miércoles, 20 de octubre de 2021
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EL SECRETO DE MIS ABUELOS, de Vilma Di Domenico Rosato

LECTURA RECOMENDADA

La destacada autora italo/argentina Vilma Di Domenico Rosato, acaba de presentar su antología: “Historia Inquietantes”. De la mencionada obra se publica el presente cuento.

La muchacha hablaba en un tono de voz alto, exaltado. Al otro lado del escritorio, el hombre  se arrellanó en el sillón dispuesto a escucharla con una sonrisita que imaginaba tranquilizadora y era apenas condescendiente. Ella no pareció notarlo y prosiguió discurso:

-Seguramente conoce a Jean Pierre, mi abuelo, ese francés pelirrojo, menudo y delgado, que se parece a Van Gogh y usa sombreros de paja como los que lleva el pintor en alguno de sus autorretratos… ¿lo tiene presente? – inquirió.

El interlocutor hizo un gesto ambiguo, fácilmente traducible en un asentimiento dubitativo, y si bien advirtió el apuro del hombre, decidió pasarlo por alto y seguir el  hilo de su relato. – Mi  abuelo vivió su niñez y juventud en un clima dramático marcado  por la guerra que le arrebató al padre, fusilado por los nazis, y luego a su hermano mayor, muerto en Indochina defendiendo intereses que no eran suyos  ni  de su pueblo. Muy afectada por la pérdida, mi bisabuela murió poco después y el pobre se quedó solo: había perdido a su familia y sin familia ya no tenía un hogar. Nadie ni nada lo ataba a su país y decidió abandonarlo para siempre-

– Acababa de graduarse en Antropología, y particularmente interesado en las culturas americanas pre-.hispánicas, recorrió varios países de América hasta recalar en Haití, decidiendo radicarse una temporada en el país caribeño para  estudiar sistemáticamente el panteón y  rituales del vudú. Allí  conoció a mi abuela Nathalie, bella joven nacida en la isla de padres franceses. Su madre había muerto durante el parto y Marie, su nodriza, repartió por igual leche y amor entre su propio hijo y la huerfanita que adoraba.

-Marie era una “bunzi”, sacerdotisa del vudú, que a escondidas  de la familia concurría con ambos niños al santuario donde oficiaba, y cuando  mi abuelo comenzó a interesarse en la compleja religión, Nathalie y Cristóbal, su hermano de leche, ya desempeñaban un importante papel durante las ceremonias  conducidas por Marie.

 -Mis abuelos se enamoraron, se casaron y Marie siguió acompañando  la  gradual evolución interior de los tres jóvenes, encausándolos en el buen uso de los poderes psíquicos que iban adquiriendo e instruyéndolos en los intrincados  rituales mágicos del vudú. Pero no todo era amor,  magia, espiritualidad y religión en la vida isleña: las disputas políticas y la inquietud social latente sensibilizaron a mi abuelo haciéndole temer algún tipo de estallido, y firmemente resuelto a impedir que circunstancias ajenas a su control le arruinaran nuevamente la vida, decidió abandonar la isla junto con su esposa.

-Recorrieron varios países, y al llegar a la Argentina mi abuela cursaba su primer embarazo, acordando probar fortuna en el país. Su dominio del idioma francés le dio acceso a un cargo jerárquico bien remunerado en una empresa de ese origen, trabajando allí  hasta que pudo independizarse. En nuestro país nacieron y se criaron sus dos hijas y cuando ambas se casaron compró la pequeña chacra que usted conoce y visito con mi familia todos los veranos.

