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Mi querida señorita (2026): la libertad en vitrina y el silencio como bisturí

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Mi querida señorita(2026), dirigida por Fernando González Molina, está protagonizada por Elisabeth Martínez (Adela), Anna Castillo (Isabel) y Paco León (Padre José María). Este remake se estrenó el 1 de mayo de 2026 en la plataforma, con un reparto que incluye a Nagore Aranburu, Manu Ríos, Lola Rodríguez y María Galiana. Netflix.                    Nuestra calificación: buena

La nueva Mi querida señorita, bajo el ala creativa de Javier Calvo y Javier Ambrossi, se presenta como un gesto de corrección histórica: decir en voz alta lo que en 1972 Jaime de Armiñán apenas podía insinuar. Pero en esa voluntad de visibilizar, la película abre una herida más profunda —y menos discutida—: la de la intervención sobre el cuerpo sin palabra, sin consentimiento, sin relato.

Aquí la castración deja de ser metáfora y se vuelve carne. No como decisión, sino como hecho impuesto, silenciado, enterrado bajo capas de pudor familiar y omisión social. El cuerpo del personaje central aparece intervenido antes de poder ser comprendido, narrado, siquiera preguntado. Y ese gesto —más que cualquier discurso identitario— es el verdadero núcleo trágico del film.

—“¡Ay, mi cielo! Ni Freud se animó a tanto: te operan primero y te explican nunca”— susurra el Dr. Merengue, sin bajar la mirada.

La familia, lejos de ser refugio, funciona como cámara de eco del silencio. No hay explicación, no hay transmisión, no hay historia compartida. Hay un pacto tácito: no se habla. Y lo que no se nombra, no existe… aunque duela. La película acierta al mostrar ese vacío, pero también lo bordea con una estética que a veces lo suaviza, como si temiera incomodar demasiado.

En paralelo, la sociedad no condena abiertamente: simplemente calla. Y ese callar —más sofisticado, más contemporáneo— es quizás más inquietante que la violencia explícita. Porque no expulsa, pero tampoco integra. Tolera, siempre y cuando no se la interpele.

Madrid aparece entonces como escenario de una doble operación: por un lado, la promesa de libertad; por otro, la confirmación de que esa libertad está sectorizada. Hay espacios donde la identidad puede desplegarse —codificados, reconocibles— y otros donde permanece en estado latente.

—“Libertad sí, pero con manual de uso y barrio asignado(Chueca)… ¡qué comodidad para todos!”— interviene Merengue, con esa ironía que corta más que cualquier bisturí.

Y ahí la película se vuelve incómoda en serio: porque, sin proponérselo del todo, termina sugiriendo que la felicidad no es universal, sino territorial. Que hay zonas habilitadas para ser y otras donde apenas se sobrevive.

El problema no es que existan refugios. El problema es cuando el relato deja de imaginar un mundo donde esos refugios no sean necesarios.

Formalmente, el film es sólido: actuaciones comprometidas, una puesta en escena cuidada, una narrativa que fluye. Pero ese mismo control conspira contra el riesgo. Todo está dicho, todo está explicado. Y sin fisuras, no hay vértigo.

—“Antes te callaban; ahora te explican… pero igual deciden por vos”— remata el Dr. Merengue, implacable.

Esta Mi querida señorita amplía el discurso, pero también expone una contradicción contemporánea: denuncia la violencia del silencio mientras construye una libertad acotada. La castración sin consentimiento, la familia que oculta y la sociedad que calla son sus elementos más potentes. Sin embargo, el film no termina de romper el círculo: lo ilumina… pero no lo desarma.

Porque si la identidad necesita permiso, explicación tardía y geografía específica, entonces no estamos ante inclusión.
Estamos ante una forma más elegante —y más peligrosa— de límite.

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