miércoles, 15 de abril de 2026
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Un Lago prometedor, por el ballet estable del Teatro Colón

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Alejandro MITRE
Alejandro MITRE
Licenciado en Música y Artes Visuales por la Université de Paris, es director de cine y asistente de dirección en los films 1985 y La Cordillera. Desarrolla además una sostenida labor como cronista y crítico en el ámbito musical y teatral, colaborando con The Guardian, ByBattaglia.com y La Vanguardia.

Buenos Aires,19/III/2026, Teatro Colón.  El lago de los cisnes. Ballet en dos actos y cuatro actos. Música: Piotr Ilich Chaikovski. Coreografía: Raúl Candal basada en la versión de Marius Petipa y Lev Ivanov. Solistas: Lola Múgica (Odette/Odile), Federico Fernández (principe Sigfrido), Lucas Matzkin (Von Rothbart), Natacha Bernabei (La Reina), Jiva Velázquez (Benno), Juan Luis Fernández (Bufón). Ballet Estable del Teatro Colón. Director: Julio Bocca. Diseño de escenografía: Christian Prego. Diseño de vestuario: Aníbal Lápiz. Diseño de iluminación: Rubén Conde. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Dirección musical: Nicolette Fraillon. Nuestra calificación: buena.

El Ballet Estable del Teatro Colón retoma El lago de los cisnes para inaugurar la temporada 2026 bajo la dirección de Julio Bocca, con la coreografía de Raúl Candal que ya tiene historia en la compañía. La producción luce digna: escenografía dorada y festiva de Christian Prego para el acto inicial, vestuarios elegantes de Aníbal Lápiz (las capas de Von Rothbart siguen siendo un acierto), iluminación efectiva de Rubén Conde y una Orquesta Filarmónica dirigida por Nicolette Fraillon que entrega una lectura correcta y emotiva de Chaikovski, sin brillar en los clímax ni en los pasajes más líricos.

El primer acto arranca con energía: la celebración del cumpleaños del príncipe se siente viva gracias al cuerpo de baile, que muestra progreso en sincronía y presencia. El Pas de trois (ampliado ocasionalmente a cuarteto) gana frescura con Jiva Velázquez como Benno: su técnica limpia, juventud y complicidad lúdica lo convierten en un punto luminoso, aportando ligereza sin exagerar. El Bufón de Juan Luis Fernández cumple su función de alivio cómico con saltos sólidos y piruetas que reclaman atención, aunque a veces peca de un poco de exceso en las interrupciones, lo que resta fluidez al conjunto.

Federico Fernández regresa como Príncipe Sigfrido con autoridad y porte noble. Su solo introspectivo transmite conflicto interno con madurez, y su partnering es confiable. Sin embargo, en las variaciones más demandantes (especialmente las del tercer acto) se nota cierta cautela técnica y falta de explosividad en los saltos, lo que hace que el personaje se sienta más correcto que apasionado o heroico.

Lola Múgica asume el doble rol de Odette/Odile con compromiso evidente y buenas intenciones. Como Odette, su aleteo es delicado y su línea poética transmite vulnerabilidad; el pas de deux del lago tiene momentos conmovedores de fragilidad. En Odile, logra el cambio de carácter hacia lo seductor y malicioso, con fouettés estables (aunque no vertiginosos ni impecables en velocidad). La dualidad está allí, pero le falta profundidad emocional en los extremos: Odette se queda algo contenida en la desesperación trágica, y Odile no termina de imponer la maldad manipuladora con la intensidad requerida. Es un debut o reposición meritorio para una bailarina del cuerpo que crece, pero aún no al nivel de una protagonista indiscutida.

Foto gentileza, Carlos Villamayor. Prensa Teatro Colón

Lucas Matzkin como Von Rothbart ofrece presencia imponente y villanía creíble, potenciada por el manejo de las capas. Su dramatismo es sólido y amenaza cuando debe, aunque en los momentos de transformación o intervención mágica le falta algo de fluidez y proyección para dominar verdaderamente el escenario.

Natacha Bernabei como la Reina aporta elegancia y dignidad serena, cumpliendo sin fisuras su rol secundario.

Los actos blancos son lo más rescatable: el pas de quatre de los cisnes y el corps en su conjunto deslumbran por exactitud y realismo en el aleteo, mostrando cuánto ha avanzado el Ballet Estable en disciplina grupal. Las danzas del carácter (mazurka, czardas, etc.) se lucen con vitalidad.

En resumen, este Lago es un regreso honesto y con buenas intenciones: producción cuidada, cuerpo de baile en crecimiento, protagonistas que dan lo mejor de sí y momentos que emocionan o entretienen. Pero le falta consistencia en los roles principales, mayor riesgo técnico y profundidad dramática para elevarse por encima de lo aceptable. Se refleja esfuerzo y potencial, pero que invita a seguir trabajando para que el Ballet Estable recupere todo su esplendor en clásicos como este. El público del Colón aplaude con calidez, y las entradas agotadas hablan de cariño por la compañía más que de perfección absoluta.

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