Manon Lescaut, Puccini – Liceu 2026
Elenco: Asmik Grigorian, Ivan Gyngazov, Iuri Samoilov, Donato Di Stefano, Filip Filipović, Mercedes Gancedo. Orquesta y Coro del Gran Teatre del Liceu. Dirección de escena: Àlex Ollè. Dirección musical: Josep Pons. Producción: Ópera de Frankfurt. Nuestra calificación: buena
Hay producciones que reinterpretan una obra y logran abrir nuevas capas de lectura sin traicionar su esencia. Otras encuentran perspectivas inesperadas que enriquecen el drama. Pero también existen aquellas que, en nombre de la provocación contemporánea, terminan sofocando aquello mismo que pretenden revisitar. La reciente producción de Manon Lescaut en el Gran Teatre del Liceu, con dirección escénica de Àlex Ollè, parece instalada cómodamente en esta última categoría.
Porque una cosa es actualizar y otra transformar la tragedia de Manon en una tesis visual sobre el vacío existencial. Aquí la dramaturgia aparece deformada por un concepto escénico que parece desconfiar de la emoción y del propio Puccini. Los personajes vagan dentro de una sucesión de imágenes frías, calculadas y de pretendida sofisticación intelectual, mientras la humanidad del drama se diluye lentamente bajo una estética tan aparatosa como distante.
Y allí surge el gran problema de la propuesta: la escena parece trabajar permanentemente contra la obra.
La tragedia de Manon no necesita ser deconstruida para conmover. Puccini ya escribió un universo perfecto de deseo, pasión, degradación y desesperación amorosa. Pero esta puesta parece obsesionada con enfriar todo impulso emocional, como si el melodrama fuese algo vergonzante que hubiera que esconder detrás de símbolos abstractos y movimientos escénicos arbitrarios.
—Porque, querido —diría el Dr. Merengue mientras acomoda el pañuelo en el saco—, uno iba esperando perfume francés, pasión desenfrenada y pecado elegante… ¡y terminó atrapado en una instalación contemporánea diseñada por un arquitecto escandinavo después de leer demasiada filosofía francesa!
Sin embargo, cuando la régie fracasa, sobreviven las voces y la música. Y es precisamente allí donde esta función encuentra su salvación.
En el centro del escenario emerge inmensa Asmik Grigorian. Su Manon no solamente canta: incendia la escena con una entrega feroz y visceral. Dueña de un magnetismo arrollador, logra atravesar el frío conceptual de la puesta para devolverle carne y alma a un personaje que la dirección escénica parecía empeñada en convertir en un símbolo vacío. Hay en su interpretación una intensidad emocional devastadora, un fraseo cargado de intención y una verdad teatral que convierte cada intervención en un acto de resistencia artística.
—¡Menos mal que apareció Grigorian! —interrumpe nuevamente el Dr. Merengue—. Porque alguien tenía que recordar que debajo de tanta metáfora todavía existía una ópera.
A su lado, Ivan Gyngazov ofrece un Des Grieux apasionado y generoso, encontrando sus mejores momentos en los grandes estallidos líricos de la partitura. Ambos sostienen con convicción una química dramática que muchas veces la propia puesta parece sabotear.
También sobresalen Iuri Samoilov, sólido y elegante; Donato Di Stefano, de presencia firme; Filip Filipović y Mercedes Gancedo, aportando refinamiento y musicalidad en cada intervención.
Pero el auténtico refugio emocional de la noche se encuentra en el foso. La Orquesta del Gran Teatre del Liceu y el Coro del Gran Teatre del Liceu hallan bajo la dirección musical de Josep Pons aquello que la escena parece olvidar: el verdadero pulso pucciniano.
Pons dirige con amplitud, lirismo y un extraordinario sentido teatral. La música respira, se expande y recupera toda esa voluptuosidad emocional que la puesta intenta sofocar. Allí donde la escena enfría, la orquesta devuelve sangre; donde la dramaturgia se fragmenta, Puccini recompone el alma de la obra.
—Y allá abajo estaba Josep Pons —susurra el Dr. Merengue casi emocionado— tratando de rescatar a Puccini como quien salva un jarrón Ming en medio de un terremoto conceptual.
Porque al final ocurre algo inevitable: todo el aparato intelectual de la producción termina derrumbándose frente a la evidencia más simple y poderosa. La música emociona. Las voces conmueven. Y Manon Lescaut, incluso herida por una puesta que parece desconfiar de su propia esencia, sigue sobreviviendo gracias a la inmensa fuerza humana que Puccini dejó escrita en cada compás.
