencia incómoda. Aquí todo se resume a una pasión tóxica hiperestetizada, narrada con la lógica emocional de un “dark romance” contemporáneo.

Y sin embargo… funciona. O al menos seduce.

Porque Fennell entiende algo muy moderno: hoy el público no busca necesariamente fidelidad literaria; busca intensidad emocional inmediata. La película está diseñada para generar conversación, memes, fan edits y discusiones encendidas entre quienes la consideran una traición y quienes la ven como una reinterpretación libre y fascinante. Las reacciones divididas en redes y foros son casi parte integral de la obra.

La gran pregunta es si esto sigue siendo “Cumbres borrascosas” o si estamos frente a “Saltburn en los páramos”. Y probablemente la respuesta sea: ambas cosas.

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