viernes, 30 de enero de 2026
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Werther: intimidad trágica en Salle Favart (critica y video)

LECTURA RECOMENDADA

Salle Favart, Opéra-Comique(Paris) . Dirección musical: Raphaël Pichon. Dirección de escena: Ted Huffman – Elenco: Werther: Pene Pati. Charlotte: Adèle Charvet. Albert: John Chest. Sophie : Julie Roset. Johann: Jean-Christophe Lanièce. Schmidt: Carl Ghazarossian. Brühlmann: Paul-Louis Barlet. Kätchen: Flore Royer. Le Bailli : Christian Immle. Función: 25 de Enero, 15 Hs. Nuestra calificación: excelente

La nueva producción de Werther en la Opéra-Comique (Salle Favart) no constituye simplemente un regreso de repertorio, sino un verdadero gesto de identidad estética. Que la obra de Massenet vuelva a esta sala —su ámbito natural, donde el equilibrio entre palabra, música y gesto escénico es tradición viva— implica un reencuentro con la esencia del teatro lírico francés. Aquí, Werther se aleja de cualquier lectura hipertrofiada del romanticismo y recupera su condición original: teatro cantado de introspección psicológica, donde el drama ocurre menos en la acción que en la conciencia.

La propia Salle Favart resulta determinante. Su escala íntima, su acústica clara y su proximidad con el escenario permiten que la tragedia no se perciba como espectáculo externo, sino como combustión interior. No asistimos a un melodrama declamado, sino a una experiencia de cercanía emocional donde el susurro tiene el peso de una confesión.

La puesta en escena de Ted Huffman se apoya en un principio radicalmente coherente: quitar para revelar. El espacio escénico, dominado por el blanco y casi despojado de elementos, no transmite frialdad sino que funciona como una verdadera pantalla emocional. Sobre ese vacío, cada cuerpo, cada desplazamiento y cada distancia adquieren relieve dramático. Los pocos objetos —mesas, sillas, un pequeño órgano doméstico— no describen un entorno realista, sino que sugieren estructuras sociales, hábitos, convenciones. El hogar que se insinúa nunca llega a sentirse cálido; es más bien un marco normativo. La atmósfera navideña, lejos de resultar festiva, se percibe como un recordatorio de orden y deber. En ese espacio inmaculado, el deseo irrumpe como mancha, como perturbación silenciosa.

Huffman trabaja con una dirección de actores de gran precisión microscópica. Las pausas pesan tanto como las frases, los silencios funcionan como réplicas y las miradas sustituyen los gestos operísticos tradicionales. El resultado es un Werther de carácter casi tchekhoviano, donde nadie declama la tragedia: la vive en sordina. Esta contención escénica potencia el conflicto en lugar de atenuarlo, porque obliga al espectador a completar emocionalmente lo que no se subraya.

En el foso, Raphaël Pichon realiza una lectura de extraordinaria filigrana. Su aproximación a Massenet evita todo sentimentalismo viscoso o derrame sonoro. El fraseo es respirado, flexible, siempre atento al texto. La orquesta nunca empuja a los cantantes; los sostiene y dialoga con ellos. Pichon devuelve a la partitura una elegancia de cámara que revela su refinamiento estructural: las maderas se convierten en comentaristas íntimos de la acción, las cuerdas no se expanden de manera enfática sino que susurran, y los tempi permiten que la línea vocal respire sin que la tensión dramática se diluya.

Particularmente en el tercer acto, la música adquiere una densidad suspendida. No se trata de progresión dramática por acumulación de volumen, sino de concentración emocional. Pichon construye el clímax como una presión interna que crece casi imperceptiblemente, hasta que el desenlace se impone con una inevitabilidad desoladora. Esta concepción devuelve a Massenet su modernidad: el drama no es explosión, es erosión.

En el centro de este tejido dramático se encuentra el Werther de Pene Pati, una interpretación que se aparta con inteligencia del arquetipo del tenor desgarrado desde el primer momento. Su enfoque es más complejo y, por ello, más inquietante: la emoción aparece contenida, civilizada, como si el personaje intentara mantenerse dentro de los límites de la razón y la cortesía social. Precisamente por esa contención, el colapso final resulta inevitable y profundamente conmovedor.

Vocalmente, Pati ofrece una línea de canto homogénea en todo el registro, con agudos emitidos con luminosidad franca, nunca forzados ni gritados. Su uso de los piani no es un recurso efectista, sino un auténtico lenguaje psicológico: las medias voces revelan el pensamiento del personaje, su duda, su fragilidad. En “Pourquoi me réveiller”, más que heroísmo se percibe cansancio del alma; cada frase parece nacer de una conciencia que ya ha comprendido la derrota. Su gran virtud es que canta pensamiento, no solo emoción.

Frente a él, Adèle Charvet construye una Charlotte de profunda humanidad. Su personaje evoluciona con una progresión interna rigurosa: no es mártir ni figura pasiva, sino una mujer que ha asumido el deber como forma de identidad. Su mezzo presenta un centro rico y bien apoyado, un grave sostenido sin artificios de oscurecimiento y una dicción francesa ejemplar, donde cada consonante tiene intención dramática. En el dúo del tercer acto, su interpretación alcanza un punto de ebullición contenido: Charlotte no estalla, cede, y en esa cesión se consuma la tragedia.

Julie Roset, como Sophie, evita la caricatura de ingenuidad. Su timbre claro y su línea flexible aportan una luminosidad auténtica que no es decorativa, sino dramáticamente necesaria: representa una posibilidad de vida que Werther es incapaz de abrazar. John Chest, en Albert, se aleja del perfil de antagonista para encarnar la normalidad moral y social. Su canto firme, contenido y de líneas rectas refuerza la idea de que el conflicto central no es entre hombres, sino entre el orden social y el deseo individual.

En conjunto, esta producción no busca la lágrima inmediata ni el golpe emocional evidente. Trabaja por infiltración. El impacto se produce lentamente, y cuando llega el final no hay explosión catártica, sino una sensación de vacío que resulta devastadora. La propuesta confirma que, abordado desde la precisión estilística y la verdad teatral, Massenet no es exceso sentimental, sino orfebrería emocional.

Este Werther parisino se impone así como un triunfo del teatro lírico minimalista, donde nada sobra, nada se subraya y nada manipula. La dirección escénica, la lectura musical y el nivel vocal convergen en una experiencia de intensidad silenciosa que hace que este clásico se sienta, más que nunca, urgente, íntimo y profundamente humano.

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