La Grazia. Italia, 2025. Dirección y guion: Paolo Sorrentino. Fotografía: Daria D’Antonio. Intérpretes: Toni Servillo, Anna Ferzetti, Orlando Cinque, Massimo Venturiello, Milvia Marigliano, Giuseppe Gaiani, Giovanna Guida. Nuestra calificación: muy buena
Empiezo a escribir sobre La Grazia y ya me enfrento a una pequeña traición: espero a Paolo Sorrentino… y aparece otro. Uno más contenido. Más silencioso. Casi diría más honesto.
—O más domado —me corrige el Dr. Merengue, sin pedir permiso.
Puede ser. Pero hay algo innegable: Sorrentino regresa a sus obsesiones —el poder, la vejez, la conciencia— pero esta vez sin el disfraz del exceso. Aquí no hay carnaval romano ni cinismo elegante. Hay un hombre solo frente a sus decisiones.
Y ese hombre es Toni Servillo.
Escribo: Servillo está sublime.
Y no es una frase hecha. Es otra cosa. Porque su Mariano De Santis no se construye desde el gesto, sino desde la retención. Cada silencio pesa. Cada mirada se vuelve un juicio.
—Sí, pero también hay momentos en que parece que está esperando que le dicten el guion desde el cielo —dispara Merengue. Lo dejo pasar. Sigo.
El dispositivo dramático es sencillo y, justamente por eso, peligroso: los últimos seis meses de un presidente enfrentado a decisiones irreversibles. La eutanasia. El perdón. La culpa.
Nada explota. Todo decanta.
Y ahí Sorrentino se juega algo que pocos directores hoy se animan: filmar la duda sin resolverla.
La cámara acompaña, no impone. La fotografía de Daria D’Antonio convierte los palacios en espacios casi funerarios. El poder ya no brilla: resuena vacío.
—Hermoso, sí… pero si seguís así terminamos aplaudiendo un trámite administrativo con música sacra —interrumpe el Doctor.
Pero no. Porque algo sucede. O mejor dicho: algo persiste.
La película empieza a girar alrededor de una idea incómoda: la gracia. No como concepto religioso solamente, sino como carga moral. Como decisión que no libera, sino que condena a quien la toma.
Y mientras escribo esto, me doy cuenta de que Sorrentino no está hablando de política.
Está hablando de responsabilidad.
—Ah, bueno… ahora resulta que hicimos filosofía. Decime la verdad: ¿te emocionó o te hizo pensar que faltaba un poco de vida ahí adentro?
Las dos cosas.
Porque sí, la película es lenta. Deliberadamente lenta. Hay momentos donde el tiempo se espesa y uno —acostumbrado al Sorrentino exuberante de La grande bellezza— espera una ruptura que nunca llega.
Y tal vez ahí esté el punto. Aquí no hay escape.
—O no hay imaginación —clava Merengue.
No. No es eso. Es una elección. Una renuncia.
Aunque… (y acá me detengo mientras escribo) no todo sostiene ese nivel. Algunos personajes secundarios aparecen más como ideas que como personas. Y el propio De Santis… sí, es cierto… roza lo inverosímil.
Un presidente ético, reflexivo, casi santo.
—En 2025. Dale. Ni en casting lo encontrás —remata el Doctor.
Y sin embargo… (sí, vuelvo a esa fórmula incómoda) …sin embargo la película queda.
No por lo que muestra, sino por lo que deja flotando. Porque hay algo inquietante en ver a un hombre poderoso incapaz de escapar de sí mismo.
Y eso, en estos tiempos, resulta casi subversivo. Termino de escribir y no estoy del todo seguro. No sé si es una gran película. Pero sé que no es una película menor.
—Entonces ganó —dice el Dr. Merengue, levantándose con una media sonrisa—. Porque te dejó pensando… y encima la defendés.
VEREDICTO (provisorio, como toda duda honesta)
Menos Sorrentino… y más verdad.
Menos espectáculo… y más peso moral.
Una película que no seduce: se instala.
—Y ojo… porque estas son las que vuelven cuando ya creías que las habías olvidado.
