PILLION, Género: Drama, Romance País: Reino Unido Año: 2025
- Dirección: Harry Lighton Reparto: Alexander Skarsgård, Harry Melling, Douglas Hodge, Lesley Sharp, Anthony Welsh, Brian Martin, Paul Tallis, Billy King, Jake Sharp, Jake Shears, Don Kavcic Miha, Zamir Mesiti. Nuestra calificacion: buena
Buenos Aires, 18 de Febrero 2026. El término “pillion” designa el asiento trasero de una motocicleta. Esa posición, siempre en movimiento y sin control del rumbo, funciona como una clave narrativa para comprender el lugar que ocupa Colin, el protagonista.PILLION, se inscribe de lleno en el creciente corpus del cine queer contemporáneo, proponiendo una historia deliberadamente frontal que, por su naturaleza explícita y provocadora, está destinada a generar controversia. No se limita a narrar una relación no tradicional —territorio que el cine ha explorado con naturalidad desde hace décadas—, sino que decide avanzar hacia zonas más extremas del espectro vincular, explorando dinámicas de dominación, dependencia y performatividad sexual con una insistencia que busca desafiar los límites de tolerancia del público general.
En este sentido, la etiqueta de “comedia romántica dramática” con la que suele clasificársela resulta, como mínimo, equívoca. La película no ofrece la progresión emocional ni la elaboración psicológica que ese rótulo sugiere; más bien propone una experiencia áspera, casi confrontativa, que se sitúa lejos del romanticismo estilizado y apuesta por una fisicidad constante, cercana al umbral de lo explícito. Hay en su planteo una voluntad clara de incomodar antes que seducir.
La historia sigue a Ray —motociclista imperturbable, construido como figura dominante— y a Colin, un joven tímido que alterna su trabajo, con ser sumiso en relación y acepatar bondage en reiteradas veces… La asimetría entre ambos no es sólo emocional sino estructural: la película los define casi exclusivamente a través de su dinámica sexual, como si sus vidas no gravitaran alrededor de otra cosa. Sus desplazamientos urbanos, sus encuentros sociales y hasta sus momentos de ocio terminan subordinados a esa lógica de poder y sometimiento que el guion repite con escasa variación.
El problema no radica en la explicitud —el cine ha demostrado innumerables veces que puede ser un vehículo legítimo para explorar el deseo— sino en la reducción dramática que aquí se produce. La insistencia temática termina volviéndose unidimensional. Las posibles líneas de conflicto (la soledad, la necesidad de pertenencia, la fricción con el entorno, la búsqueda de identidad dentro de una relación consensualmente dominante) aparecen apenas esbozadas y resueltas mediante clichés narrativos, como si funcionaran más como coartada discursiva que como verdadero desarrollo.
Así, la película avanza entre recorridos en motocicleta y escenas concebidas para impactar, pero sin que emerja un mundo interior verdaderamente complejo. La provocación cultural existe; la densidad dramática, en cambio, se vuelve intermitente. Incluso los momentos en que cierta ligereza asoma —o cuando la presencia del protagonista aporta algo de energía y magnetismo— no alcanzan a disipar una sensación de reiteración que lentamente se instala.
Pillion quiere ser transgresora, pero confunde intensidad con profundidad. Aspira a cuestionar las normas, aunque termina más preocupada por exhibir su desafío que por pensar qué hacer con él. Y allí reside su mayor paradoja: en su afán por ir siempre “un paso más allá”, olvida construir aquello que hace que cualquier viaje —aunque sea desde el asiento trasero— valga realmente la pena.