-MI hermano y yo disfrutamos en la chacra de la más absoluta libertad, sin tareas escolares ni lecturas obligatorias, la única exigencia que nos imponen es la de complacer a nuestros adorados viejitos expresándonos solamente en francés. Esto no es problema para nosotros  porque mamá siempre nos habló en ese idioma, pero cuando está solo conmigo mi hermano habla español  con  “erres” gangosas y acentuando las últimas sílabas como hacen los abuelos o mezclando ambos idiomas para inventar palabras… ¡Es tan inmaduro!… ¡Espera a que todos duerman la siesta para escaparse y montar a caballo en pelo, andar sin sombrero a pleno sol, tirar piedras,  bañarse en el arroyo y fastidiarme todo lo que puede!…. En cambio yo  prefiero escuchar música,  leer algo entretenido y divertirme con Raúl, el gato barcino de los abuelos, mi amigo y compañero de  andanzas y  juegos en el parque. Sin embargo, durante nuestro último veraneo empecé a observar situaciones que aparentemente sólo yo notaba: un soplo repentinamente helado atravesando la casa, rumor de pasos caminando junto a mí, cuchicheos y murmullos contenidos… hechos inquietantes que al principio atribuí a alguna  broma de mi hermano, pero pronto comprendí  que una   burla tan compleja estaba fuera de su alcance.

-Continuamente acompañada por Raúl, comencé a recorrer los cuartos y a entrar en ellos sorpresivamente, sin golpear a la puerta y sin encontrar nada fuera de lo habitual, salvo que  el  estudio de mi abuelo estaba cerrado con llave.  A veces me parecía escuchar una  risita burlona, escrutaba hasta el último rincón y no encontraba  a  nadie: sólo estábamos Raúl y yo. La permanente compañía del minino me confortaba y entretenía, alejando de mi mente cualquier observación crítica. Y así, sin más incidentes, terminaron las vacaciones del último verano.

Anochecía cuando nos despedimos saludando con la mano y arrojando besos al aire, volví la cabeza  para un último adiós y me pareció que mi amiguito peludo sonreía, saludándome con su zarpita en alto. Sorprendida, miré nuevamente y lo vi internarse en el  jardín.  Un tanto alterada, conté lo que acababa de presenciar  pero nadie me tomó en serio: mis padres aseguraron que seguramente la luz crepuscular había distorsionado mi percepción del hecho y el insoportable de mi hermano se burló de mí durante días.

-Regresamos a casa, empezaron las clases y las vacaciones con mis  abuelos y su gato quedaron atrás concentrándome en cosas más importantes, al menos para mí: me enamoré de  un chico de cuarto año que salía con una rubia odiosa del otro segundo, me dieron permiso para ir al cine y a las reuniones de cumpleaños con mis amigas y aunque aún faltaba un tiempito,  empecé a programar la celebración de mis 15 años.  Con tantas preocupaciones, el año escolar me  pareció interminable, pero me fue bastante bien y aprobé todas las materias; también  mi hermano pasó de grado,  y dueños de todo  el tiempo de las vacaciones para disfrutar, nos fuimos a la playa. De regreso, y tal como era costumbre, nos quedaríamos unos días en la chacra de los abuelos.

-La idea de volver a ese lugar ya no me hacía tan feliz,  pero olvidé toda prevención al encontrarme con amigas que veraneaban en la misma playa, dedicándome a disfrutar del mar  y la buena compañía.

-Lamenté muchísimo tener que dejar ese entorno para venir al campo.  Usted perdone- dijo mirando al silencioso interlocutor en actitud entre desafiante y despectiva- pero tiene que comprender que en este pueblucho no hay mucha diversión para una chica de mi edad.

-En este “pueblucho” como usted dice, está el cine y también se organizan bailes en el “Club Social” – se amoscó el hombre.

 – ¡Ay, sí! ¡Es casi tan divertido como Disney World! – replicó la muchacha. Inmediatamente se arrepintió de su actitud arrogante, apresurándose a continuar el relato  sin disculparse ni dar tiempo a una respuesta.

– Si bien lloré, supliqué y amenacé con hacerles la vida imposible,  mis padres no accedieron a dejarme en casa de ninguna  de mis amigas, así que durante el viaje de regreso  me mantuve distante y enfurruñada,  conectándome con mi propia realidad a través de los mensajes y la música que recibía en mi celular, aislándome de todo lo demás… especialmente de a mi familia.

