(Bs. Aires, 24/VI/2026, Teatro Astral). Anastasia, el musical. Autores: Terrence McNally (libro), Stephen Flaherty (música) y Lynn Ahrens (letras). Dirección general: Marcelo Rosa. Dirección musical: Néstor Tedesco. Diseño de sonido: Gaston Briski y Alejandro Zambrano. Elenco: Minerva Casero, Felipe Bou Abdo, Lucila Gandolfo, Fernando “Pichu” Straneo, Agustín Iannone, Carolina Mainero, Julieta L.G. Alemán, Sofía Aleman y ensemble. Coreografías: Alejandro Ibarra. Escenografía: Carlos Cifani. Diseño de proyecciones: Aaron Rhyne y Broadway Media. Iluminación: Martín Fernández Paponi y Claudio Del Bianco. Vestuario: Stella Maris Müller. Sala: Teatro Astral (avda. Corrientes 1639). Funciones: miércoles a las 20, sábados, a las 15.30 y domingos, a las 16 hs. Nuestra opinión: excelente
Hay espectáculos que primero deslumbran la vista y otros que terminan conquistando el corazón. Muy excepcionalmente aparece alguno capaz de lograr ambas cosas al mismo tiempo. Anastasia pertenece a esa privilegiada categoría: una producción con belleza visual cuya verdadera riqueza se descubre, como en una exquisita caja de bombones, cuando uno comienza a saborear cada una de las emociones que guarda en su interior.
Si hubiera que definir esta producción con una sola imagen, sería ésta: es una caja de bombones finos presentada dentro de un estuche Fabergé. Porque primero deslumbra el envoltorio. Pero apenas se abre, descubre un tesoro aún mayor.
Cada escena es un bombón distinto: algunos tienen la dulzura de la nostalgia; otros, el amargor de la pérdida; otros esconden el sabor intenso del amor, del humor o de la esperanza. Y el estuche que los contiene posee la elegancia, la minuciosidad y el lujo artesanal de aquellas célebres joyas imperiales rusas que parecían imposibles de superar.
Esa es exactamente la sensación que produce esta producción argentina. Una obra donde la belleza nunca es superficial porque siempre protege algo profundamente humano.
La dirección general de Marcelo Rosa entiende perfectamente esa premisa. Nunca convierte el espectáculo en una exhibición de recursos. Cada decisión estética está al servicio de la emoción. Su mirada consigue un equilibrio delicadísimo entre la espectacularidad propia del gran musical y la intimidad de una historia que, en el fondo, habla de algo tan universal como la búsqueda de la propia identidad.
Porque Anastasia no trata de encontrar una princesa. Trata de encontrar una persona. Y esa diferencia cambia absolutamente todo.
Un mecanismo de relojería
La dirección musical de Néstor Tedesco sostiene toda la arquitectura emocional del espectáculo. La orquesta respira con los intérpretes, acompaña los silencios y convierte cada canción en un nuevo capítulo del relato. En este musical nadie canta porque sí: las canciones aparecen cuando las palabras ya no alcanzan.
Las coreografías de Alejandro Ibarra poseen una virtud esencial: cuentan la historia. No buscan el aplauso fácil ni la exhibición técnica. Cada desplazamiento, cada formación y cada movimiento responden a una intención dramática, logrando que el lenguaje corporal dialogue permanentemente con la música.
La escenografía de Carlos Cifani encuentra el difícil equilibrio entre monumentalidad y funcionalidad. Cambia con fluidez cinematográfica sin perder jamás la esencia teatral, permitiendo que la narración avance con un ritmo impecable.
Sobre ella se apoyan las extraordinarias proyecciones diseñadas por Aaron Rhyne y Broadway Media, que expanden el espacio escénico sin sustituirlo. El célebre viaje en tren constituye uno de los momentos visualmente más impactantes de la producción argentina reciente: una perfecta integración entre escenografía, video, iluminación y movimiento.
La iluminación de Martín Fernández Paponi y Claudio Del Bianco modela emociones más que escenarios. Hay escenas donde un simple cambio de temperatura lumínica basta para revelar el estado interior de un personaje.

Un reconocimiento especial merece el impecable diseño de sonido de Gastón Briski y Alejandro Zambrano, uno de esos rubros cuya excelencia suele pasar inadvertida precisamente porque funciona con absoluta perfección. La mezcla entre las voces y la orquesta alcanza un equilibrio cristalino, con una nitidez, definición y espacialidad verdaderamente sobresalientes. Cada palabra se comprende, cada matiz vocal llega con claridad y la riqueza instrumental envuelve la sala sin saturarla jamás. En una producción de semejante complejidad técnica, donde conviven grandes cuadros corales, escenas íntimas y una orquestación exigente, el sonido se convierte en un aliado silencioso pero indispensable para que la emoción llegue intacta al espectador.
Y el vestuario de Stella Maris Müller merece una ovación propia. Elegante, refinado y minucioso, reconstruye con extraordinario gusto la Rusia imperial y el París de los años veinte. Cada vestido, cada uniforme y cada detalle parecen surgir de una pintura de época, vistiendo a los personajes sin eclipsarlos jamás.
Minerva Casero encuentra el alma de Anastasia
Sobre Minerva Casero descansa el peso emocional de toda la obra. Y responde con una interpretación profundamente honesta. Su Anastasia jamás intenta parecer una princesa de cuento. Primero construye una mujer. Una joven confundida, valiente sin saberlo, vulnerable y luminosa al mismo tiempo. Lo más admirable aparece precisamente cuando deja de cantar. En sus silencios, en las vacilaciones de la memoria, en esas miradas perdidas donde uno percibe el esfuerzo por reconstruir una vida que apenas recuerda. Allí nace una protagonista inmensamente humana, capaz de conmover sin recurrir jamás al exceso.

