(Bs. Aires, 21/VI/2026, Teatro Coliseo). Hairspray. Libro: Mark O´Donnell y Thomas Meehan. Música: Marc Shaiman. Letras: Scott Wittman y Marc Shaiman. Adaptación: Marcelo Kotliar. Director general: Fernando Dente. Dirección de actores: Laura Oliva. Dirección musical: Damián Mahler. Elenco: Damián Betular, Alejandra Raano, Sofía Morandi, Belén Bilbao, Andrea Lovera, Leo Bosio, Joaco Scotta, Santiago Toledo, Paula Chouhy, Ian Ferreira, Sonia Savinell, Ceci Cáceres y otros. Dirección coreográfica: Vanesa García Millán. Dirección vocal: Eugenia Gil Rodriguez. Escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez. Luces: David Seldes. Vestuario: Gustavo Alderete. Sonido: Gastón Briski. Funciones: miércoles a sábados a las 20 y domingos a las 18. Sala: Teatro Coliseo (Marcelo T. de Alvear 1125). Nuestra calificación: muy buena.
«Hay que pensar en grande para ser grande.»
Hay frases que trascienden la ficción para convertirse en un manifiesto artístico. La que pronuncia Tracy Turnblad al comienzo de Hairspray resume, casi sin proponérselo, la esencia de esta nueva producción argentina: pensar en grande. Y eso es exactamente lo que hace Fernando Dente al asumir el desafío de llevar nuevamente a escena uno de los musicales más emblemáticos de Broadway, transformando el Teatro Coliseo en una explosión de música, color, humor y emoción que honra la tradición del gran musical americano.
Desde los primeros acordes de Buen día Baltimore, el espectáculo despliega una energía que jamás se detiene. Pero es con Bienvenidos a los 60 cuando termina de revelar su verdadera identidad. Más que una de las canciones más celebradas de la inolvidable partitura de Marc Shaiman, con letras del propio Shaiman y Scott Wittman, funciona como una auténtica declaración de principios.
A partir de allí, el público comprende que está ingresando en un universo donde la música parece tener el poder de cambiar el mundo.
Y eso es Hairspray. Una celebración.
Porque detrás de la estética pop, los peinados imposibles, los vestidos coloridos y la comedia permanente, sigue latiendo una historia profundamente humana. Una historia sobre la discriminación racial, los prejuicios, la aceptación del propio cuerpo, la igualdad de oportunidades y la necesidad de romper con los moldes establecidos.
Lo extraordinario es que la obra nunca transforma ese discurso en un panfleto. Elige un camino mucho más inteligente. Hablar de la inclusión desde la alegría. Y allí reside gran parte de su vigencia.
La dirección: entender el ADN del musical
Fernando Dente vuelve a confirmar que hoy ocupa un lugar de privilegio entre los directores del teatro musical argentino. Su mayor mérito no consiste únicamente en construir un espectáculo dinámico, sino en comprender profundamente el ADN del género. No intenta reinventar Hairspray, ni modernizarla artificialmente. Respeta su esencia y entiende que pertenece a una tradición muy específica: la del gran musical americano, donde actuación, canto, baile y música forman una unidad indivisible.
Su puesta posee ritmo cinematográfico. Las escenas fluyen sin fisuras, y aqui es de destacar la direccion de actores realizada por Laura Oliva, la cual da transiciones que resultan naturales. El humor aparece con precisión. Y la emoción encuentra siempre el momento justo. Todo parece sencillo. Pero detrás existe una maquinaria escénica de enorme complejidad.
Una adaptación que parece haber nacido en español
A esa mirada escénica se suma un trabajo silencioso, aunque decisivo: la adaptación realizada por Marcelo Kotliar. Traducir un musical nunca consiste simplemente en reemplazar palabras de un idioma por otro. Implica respetar el ritmo de cada escena, la musicalidad de cada frase, el humor, los dobles sentidos y la respiración de una partitura donde texto y música forman un organismo inseparable. Kotliar demuestra un profundo conocimiento del género. Su versión conserva intacto el espíritu del libreto original de Mark O’Donnell y Thomas Meehan, al tiempo que respeta la identidad de las letras de Marc Shaiman y Scott Wittman sin perder naturalidad para el público argentino. No hay frases forzadas. No hay traducciones literales. Todo fluye con absoluta organicidad. Y justamente allí reside el mayor elogio que puede recibir una adaptación: volverse invisible.