-Mi hermano se aburría y empezó a molestarme para atraer mi atención. Lo ignoré hasta que intentó quitarme los auriculares y realmente enojada le di un pellizco feroz, negándome a soltarlo a pesar de sus aullidos y pataleos. Nuestros padres nos reprendieron y lleno de resentimiento,  mi hermano pasó el resto del viaje tan enfurruñado como yo.

-Hacía un calor sofocante cuando llegamos a destino y nos refugiamos aliviados a la sombra de los árboles del parque. Los abuelos salieron a recibirnos y Raúl vino directamente hacia mí, acompañado de una gataza  negra, enorme. 

-¿Y esta novedad? – pregunté señalando a la recién llegada.

– Es Minou, la novia de Raúl – respondió mi abuela con una voz monocorde que apenas reconocí. La miré, miré a mi “abu”  adorada  y la noté distinta, como si hubiese rejuvenecido. La hermosa cabellera había recuperado el color caoba, intenso y brillante  de otros tiempos y los ojos se prolongaban hacia  las sienes,  sin arrugas ni patas de gallo. En ese momento, sorprendida por los cambios, mi pensamiento derivó hacia otros cauces y no advertí que se veían opacos, lejanos, sin la chispa ni la energía vital de siempre.

– ¡Ja!  La “abu” Nathalie se hizo un “lifting” y de paso entró a la peluquería – pensé divertida. Seguramente también mi hermano advirtió el cambio y olvidó todo resentimiento para codearme y hacerme un guiño entre cómplice y burlón,  pero fingí indiferencia y me hice la desentendida.

-Entramos a la casa. El interior estaba fresco y en penumbra. Un olor particular me asaltó al instante, un olor de hierbas que recordaba haber percibido en otras oportunidades, pero esta vez ensombrecido por un toque mohoso, como de  libros muy viejos, que impregnaba hasta el último rincón. Me di vuelta. Detrás de mí, el abuelo sostenía por  el codo a Nathalie, que  parecía depender de su guía tácita para moverse y hablar con la expresión ausente que aún no me inquietaba.  Pronto observé  que Raúl  se comportaba como si fuera el amo y señor de la casa, y no me refiero a la manera sutil y gradual de ocupar espacios característica de todo minino consentido, sino de un modo prepotente y descarado que al principio me irritó y terminó perturbándome. Tropezaba  con él a cada paso, no sólo en la casa sino también en los alrededores. Caminaba con el aire displicente de un monarca tirano, con sus ojos atentos a cada actividad, a cada desplazamiento de cualquiera de nosotros. Sus ojos. y especialmente su mirada, tenían algo de humano y a la vez de sobrehumano que me intimidaba.  

-Comencé a espiarlo para eludir su compañía pero mis esfuerzos fueron inútiles, ni bien lograba escabullirme por alguna puerta lateral o trasera, aparecía a mi lado como por arte de magia… ¡Si hasta llegué  a  pensar que era capaz de desdoblarse para estar en más de un sitio a la vez!… ¿puede creerlo? 

-Una tarde, imaginando haber burlado su acecho, me dirigí al arroyo para analizar sin interrupciones inoportunas las anomalías que aparentemente sólo yo observaba. Sentada en la orilla, trataba de ordenar mis ideas cuando vi, con el rabillo del ojo,  que  la pareja gatuna se acercaba con aire  indolente. Yo estaba con los pies en el agua y al sentirlos cerca comencé chapotear con fuerza, salpicando a gran distancia y rociando a los gatos, que no lograron eludir la ducha inesperada. Empecé a reír y es lo último que recuerdo: un segundo después había caído al arroyo y  nadaba  para llegar a la orilla. Cuando salí, los mininos se lamían el pelaje para secarse, afectando el aire más inocente del mundo-  

La muchacha miró al hombre -¿Comprende la situación?- interrogó – siempre supe que no me había caído al agua, que fueron ellos, los gatos, los que me empujaron, pero… ¿quién podría creer semejante cosa si hasta yo dudaba en ese momento?- bebió unos sorbos de agua.