Felipe Bou Abdo, un Dimitri lleno de humanidad
Felipe Bou Abdo entrega un Dimitri de enorme sensibilidad. Escapa del molde del galán tradicional para construir un hombre marcado por las contradicciones, el humor y la supervivencia. La evolución emocional del personaje resulta absolutamente creíble y su química con Minerva Casero fluye con una naturalidad que sostiene toda la historia de amor.
Un elenco donde nadie queda a la sombra
Pichu Straneo ofrece un Vlad exquisito, dueño de un humor refinado y un timing escénico impecable. Su presencia aporta calidez y una elegancia interpretativa que evita cualquier caricatura.
Pero merece un apartado especial Carolina Mainero, quien confirma una vez más que posee un instinto excepcional para la comedia. Su Lily nunca cae en el exceso ni en el gag fácil; construye un personaje sofisticado, encantador y de una simpatía irresistible. Cada aparición encuentra el tono exacto entre la picardía, la elegancia y el humor, demostrando que hacer reír con inteligencia es uno de los mayores desafíos del teatro musical.
La química entre Mainero y Straneo resulta sencillamente perfecta. Ambos protagonizan, en el segundo acto, uno de los grandes pasos de comedia de la temporada. Allí, la brillante coreografía concebida por Alejandro Ibarra se convierte en un verdadero show dentro del show, donde danza, actuación, comicidad y precisión rítmica confluyen en un número deslumbrante que provoca algunas de las ovaciones más espontáneas de la noche. No es únicamente un momento divertido: es una auténtica demostración de cómo el humor puede alcanzar la excelencia cuando está sostenido por grandes intérpretes.
La Emperatriz Viuda, interpretada por Lucila Gandolfo, constituye el auténtico corazón emocional del espectáculo. Su composición posee una nobleza extraordinaria. Alejada de cualquier tentación melodramática, construye una mujer atravesada por la pérdida, la dignidad y una esperanza que jamás termina de apagarse. Gandolfo vuelve a demostrar por qué integra la élite del teatro musical argentino. Su autoridad escénica es magnética; su elegancia parece natural y su profundidad interpretativa conmueve desde la absoluta verdad.

Cada silencio suyo pesa tanto como una página de texto. Cada mirada contiene décadas de recuerdos, ausencias y amor contenido. Su voz encuentra un equilibrio admirable entre la fortaleza de una soberana y la fragilidad de una abuela que nunca dejó de esperar el regreso de su nieta. El encuentro final con Anastasia constituye uno de esos momentos donde el teatro alcanza una dimensión superior: la emoción nace de la contención, no del artificio. Gandolfo no busca emocionar; simplemente habita la verdad de su personaje. Y eso basta para conmover profundamente.
Por su parte, Agustín Iannone construye un Gleb complejo y profundamente humano. No interpreta un villano convencional, sino a un hombre dividido entre la obediencia al régimen y los sentimientos que lentamente comienzan a desafiar sus convicciones. Esa ambigüedad convierte al personaje en una de las figuras más interesantes del relato.
Un reconocimiento especial merecen las pequeñas Julieta L. G. Alemán y Sofía Alemán, quienes interpretan respectivamente a la pequeña Anastasia y al zarevich. Sus breves intervenciones poseen una ternura auténtica y funcionan como el delicado punto de partida emocional que resonará durante toda la función.
Mucho más que una superproducción
Lo verdaderamente extraordinario ocurre cuando cae el telón. Uno ya casi no piensa en las proyecciones. Ni en la escenografía. Ni en el vestuario. Ni siquiera en la impecable maquinaria técnica. Piensa en Anya. En esa joven que sólo quería descubrir quién era. Y allí reside la verdadera grandeza de Anastasia. Porque detrás de la leyenda de la Gran Duquesa Romanov se esconde una historia profundamente humana sobre la memoria, la identidad, la pertenencia y el valor de aquellos vínculos que elegimos construir.
El lujo de esta producción no reside únicamente en sus recursos. Reside en su sensibilidad. En recordar que las personas no están definidas únicamente por su pasado, sino también por aquello que deciden ser.
«Anastasia» es una caja de bombones presentada dentro de un estuche Fabergé: el envoltorio deslumbra por su belleza, pero lo que permanece en la memoria es el sabor de cada emoción que guarda en su interior. Uno entra por la promesa del espectáculo y sale conmovido por la humanidad de sus personajes. Esa es la diferencia entre una gran producción y una experiencia teatral inolvidable.