El engranaje técnico
Las coreografías de Vanesa García Millán son uno de los grandes motores del espectáculo. Cada número parece crecer sobre el anterior hasta convertir al escenario en una verdadera explosión de movimiento. La energía nunca decae. El ritmo jamás se pierde. Todo respira juventud. Todo transmite felicidad.
La dirección vocal de Eugenia Gil Rodríguez consigue un admirable equilibrio coral, mientras que el vestuario diseñado por Gustavo Alderete (La Polilla) constituye uno de los mayores aciertos visuales de la producción. Colorido, exuberante y perfectamente integrado a la estética sesentista, acompaña con inteligencia la evolución dramática del espectáculo.
La escenografía de Gonzalo Córdova Estévez se inscribe dentro de la tradición visual de Hairspray, recurriendo a las figuras geométricas, los planos móviles y una paleta de colores vibrante que remite inmediatamente al espíritu pop de los años sesenta. El resultado funciona con eficacia y acompaña el dinamismo constante de la acción. Sin embargo, ante una boca escénica de las dimensiones que ofrece el Teatro Coliseo y considerando la magnitud de esta producción, surge inevitablemente la pregunta de si esa propuesta no podría haber aspirado a una mayor ambición visual. La resolución basada principalmente en practicables y embocaduras resulta efectiva, aunque deja la sensación de que el espacio permitía un desarrollo escenográfico más imponente. Quien sí logra potenciar notablemente cada cuadro es David Sellés, cuya iluminación aporta profundidad, volumen y atmósferas, convirtiéndose en un aliado fundamental para enriquecer una propuesta visual que, por momentos, parece quedarse a mitad de camino.
Una protagonista destinada a crecer
Belén Bilbao encuentra en Tracy Turnblad el papel que puede marcar definitivamente su carrera. Posee frescura. Tiene carisma. Canta con notable solvencia. Baila con absoluta naturalidad. Y, sobre todo, construye una Tracy profundamente humana. Nunca cae en la caricatura. Nunca fuerza la emoción. Simplemente hace que el público quiera acompañarla durante toda la función.

Betular y Bosio: el corazón emocional
Había expectativa alrededor de Damián Betular. Y la sorpresa termina siendo una de las grandes alegrías del espectáculo. Su Edna Turnblad evita la simple imitación de versiones anteriores y encuentra un camino propio, sostenido en un enorme carisma escénico y un extraordinario sentido del humor. A su lado aparece uno de los trabajos más cálidos de la producción. Leo Bosio, como Wilbur Turnblad, construye un personaje lleno de humanidad, ternura y una comicidad elegante que jamás necesita exageraciones. Es un padre amoroso. Un esposo incondicional. Y un intérprete que vuelve a demostrar una ductilidad admirable para combinar actuación, canto y baile con absoluta naturalidad. La química entre ambos resulta sencillamente deliciosa. Su historia termina convirtiéndose en uno de los pilares emocionales de toda la función.

Alejandra Radano vuelve a demostrar por qué integra la élite del género. Su Velma Von Tussle posee una autoridad escénica arrolladora. Elegante, sofisticada, mordaz y deliciosamente despiadada, construye una antagonista que nunca cae en la caricatura fácil, aun cuando el propio texto la empuje hacia una dimensión deliberadamente exagerada. Radano domina el escenario con una presencia magnética; administra el humor con precisión quirúrgica y convierte cada una de sus intervenciones en un pequeño acontecimiento teatral. Su impecable manejo del tempo cómico, una dicción ejemplar, una expresividad gestual de enorme riqueza y un absoluto dominio escénico hacen de Velma un personaje tan odioso como fascinante. Es una de esas artistas que elevan la calidad de una producción simplemente con aparecer en escena.