-Noto que se agita ¿quiere descansar un poco? –inquirió el hombre. Ella negó con la cabeza y siguió el relato: -Puedo asegurarle que perdí la tranquilidad a partir de ese día. Estaba  en un estado de alerta permanente, atenta a cada detalle, a cada gesto, a cada rumor, siempre  acompañada  por  los michos y  soportando a mi hermano, más latoso que nunca.  Me sorprendió  que esa tarde me dejara tranquila, pero la causa se aclaró al anochecer cuando empezó a vomitar, acusó dolores abdominales y mi madre comprobó que tenía fiebre. Alarmados, mis padres lo cargaron en el auto para llevarlo al hospital más próximo, dejándome  en la casa sin otra compañía que mis abuelos y sus gatos.  Miraba televisión con ellos cuando recibí una llamada de mamá advirtiéndome que no regresarían esa noche: a mi hermano le habían diagnosticado apendicitis y debían operarlo de inmediato.

-Mis abuelos tomaron la noticia con calma  pero a mí me perturbó profundamente, me despedí de ellos con un beso apresurado y subí a mi cuarto. Al rato vinieron todos, gatos incluidos, a traerme una tisana de hierbas “que me ayudaría a relajarme y dormir.”

-Jamás me gustaron las tisanas de hierbas; siempre las dejo enfriar y las arrojo  por la ventana sin que nadie se entere, así que agradecí a mis abuelos y fingí beber algunos sorbos. En cuanto cerraron la puerta dejé el pocillo sobre la mesa de luz con la intención de  tirar su contenido, pero me quedé dormida. No sé cuánto tiempo dormí; me despertaron voces que en principio no logré identificar y exclamaciones conocidas: “truco”, “quiero”, “quiero vale cuatro”  y la risa feliz de los ganadores de la mano. Me levanté en puntas de pie, abrí la puerta y percibí un resplandor que venía de la planta baja. Intrigada, me asomé con la intención de descubrir  quiénes eran los jugadores. Me preocupó pensar que ni siquiera mis padres creerían el relato de lo que vi esa noche, atribuyéndolo sin vacilar a una simple pesadilla,  pero estoy segura de haber presenciado algo real, aunque dudo en contárselo  porque sé que no me creerá.

El hombre intentó un gesto amable para inspirarle confianza – cuénteme, por favor. Le aseguro que la escucharé con la mayor atención y luego le diré sinceramente lo que pienso-  remató.  El lenguaje corporal del hombre traslucía una desconfianza que ella  intuyó. Por un momento pensó en dar por terminado el diálogo, pero la necesidad de relatar su experiencia la alentó a seguir  hablando:

-Me apoyé en la baranda de la escalera espiando desde la oscuridad para no ser descubierta. La escena que presencié me dejó helada: ¡mis abuelos y sus  gatos, sentados frente a frente, jugaban  al truco!  Raúl acababa de cantar “quiero vale cuatro” venciendo a mis abuelos en esa mano. Él y Minou parloteaban y reían con voces  humanas de matices e inflexiones reveladoras de un origen inquietante, completamente ajeno al mundo material. Me refugié en la oscuridad del pasillo para tratar de reponerme. ¿Cómo describir lo que sentí en ese momento? Respiré hondo y me asomé nuevamente: la escena resultaba cómica y hasta simpática, pero absolutamente perturbadora. Imagine una pareja humana y otra gatuna enfrentadas  ante una mesa de juego: los gatos, parados en sus patitas traseras e interactuando con humanos que comparten su velada con  michos que  hablan, ríen,  bromean y juegan  a los naipes con ellos… 

El hombre sonrió -¿Se ríe de mi?- se encrespó la joven- ¡Se está riendo de mi! ¡No me cree! ¿Recuerda que se lo advertí antes de empezar a contarle mi historia? ¡Nadie me creerá jamás!-

-No interprete mal mi gesto –  intentó tranquilizarla él – Es que  como usted acaba de decir, la idea de dos gatitos jugando al truco con humanos no deja de ser simpática. Y…  permítame preguntarle….¿hablaban en francés o en español? – y había un tono de abierta ironía en la pregunta. La chica decidió pasarlo por alto y se quedó callada, tratando de rememorar la secuencia con exactitud.

