Il Trovatore de Giuseppe Verdi, Pasiones Eternas y Desafíos Contemporáneos – Teatro Colón

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En el imponente escenario del teatro, la vibrante atmósfera del coro gitano se alza como un misterioso eco del pasado. El estruendo de yunques se fusiona con cánticos ancestrales, creando un telón rústico que transporta a los espectadores a una época de pasión y rivalidad. La aguda nota resonante de un tenor llena el aire, desatando un torrente de emociones que se entrelazan en una trama enredada de ardor y conflicto. Dos hombres, consumidos por un amor compartido por una mujer, se enfrentan en un choque ardiente que trasciende la misma razón. Así se despliegan los elementos fundamentales y momentos icónicos de «Il Trovatore» de Giuseppe Verdi, un torbellino operístico que arrasó en el siglo XIX y aún resuena en el corazón de la audiencia contemporánea.

No obstante, detrás de la exuberancia y la magnitud aterradora de su contenido, «Il Trovatore» ha perdurado en las listas de éxitos operísticos, desafiando su propia capacidad para impactar y asombrar. Verdi teje una música embriagadora que penetra en los rincones más profundos del alma, pero en esta obra en particular, la magia va más allá de la comprensión. Es un crisol de instintos y emociones intensas, un reflejo casi shakespeariano de la condición humana. Aunque los personajes puedan carecer de un desarrollo profundo, su confrontación constante ante obstáculos insuperables los convierte en arquetipos conmovedoramente universales: Azucena, marcada por el trauma de la ejecución de su madre y su propio crimen; Manrico, cuyo destino es una lucha perpetua entre heridas y resurrecciones; Leonora y Di Luna, atrapados en el amargo abrazo de un amor imposible. A medida que la frustración de Leonora se vuelve autodestructiva, la de di Luna se convierte en una batalla desesperada contra Manrico.

Tras veintitrés años de ausencia en nuestro venerable Primer Coliseo, «Il Trovatore» regresa en una versión conflictiva pero, en última instancia, insustancial. La etiqueta de «versión semi montada», bajo la dirección escénica de Marina Mora y el concepto escénico de Gabriel Caputo, no logra conmover ni intrigar. En términos rioplatenses, la propuesta resulta ni chicha ni limonada, dejando unos pocos intérpretes la posibilidad de elevarse a la altura de la rica historia lírica del Teatro Colón.

La estrella rusa, Anna Netrebko, personifica a Leonora con esplendor, aunque es el color y la riqueza de su voz lo que brilla más que su adaptación al repertorio belcantista. A pesar de haber encarnado roles desafiantes en el pasado, Netrebko parece no alcanzar la plenitud necesaria en las notas cortas y ágiles. Sin embargo, su interpretación de las partes sostenidas es asombrosa, con un tono elegíaco que carga una intensidad dramática palpable. Su desviación de las convenciones belcantistas es comprensible, pero deja un resquicio de insatisfacción.

Anna Netrebko (Leonora) . Fotografia gentileza: Prensa Teatro ColónMaximo Parpagnoli

Por otro lado, Yusif Eyvazov, en el papel de Manrico, demuestra su habilidad para abordar el amplio rango y las tensiones del personaje, aunque con una reserva emocional perceptible. Su interpretación a veces se torna tensa y monótona, luchando en los momentos más inspiradores de la ópera, como la famosa «Di quella pira». La imprecisión en la proyección empaña la belleza de esta cabaletta spinto, culminando en una sorprendente elección final de falsete en lugar del tradicional Do sobreagudo, una elección ajena a las partituras originales de Verdi.

Indudablemente, el barítono Fabian Veloz se alza como el faro luminoso de la función. Su interpretación del Conde de Luna es impecable, firme, resuelta y creíble. Mantiene un equilibrio riguroso a lo largo de los actos, sin sacrificar la potencia ni la intensidad que el personaje exige.

Fabian Veloz (Conde di Luna) – Fotografia gentileza: Prensa Teatro ColónMaximo Parpagnoli

Olesya Petrova, en el papel de Azucena, exhibe gran expresividad, aunque a veces coquetea con la sobreactuación en un estilo cercano al verismo. A pesar de tener una voz de calidad, le falta el temperamento y el bagaje en el repertorio dramático de Verdi que habría enriquecido su interpretación. Su actuación a menudo opaca sus habilidades.

El bajo barítono Fernando Rado, como Ferrando, destaca por su poder y precisión, mereciendo elogios. María Belén Rivarola, como Inés, demuestra su destreza habitual en un papel breve, fusionando su voz de manera admirable con una presencia escénica solvente.

Es necesario reconocer también la actuación competente de Santiago Martinez, Sergio Wamba y Cristian Taleb en roles secundarios.

Sin embargo, la dirección orquestal de Giacomo Sagripanti genera debate. Parece atormentado por el deseo de imponer una reinterpretación «personal» en la partitura, lo que lamentablemente resulta en la destrucción del drama a través de tempos confusos y silencios desconcertantes. Esta elección se traduce en contrapuntos disonantes con el coro y en entradas poco sincronizadas de los solistas.

En resumen, «Il Trovatore» de Giuseppe Verdi brilla con sus ingredientes fundamentales y momentos icónicos. A pesar de las incoherencias y los desencuentros presentes en esta interpretación, ciertos intérpretes, como Anna Netrebko y Fabian Veloz, emergen con sus voces y profundidad emocional. La ópera continúa resonando con sus pasiones eternas y turbulencias humanas, aunque la búsqueda de una dirección orquestal nítida y cohesiva deja espacio para la reflexión crítica.

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