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Aquí no podemos hacerlo: regresa como un acto de fe, no de nostalgia

LECTURA RECOMENDADA

En el Teatro Regina, Pepe Cibrián Campoy vuelve sobre la obra que ayudó a definir la identidad del teatro musical argentino.

Aqui no podemos hacerlo. Libro, Letras y Dirección general: Pepe Cibrián. Música Original: Luis María Serra. Dirección Musical, asistente de direción y direccion de iluminación: Juan Pablo Ragonese. Coreografías: Tomas Luna. Elenco: Rodolfo – Matías Asenjo, Lupe – Lucía Macías Palkiewicz, Lupita Ponte – Marcos Franchi, Verónica – Anna Fiadino, María – Claudia Duce, Daniel – Darío Fernández, Bárbara – Candela Regulez, Mitito – Juanchi Eraso, Greta – Agostina Castrogiovanni, Prostituta – Chiara Vecchi, Secretaria – Ailén Rodríguez, Mina del productor – Jazmín Emili, Debbie – Lucía Marshall, Jenny – Guillermina Di Pietro.  Producción General: Perrotti Producciones, Amanecer Producciones. Sala: Teatro Regina (Avda. Santa Fé 1235). Funciones: sábado 20,00 hs. Nuestra calificación: buena.

Buenos Aires, 17 de febrero,2026. En una época en la que los reestrenos suelen diseñarse como ejercicios de actualización estética —pulidos, tecnologizados y cuidadosamente alineados con los lenguajes escénicos dominantes— Aquí no podemos hacerlo retorna con un propósito muy distinto. No intenta reinventarse. No busca legitimarse ante la gramática contemporánea. Propone, en cambio, algo más incómodo y profundamente teatral: la continuidad.

Estrenada en 1978, en un contexto cultural adverso, la obra nació menos como espectáculo que como declaración. Su título era, al mismo tiempo, diagnóstico y respuesta frente a la idea —tan repetida entonces— de que en la Argentina no podían realizarse grandes producciones originales. La obra fue, desde su origen, una negación activa de ese descreimiento.

Casi cinco décadas después, ese argumento vuelve a ponerse en escena no como reconstrucción arqueológica, sino como reafirmación.

Intérpretes jóvenes, energía frontal

La actual reposición encuentra su mayor vitalidad en un elenco que asume el material con convicción antes que con distancia irónica. Allí aparece uno de los aciertos de la propuesta: no “actualizar” la obra, sino cargarla de presencia.

El Rodolfo de Matías Asenjo se muestra alineado y funcional al ideario cibrianeano: sostiene la estructura dramática con claridad, convirtiéndose en eje ordenador de ese universo donde la fe en el teatro es el verdadero conflicto.

En contraste, Lucía Macías Palkiewicz, como Lupe, es una verdadera tromba escénica. Su trabajo irrumpe con ímpetu físico y vocal, rompiendo cualquier rigidez conceptual y aportando una emocionalidad que vuelve orgánica la convención.

El personaje de Lupita Ponte, interpretado por Marcos Franchi, introduce el desparpajo necesario. Su composición —con guiños de estética drag y plena conciencia del artificio teatral— dinamita solemnidades y recuerda que en Cibrián siempre conviven manifiesto y juego escénico.

Desde ese entramado emerge con fuerza Bárbara, personaje histórico dentro de la obra, que en la interpretación de Candela Regulez adquiere relieve contemporáneo sin perder su dimensión simbólica.

Verónica: la memoria emocional de la obra

El icónico personaje de Verónica —que muchos recuerdan como el debut teatral de Sandra Mihanovich en el estreno original— reaparece ahora con renovada carga emotiva en la voz de Anna Fiadino.

En su interpretación, el célebre “A vos, Ciudad” vuelve a erigirse como uno de los grandes bastiones líricos del espectáculo: un instante donde el musical deja de ser proclama para transformarse en declaración afectiva hacia Buenos Aires y hacia la propia idea de pertenencia cultural.

A su vez, el pegadizo tema coral “Aquí no podemos hacerlo”, asumido en masa por el elenco, reafirma ese espíritu de tradición compartida. Más que un número musical, funciona como consigna escénica, casi como un himno que enlaza generaciones y recuerda que este título nació —y todavía vive— como acto colectivo.

Un entramado coral que sostiene la convención

El resto del elenco asume la partitura escénica como una maquinaria coral que privilegia la entrega antes que el lucimiento individual, algo esencial en una obra donde lo colectivo es discurso: María – Claudia Duce, Daniel – Darío Fernández, Mitito – Juanchi Eraso, Greta – Agostina Castrogiovanni, Prostituta – Chiara Vecchi, Secretaria – Ailén Rodríguez, Mina del productor – Jazmín Emili, Debbie – Lucía Marshall y Jenny – Guillermina Di Pietro.

La estética de la persistencia

A los ojos contemporáneos, la negativa a incorporar dispositivos multimedia o relecturas conceptuales podría parecer obstinación. Sin embargo, es precisamente allí donde la puesta encuentra su sentido.

La obra formula una pregunta que hoy resulta casi provocadora:
¿y si la identidad cultural no fuera algo a rediseñar constantemente, sino algo que hay que sostener?

El riesgo de ese planteo es evidente. Sin la ironía protectora que caracteriza a gran parte del teatro actual, la sinceridad queda expuesta. Pero esa exposición —con sus énfasis, su declamación y su lirismo— es también su mayor verdad.

Un regreso que rechaza el pasado

Aquí no podemos hacerlo no funciona como nostalgia. Funciona como recordatorio.
Recordatorio de que el teatro musical argentino nació de una obstinación.
Y que esa obstinación, hoy, sigue siendo necesaria.

Este reestreno no mira hacia atrás: insiste en seguir diciendo que todavía se puede hacer.

El Dr. Merengue agrega (porque siempre agrega algo)

Y ahora sí, dejemos hablar al que estaba sentado en la butaca con los brazos cruzados.

El Dr. Merengue fue dispuesto a detectar solemnidades arqueológicas, pero se encontró con algo más incómodo: un espectáculo que cree en lo que hace.

No hay orquesta en vivo. Sí, se la extraña. El oído la reclama. El cuerpo teatral la pide.
Pero la función no se derrumba —y eso habla bien del trabajo musical y, sobre todo, del compromiso de los intérpretes, que no descansan en el acompañamiento sino en la intención.

Sin foso, el escenario queda más desnudo.
Y en esa desnudez aparece lo esencial: actor, palabra, convicción.

Nada de aggiornamiento ansioso. Nada de pedir perdón por ser teatral.Nada de ironía defensiva. El espectáculo avanza con una idea hoy peligrosísima: hacer teatro con fe.

Y el Dr. Merengue, que suele salir repartiendo recetas, esta vez se limita a admitir:

Puede que “aquí no pudiéramos hacerlo”…
pero evidentemente todavía hay quienes insisten —y lo logran.

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