 -¿Sabe una cosa?- respondió –  me resulta difícil contestarle. Habitualmente hablo y pienso indistintamente en ambos idiomas y cualquiera de los dos me suena familiar…

La expresión del hombre empezó a cambiar y su sonrisa ya no intentaba mostrarse tranquilizadora.  – Continúe por favor. Su  reseña me parece cada vez más sugestiva y me gustaría mucho saber hasta dónde piensa  llegar con esta larga historia – en su voz ya se percibía un  matiz de frío sarcasmo.

Ella detectó el cambio de actitud y lo miró fijo sondeando el pensamiento oculto del otro,  dudó un momento, se encogió de hombros y decidió seguir contando su verdad.

-Me fui a mi cuarto tan perturbada que pasé la noche dando vueltas. Estaba a punto de conciliar el sueño cuando la voz “humana” de Minou me despabiló al instante.  -Duerme tranquilamente- dijo volviéndose hacia mis abuelos que entraban en ese momento. Simulando dormir, los estuve espiando a través de  los párpados apenas entreabiertos,  y aún no sé cómo conservé la calma al advertir que los ojos de mi adorada “abu” fosforescían en la oscuridad.  Los escuché alejándose  por el pasillo y me quedé inmóvil,  paralizada por ¿la sorpresa?, ¿desconcierto?, ¿temor?…  todos esos sentimientos me zarandeaban y no me dejaban pensar con claridad. Sólo deseaba que el día llegara cuanto antes y mis padres vinieran a rescatarme. 

Me sobresaltó una llamada a mi celular. Del otro lado, la voz de mi padre sonaba alterada. Habían surgido complicaciones durante la operación de mi hermano y se quedarían en el pueblo para cuidarlo. Me dijo que ya había hablado con el abuelo  para  que les alcanzara unas mudas de ropa, recomendándome que me quedara tranquila y fuese juiciosa durante su ausencia.

-Me levanté de un salto. Los abuelos trajinaban entre nuestras valijas buscando la ropa solicitada y superé mi aprensión  para ayudarles,  esperando que en retribución accediesen a llevarme al pueblo con ellos,  pero se fueron los dos solos en el viejo auto de mi abuelo, prometiendo volver en un par de horas.  Sentada frente a la ventana desayuné decepcionada y sin apetito. Los gatos anduvieron un rato a mi alrededor, comprobaron mi apatía y se marcharon, dejándome  sola;  momentos después los vi en el jardín: habían atrapado un cuis  y jugaban con la pobre bestezuela, ya más muerta que viva.

-Comprobar que estaban lejos y entretenidos me alentó a revisar la casa, decidida a encontrar  algo que le diera un encuadre lógico a la escena surrealista de esa  madrugada. Exploré un par de cuartos y al entrar en la sala encontré un manojo de llaves caído sobre la alfombra y para mi satisfacción,  una de ellas abrió la puerta del estudio que me intrigaba.  No era costumbre de mi abuelo tenerlo bajo llave y creo haberle contado que nunca antes había curioseado allí por respeto a su privacidad, pero la puerta cerrada era una invitación a franquearla e investigar los posibles secretos que  custodiaba.

Entré con cautela y el mismo olor extraño que impregnaba al resto de  la casa arremetió contra mis sentidos con tanta intensidad  que estuve a punto de abrir las ventanas. Me abalancé sobre el  gran escritorio de roble  con la esperanza de hallar en su interior la respuesta a mis dudas, sólo uno de los cajones estaba cerrado con llave, y por segunda vez en el día, el  llavero encontrado me vino de perlas…

-Usted estaba cometiendo algo más que una indiscreción – advirtió el interlocutor.

