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Premios César 2022, noche triunfal para el film Las ilusiones perdidas, sobre la novela de Balzac

LECTURA RECOMENDADA

PHILIPP ENGEL 27/02/2022

Marcel Proust admiraba a Balzac como semiólogo, un avezado descodificador de las claves de su tiempo, y esa también es la óptica con la que Xavier Giannoli aborda la primera gran adaptación del volumen central de Las ilusiones perdidas , que nos zambulle en el París de la Restauración, a principios del siglo XIX, cuando, tras la caída de Napoleón, reina el borbón Luis XVIII, un monarca que contenta a la aristocracia al tiempo que auspicia el progreso.

Una imagen de 'Las ilusiones perdidas', que se estrena este viernes
Benjamin Voisin y Vincent Lacoste como Lucien de Rubempré y Étienne Lousteau en ‘Las ilusiones perdidas’   

Presentada en la Mostra de Venecia, Las ilusiones perdidas es un gran fresco social rodado en un París sin trampa ni cartón, que huye del academicismo plúmbeo, para llevarnos de la mano, al son de una incesante colección de clásicos populares , por el famoso Boulevard du Crime, en el que se alineaban los teatrillos populares, que congregaban a miles de espectadores todas las noches. Por gentileza del barón Haussmann, el gran reformador urbanístico, sólo queda uno en pie: el Théâtre Dejazet, que era el único que se erigía en la orilla Oeste de la avenida que baja de la plaza République rumbo a la Bastille. Es el mismo ambiente que el de Los niños del paraíso (1945), la inolvidable obra maestra de Marcel Carné. Ahí es donde aterriza Lucien de Rubempré, nacido Chardon (cardo), un joven provinciano –al que da vida Benjamin Voisin (revelado en Verano del 85 , de François Ozon)– con alma de poeta, que tampoco tardará demasiado en despojarse de su torpe ingenuidad para adaptarse a las amorales reglas del juego de la mano de un cínico crítico literario encarnado por el siempre simpático Vincent Lacoste.

Sintetizar una novela de más de setecientas páginas en dos horas y media subraya la grandeza del cine sobre las series

Hay que decir que los subrayados paralelismos entre los métodos gansteriles de la prensa popular, que florecía a golpe de anuncios de cosméticos, y la posverdad de la era digital, no han sentado del todo bien a la prensa cultural francesa, ahora mismo muy preocupada por su futuro. Pero, al margen de las inevitables susceptibilidades, la inmersión en ese mundillo canallesco, donde las opiniones favorables de la crítica se venden al mejor postor, resulta impagable. Y contiene uno de los mejores chistes sobre lo que pudiera ser la misión del crítico, cinematográfico o de cualquier otra especialidad. Se lo cuenta Lacoste a Voisin, y es una crítica al mismísimo Jesucristo cuando acaba de caminar sobre las aguas: “¡No sabe nadar!”. Nunca positivo, siempre negativo.

Las ilusiones perdidas
Cécile de France (como Madame de Bargeton), una de las protagonistas femeninas de ‘Las ilusiones perdidas’   

Hay amoríos, aunque relegados a un segundo plano –Rubempré está entre Madame de Bargeton (Cécile de France), que le ha humillado, y Coralie, la actriz de bulevar (Salomé Dewaels), que le ha acogido en su seno–, y sobre todo venenosas intrigas entre pérfidos aristócratas y burgueses advenedizos que construyen su poder con secretas alianzas entre la prensa y las grandes empresas, a través de las páginas publicitarias. La galería de secundarios es estelar: Gérard Depardieu es el editor Dauriat, que Giannoli convierte en un analfabeto; Louis-Do de Lencquesaing es el director del auténtico rotativo Le Corsaire , que Giannoli fusiona con Le Satan , algo que no se hizo realidad hasta tiempo después, en 1844; Jeanne Balibar es una marquesa de Espard mucho más madura que en la novela, y Xavier Dolan interpreta a Nathan d’Anastazio, que concentra a varios personajes de Balzac, incluido un alter ego del propio escritor. También aparece un singular personaje, encargado de encumbrar o arruinar las obras del Bulevar del Crimen, que no existe en La comedia humana , pero que aquí sirve para subrayar, de manera grotesca, la correlación entre el éxito y el soborno de una prensa que nunca pondría por delante criterios de calidad artística.

Hay en el filme  venenosas intrigas entre pérfidos aristócratas y burgueses advenedizos; y amoríos en segundo plano

Como se ve, Giannoli, se ha tomado no pocas libertades respecto a la obra que el mismo Balzac consideraba como el corazón de La comedia humana , que congrega hasta noventa escritos de todos los géneros y dimensiones. Sintetizar una novela de 744 páginas –en su edición de Literatura Random House– en apenas dos horas y media de espectáculo implica obviamente tomar decisiones, y eso también subraya la grandeza del cine sobre las series, porque no puede conformarse con ser una pálida imitación, un audiolibro con imágenes. Giannoli se toma no pocas licencias poéticas y, como se ha dicho, incluso arriesga algún anacronismo, caso de Le Corsaire-Satan , que por cierto dirigió Lepoitevin Saint-Alme, colaborador de Balzac y también fundador de Le Figaro . Pero esa libertad con la cronología, “como en un terreno en el que las lavas de diferentes tiempos se mezclan”, es justo lo que Proust admiraba del modelo que le insufló la fuerza para un proyecto tan ambicioso como En busca del tiempo perdido .

También puede parecer que Giannoli, asistido por el histórico guionista Jacques Fieschi, se ha dedicado a ennegrecer la novela, suprimiendo toda virtud, hasta convertirla en un reflejo de nuestra despiadada actualidad, pero en algunos casos no es así: la Madame de Bargeton que imaginó el Porthos de la literatura decimonónica francesa fue mucho más implacable con Lucien. Aquí todavía tiene su corazoncito, aunque no lo use mucho.

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