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Misery en el Teatro Metropolitan: donde la palabra, el silencio y el miedo encuentran su perfecta arquitectura

LECTURA RECOMENDADA

(Bs. Aires, 2/VII/2026, Teatro Metropolitan). Misery. Autor: William Goldman. Basada en la novela de Stephen King. Traducción y adaptación: Daniel Botti,  Manuel González Gil. Dirección: Manuel González Gil. Intérpretes: Julia Calvo y Juan Gil Navarro. Escenografía: Lula Rojo. Iluminación: Matias Sendon. Música: Martín Bianchedi. Vestuario: Lara Gaudini. Sala: Metropolitan (Corrientes 1343). Funciones: jueves, viernes y sábados: 21.30; domingo: 21.15. Nuestra opinión: excelente.

Existen obras cuya grandeza radica en trascender el género que las vio nacer. Misery es una de ellas. Lo que Stephen King concibió en 1987 como una novela de suspenso psicológico terminó revelándose como una penetrante reflexión sobre el acto de crear, la responsabilidad del artista frente a su obra y el peligroso territorio donde la admiración se transforma en posesión. Más de tres décadas después, su vigencia resulta asombrosa: en una época en la que el creador convive con la exposición permanente y con audiencias que muchas veces confunden el afecto con el derecho a decidir el destino de sus ídolos, la historia adquiere una inquietante actualidad.

Diversos estudios sobre la obra de King han señalado que algunos rasgos de Annie Wilkes podrían haber encontrado inspiración parcial en la figura de Genene Anne Jones, la enfermera estadounidense condenada por el asesinato de varios niños y sospechosa de numerosas muertes en geriatricos. Esto hace que King lleve esa relación a un grado exacerbado, aportando una dimensión adicional a un personaje cuya complejidad psicológica continúa estremeciendo tanto a lectores como a espectadores.

La versión que Circus Entertainment Group presenta en el Teatro Metropolitan comprende con inteligencia que el verdadero suspenso no nace del sobresalto fácil, sino de la paciente construcción del miedo. Es una puesta que deposita toda su confianza en el teatro mismo: en la palabra, en el silencio, en la respiración de los actores y en ese delicado equilibrio que solo las grandes realizaciones escénicas consiguen establecer entre la emoción y el pensamiento.

La adaptación teatral de William Goldman, responsable también del celebrado guion cinematográfico dirigido por Rob Reiner, encuentra aquí un aliado indispensable en la  traducción y adaptación de Daniel Botti y Manuel González Gil. El texto conserva toda la precisión de su arquitectura dramática, pero adquiere una naturalidad idiomática que permite que la tensión fluya con absoluta organicidad. Cada pausa, cada réplica y cada silencio poseen un peso específico dentro del relato. Sin ese fino trabajo de adaptación sería imposible que la maquinaria del suspenso alcanzara semejante grado de eficacia teatral.

 

Si el texto constituye la columna vertebral de esta producción, la dirección de Manuel González Gil es el pulso que la mantiene viva. Pocos directores poseen la capacidad de administrar el tiempo escénico con semejante precisión. González Gil, que décadas atrás ya había abordado esta obra en el mismo escenario con la dupla actoral de Alicia Bruzzo y Rodolfo Bebán, demuestra aquí una madurez artística admirable. Comprende que el terror más profundo nunca necesita apresurarse. Permite que la amenaza se filtre lentamente en cada escena, dosificando la tensión con un rigor casi musical hasta alcanzar un desenlace donde la emoción y el espanto conviven en un equilibrio perfecto.

La escenografía de Lula Rojo responde a esa misma concepción estética. La habitación, el comedor y el automóvil de Annie conforman un espacio de admirable síntesis visual, donde cada elemento trasciende su función utilitaria para convertirse en un signo dramático. No se trata de reproducir una casa, sino de construir una prisión emocional. El ámbito doméstico, tradicionalmente asociado con la seguridad, se transforma aquí en el escenario de la degradación física y psicológica del protagonista, haciendo que el espectador experimente una progresiva sensación de encierro.

Esa percepción se ve magnificada por la iluminación de Matías Sendón, uno de los trabajos técnicos más refinados de la temporada. Su diseño lumínico no acompaña la acción: la interpreta. Las sombras invaden progresivamente el espacio, modelan los estados emocionales y dialogan con la evolución psicológica de los personajes. Hay momentos en que la luz parece respirar junto a ellos, convirtiéndose en una presencia dramática tan elocuente como el propio texto.

En idéntica sintonía se encuentra la música original de Martín Bianchedi, cuya partitura evita cualquier tentación ilustrativa. Su mayor virtud reside precisamente en insinuar antes que señalar, construyendo una tensión subterránea que acompaña al espectador desde el inicio hasta el desenlace sin invadir jamás el protagonismo de la escena.

Pero el verdadero acontecimiento de esta producción se encuentra sobre el escenario.

Julia Calvo entrega una interpretación de extraordinaria riqueza psicológica. Su Annie Wilkes escapa deliberadamente a la caricatura para internarse en un territorio mucho más inquietante: el de la absoluta verosimilitud. La actriz compone una mujer capaz de pasar con asombrosa naturalidad de la modestia y la aparente dulzura a la euforia, la manía, la depresión y la violencia extrema. Nunca recurre al efectismo; construye el horror desde la íntima convicción del personaje, logrando que cada estallido resulte profundamente perturbador. Es una creación de una inteligencia interpretativa poco frecuente, destinada a inscribirse entre los trabajos más memorables de su trayectoria.

Frente a semejante composición, Juan Gil Navarro responde con una actuación de admirable contención. Obligado a permanecer durante buena parte de la función prácticamente inmóvil, transforma esa restricción física en el principal instrumento de su interpretación. Cada mirada, cada respiración y cada mínima inflexión vocal revelan el progresivo deterioro de Paul Sheldon, un hombre que descubre que la escritura ha dejado de ser un ejercicio creativo para convertirse en el único camino hacia la supervivencia. Su trabajo posee una precisión emocional que conmueve precisamente porque nunca busca conmover.

La relación escénica entre ambos actores constituye uno de los mayores logros de la puesta. Más que un enfrentamiento entre víctima y victimaria, lo que presenciamos es un complejo duelo entre dos voluntades condenadas a convivir en un espacio donde la literatura, el amor, el poder y la locura terminan confundiendo sus límites.

Allí reside la verdadera grandeza de esta versión de Misery: en comprender que el miedo no nace de los golpes de efecto, sino de la condición humana cuando el amor se convierte en obsesión y la admiración degenera en dominio.

 

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