– Ajá –asintió la muchacha – y… permítame preguntarle: usted ¿que  habría hecho en mi lugar?

 El hombre no contestó, alcanzó el paquete de cigarrillos que tenía sobre el escritorio y le ofreció uno a la joven, que lo rechazó con un gesto

-¿Puedo?- interrogó. La chica asintió con la cabeza, él se tomó su tiempo para encender el cigarrillo y se quedaron frente a frente, mirándose con mutua desconfianza, tratando de  adivinar   los pensamientos y emociones del otro. Ella esperó una respuesta que nunca llegó y se encogió de hombros. Estaba decidida a contar todo lo que había descubierto y no se dejaría disuadir por el reproche de un interlocutor escandalizado. Prosiguió el relato:

-En el cajón encontré una serie de gruesos cuadernos en los que mi abuelo relataba cada episodio importante de su vida, facilitándome la lectura con su hermosa caligrafía, pero yo no disponía de mucho tiempo  y preferí concentrarme en las últimas páginas. Nada de lo que descubrí al leerlas era lógico ni normal, pero explicaba algunos de los acontecimientos que había estado observando.  Estremecida por emociones que pasaban del asombro a la incredulidad y del  espanto a la ternura,  revisé los primeros volúmenes, indagando respuestas que me urgía encontrar antes de que alguien descubriera mi atrevimiento. Los viejos manuscritos revelaban que mi abuelo había llegado a la isla para realizar  un estudio sistemático del vudú y su influencia en la sociedad local. Planeó cuidadosamente el desarrollo del trabajo de campo y el tiempo que destinaría a escribir su futura tesis doctoral, pero terminó seducido por la posibilidad de comunicarse con el mundo de los espíritus. Comenzaba a familiarizarse con la idea cuando conoció a Marie, su hijo Cristóbal y a la que pronto sería su esposa. Me sorprendí mucho al descubrir  que también mi abuelita era una “bunsi”, sacerdotisa a cargo de un santuario vudú y sus ritos, pero mucho más al deducir que mi abuelo, tan serio y aparentemente racional, compartía creencias que lo transformaron en conocedor devoto y reverente del  complejo mundo mágico y espiritual  que alguna vez pretendió estudiar objetivamente.

El hombre miró la hora con disimulo  – Sin ánimo de interrumpirla- expresó-  debo decirle que no debe sorprenderle que un hombre que vivió las experiencias de su abuelo trate de encontrarle sentido a la vida a través de algún tipo de actividad espiritual.

Ella asintió con la cabeza –déjeme seguir el hilo de la historia- se impacientó – y comprenderá la principal razón de mi aprensión.  Le decía que me sorprendió saber que mis abuelos practicaban vudú porque siempre asumí que eran agnósticos, como mis padres – le extendió una hoja prolijamente manuscrita y evidentemente arrancada de un cuaderno. -Lea lo que dice allí y dígame si no tengo motivos de inquietud más que sobrados – insistió. 

El hombre recibió el papel con gesto escéptico –Está escrito en francés- objetó.

– Perdón, olvidé ese detalle- aclaró la joven – Le haré una traducción simultánea del texto para que pueda comprenderlo. Dice así: “Ayer estuve en el pueblo y el médico me confirmó lo que ya temíamos: la enfermedad de Nathalie está muy avanzada y sólo le restan unos meses de vida. Lo adivinó al mirarme y yo sólo pude estrecharla entre mis brazos  y llorar. Sabe que soy incapaz de vivir sin ella, y sin perder la serenidad me dijo que no todo estaba perdido, que debíamos conectarnos con Marie utilizando nuestros poderes psíquicos porque  ella, seguramente,  sabría cómo ayudarnos.