Un elenco de enorme jerarquía
El resto del elenco confirma el extraordinario presente que atraviesa el teatro musical argentino. Paula Chouhy encuentra una Penny entrañable, divertida y vocalmente impecable. Andrea Lovera vuelve a demostrar por qué es una de las grandes maestras del musical argentino, desplegando una ductilidad extraordinaria en cada uno de sus personajes. Sonia Savinell, como Garganta Feroz, regala uno de los momentos más conmovedores de la noche con una poderosa interpretación de «Se de donde vengo», donde el espectáculo detiene por unos minutos su celebración para recordar que la igualdad continúa siendo una conquista en permanente construcción. Ian Ferreira confirma ser una de las grandes revelaciones de la producción. Pero también merecen destacarse Sofi Morandi, cuya frescura escénica y notable instinto para la comedia enriquecen cada una de sus apariciones, encontrando siempre el tono justo sin caer nunca en la exageración. A su lado, Santiago Toledo y Joaco Scotta demuestran una gran solidez interpretativa, resolviendo con absoluta solvencia las exigencias actorales, vocales y coreográficas que propone el espectáculo, mientras que Ceci Cáceres completa un elenco principal de enorme jerarquía con una presencia escénica de gran personalidad. Lo admirable es que ninguno intenta sobresalir por encima del resto. Cada uno encuentra su momento. Cada uno aporta su identidad. Y todos trabajan al servicio de una idea colectiva.
El verdadero protagonista: el conjunto
Quizás allí resida el mayor triunfo de esta producción. No existe una estrella absoluta. Existe una compañía. Desde los más jóvenes hasta los artistas de mayor trayectoria. Desde las revelaciones hasta las figuras consagradas. Todos hablan el mismo idioma escénico. No hay fisuras. No existen eslabones débiles. Cada integrante comprende que el verdadero protagonista siempre es el espectáculo. Eso es Hairspray. Ritmo. Color. Precisión. Talento. Emoción. Pero, sobre todo, jerarquía escénica.

El único punto de quiebre
Existe, sin embargo, un aspecto que termina impidiendo que esta magnífica producción alcance la perfección absoluta. Y no tiene que ver con el elenco. Ni con la dirección. Ni con la puesta. Tiene que ver con uno de los pilares fundacionales del gran musical americano. La orquesta en vivo, se habla de un foso donde una orquesta respira junto con los actores. Ese diálogo modifica el tempo. La emoción. La energía. Hace que cada función sea irrepetible. En esta producción, el programa de mano acredita la excelente dirección musical de Damián Mahler y menciona a los músicos participantes, pero nunca aclara expresamente si esa música es interpretada en vivo durante cada función.
Y esa ausencia —o, al menos, esa falta de claridad— termina convirtiéndose en el único punto de reflexión que deja el espectáculo. Porque si existe una orquesta en vivo, ese mérito merece ser comunicado con orgullo. Y si no la hay, inevitablemente desaparece uno de los grandes símbolos del musical tradicional. No porque el resultado musical sea deficiente. Todo lo contrario. La dirección musical posee un nivel sobresaliente. Una producción con una dirección brillante, un elenco excepcional, un ensamble extraordinario, una adaptación inteligente, coreografías vibrantes y una impecable conducción musical estaba apenas a un paso de convertirse en una experiencia perfecta. Ese último paso sigue siendo, para quien escribe, el latido irreemplazable de una gran orquesta dialogando en vivo con el escenario.
Una celebración del teatro musical
Más allá de esa observación, Hairspray confirma el extraordinario momento que vive el teatro musical argentino. Fernando Dente firma una producción que respeta la tradición de Broadway sin perder identidad propia. Una producción vibrante, luminosa y de admirable jerarquía escénica que recupera la esencia del gran musical americano. Un elenco brillante, una dirección inspirada y una celebración del teatro musical que solo encuentra su único límite en la ausencia del latido irrepetible que aporta una gran orquesta en vivo.
