Pecadores (Sinners, Estados Unidos/2025). Guion y dirección: Ryan Coogler. Fotografía: Autumn Durald Arkapaw. Edición: Michael P. Shawver. Elenco: Michael P. Jordan, Miles Caton, Jack O’Connell, Deroy Lindo, Hailee Steinfeld, Wunmi Mosaku, Jayme Lawson, Li Jun Li. Calificación: Apta para mayores de 13 años con reservas. Distribuidora: Warner Bros. Duración: 137 minutos. Nuestra calificación: buena.
Ambientada en el Mississippi segregacionista de 1932, la película sigue a dos hermanos gemelos —ambos interpretados por Michael B. Jordan— que regresan a su tierra intentando escapar de un pasado criminal. Lo que encuentran no es redención sino un infierno envuelto en música, racismo, religión y vampirismo sureño. Sí, vampiros. Pero Coogler no filma vampiros como monstruos de feria: los convierte en metáfora voraz de la apropiación cultural, del pecado heredado y de un país que se alimenta de aquello que desprecia.
La gran virtud de Pecadores es que nunca parece una película diseñada por comité. Tiene algo salvaje, excesivo y profundamente autoral. Coogler mezcla melodrama sureño, cine social, musical bluesero y horror gótico con una convicción tan desmesurada que, incluso cuando la película se desborda, uno no puede apartar la mirada. Es cine que transpira fiebre.
Visualmente, el film posee momentos de una belleza abrasiva. La fotografía convierte el Delta del Mississippi en una geografía espectral donde el barro, el sudor y la sangre parecen formar parte de la misma sustancia. Hay escenas nocturnas iluminadas apenas por lámparas y hogueras que remiten al expresionismo, mientras la música —absolutamente central— funciona como un llamado espiritual. El blues aquí no es acompañamiento: es invocación.
Y allí emerge otro hallazgo: el joven Miles Caton, cuya presencia aporta humanidad y vulnerabilidad en medio de tanta oscuridad simbólica. También sobresalen Hailee Steinfeld y Delroy Lindo, este último regalando una composición llena de cansancio moral y verdad.
Michael B. Jordan, por su parte, sostiene el doble rol con magnetismo físico y un trabajo corporal notable. Sus gemelos no son simplemente “dos versiones” del mismo hombre: representan dos formas distintas de negociar con el demonio. Una más impulsiva, otra más resignada. Ambas condenadas.
Sin embargo, Pecadores no es perfecta. Su ambición termina jugando a veces en contra. Hay tramos donde Coogler acumula tantas capas temáticas —religión, racismo, música negra, memoria histórica, violencia estructural, sexualidad, folklore— que el relato amenaza con quebrarse bajo su propio peso. Algunos espectadores quizás sientan que la película tarda demasiado en abrazar plenamente el horror vampírico. Y sí, es cierto: el film cocina lentamente su descenso al infierno. Pero justamente allí reside parte de su personalidad.
Porque Pecadores no quiere ser solamente entretenida. Quiere poseerte.
Y en tiempos donde gran parte del cine industrial parece fabricado por algoritmos emocionalmente estériles, resulta fascinante encontrarse con una obra irregular, excesiva y viva. Una película que muerde.