Y así fue. El espíritu de Marie escuchó nuestro reclamo, se hizo presente con su hijo Cristóbal, y encarnados temporalmente  en nuestros gatos, nos expusieron su audaz propuesta: mantener a Nathalie con vida convirtiéndola en “zombi”. A decir verdad, dudé muchísimo antes de aceptar que se sometiera a ese proceso, pero al fin, ella misma me convenció.

Cristóbal ordenó a un discípulo el envío de todo lo necesario para efectuar la práctica. Al día siguiente, en el vuelo procedente de la isla vía Miami,  una azafata iniciada en el vudú trajo el encargo solicitado. Viajé a la Capital para encontrarme con ella y me entregó el pequeño envoltorio, negándose a aceptar cualquier tipo de compensación.

Esa noche, mi amada Nathalie y yo cenamos solos, brindamos con champagne francés y me hundí en la mirada de esos ojos verdes que pronto perderían la chispa de la voluntad propia. No quería presenciar su transformación, me suministraron un somnífero y nos fuimos a dormir. Cuando desperté, Nathalie yacía a mi lado, fría, tiesa, en un estado de muerte aparente que me aterró.  Minou se acercó de inmediato y la voz familiar y tranquilizadora de Marie me dijo que no temiera, que aunque Nathalie no podía moverse ni hablar, seguía estando con nosotros.

Me acerqué a mi mujer, besé sus labios fríos, le dije al oído cuánto, cuánto la amo,  y su cerebro aún activo respondió telepáticamente que también me ama, que pronto despertaría para  estar juntos otra vez.

Esperé durante tres días sin moverme de su lado, la voz de Marie me ordenó suministrarle el contenido de  un frasquito que puso en mi mano y lo vertí gota a gota  a través de sus labios apenas entreabiertos. La ansiedad  me abrumaba, el tiempo se detuvo en espera de un efecto que tardaba en llegar y con la espera renacieron cada una de mis prevenciones y temores. Un suave temblor anunció el despertar, abrió los ojos y lentamente se alzó de la cama. Me abalancé para sostenerla, abrazarla y besarla con todo mi corazón. Me dejó hacer sin participar. Sentí que abrazaba a una muñeca y me consolé pensando que si bien había perdido la voluntad, el cerebro aún estaba activo y en lo profundo de su consciencia seguía estando junto a mí, aunque su estado no le permitiera expresarlo con gestos ni palabras.

La enfermedad está latente en su cuerpo, pero no puede avanzar. Seguiremos viviendo de esta manera  hasta que sienta que se acerca mi hora y en ese momento, para que vuelva a ser ella misma, le pondré en la boca un granito de sal. Entonces, los dos juntos, absolutos  dueños de nuestros actos y sentimientos, acataremos las leyes naturales, esperando serenamente el momento del adiós.”

La muchacha dejó de leer y se quedó en silencio, mirando al vacío. Estaba conmovida, a punto de llorar y le temblaba el labio inferior,  pero el comisario,  pálido de ira, no reparó en su emoción y la increpó:

-¿Usted vino a verme con su carita compungida de mosquita muerta para burlarse de mí? ¿Acaso piensa que puedo creer que esa bella señora que pasea del brazo de su abuelo no está muerta ni viva? ¿Qué clase de broma es ésta? ¿Se imagina  que por vivir  en un pueblo pequeño soy un ignorante supersticioso que se cree cualquier patraña? ¡Mocosa malcriada! ¡No la hago meter en un calabozo porque es menor! –

Se alzó de la silla, abrió la puerta de la oficina para  echarla y un gran gato barcino entró con aire displicente,  saltó sobre el escritorio y se sentó muy formal.

El policía se quedó atónito, confundido por una realidad que demolía sus convicciones más racionales, cuando el micifuz  dijo cortésmente:

-Buenas tardes señor comisario ¿cómo está usted?…  Parece un tanto azorado pero créame, no vale la pena tomar en serio  las fantasías de esta niña mitómana…

¿FIN?

De la Antología: “HISTORIAS INQUIETANTES”

de Vilma Di Doménico Rosato                                                

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