La reposición online del monumental Follies de Stephen Sondheim confirma por qué esta producción del National Theatre de Londres permanece como una de las realizaciones escénicas más brillantes de las últimas décadas. Bajo la dirección de Dominic Cooke, el musical se transforma en una reflexión sobre la memoria, el paso del tiempo y las ilusiones que nunca terminan de morir.
El punto de partida —un viejo teatro a punto de ser demolido donde antiguas estrellas de las “Weismann Follies” se reúnen para una última celebración— funciona como una poderosa metáfora. El escenario diseñado por Vicki Mortimer muestra un edificio en ruinas, con balcones quebrados y terciopelos gastados que evocan la gloria pasada del espectáculo. Allí, entre polvo y recuerdos, los personajes se enfrentan a las decisiones que marcaron sus vidas.
Dame Imelda Staunton: una Sally devastadora
En el centro emocional de la producción brilla Imelda Staunton, cuya Sally es una criatura frágil, obsesiva y profundamente humana.
Staunton construye el personaje con una progresión dramática admirable: lo que comienza como una mujer nerviosa y casi ingenua termina revelándose como una figura trágica, atrapada durante décadas en un amor idealizado. Su interpretación de “Losing My Mind” es uno de los momentos más intensos del espectáculo: una escena donde la música parece surgir directamente de una mente al borde del colapso.
Un elenco de primer nivel
La producción reúne un conjunto de intérpretes de enorme peso escénico. Junto a Staunton, Janie Dee compone una Phyllis sofisticada y emocionalmente compleja, especialmente brillante en el número “Could I Leave You?”, donde despliega ironía y elegancia vocal.
Como Ben Stone, Philip Quast aporta autoridad y profundidad dramática, ofreciendo un retrato matizado del hombre que vive atrapado entre el éxito social y el vacío personal.
El matrimonio aparentemente estable de Buddy y Sally encuentra su contrapunto en Peter Forbes, cuya interpretación de Buddy revela progresivamente una vulnerabilidad conmovedora, particularmente en el número “The Right Girl”.
Entre las antiguas estrellas del espectáculo destacan también Tracie Bennett, explosiva en el virtuosístico “I’m Still Here”, y Di Botcher, que aporta humor y carácter en sus intervenciones.
Dame Josephine Barstow: la nobleza de la voz lírica
Uno de los momentos más delicados del espectáculo llega con la aparición de la legendaria soprano Josephine Barstow, quien interpreta a Heidi Schiller.
Su participación en “One More Kiss” constituye un instante de pura elegancia musical. La voz de Barstow —formada en los grandes teatros líricos europeos— aporta una dimensión casi operística al musical, recordando que el pasado del espectáculo incluía un refinamiento vocal hoy casi desaparecido.
La escena adquiere así un tono profundamente nostálgico: dos generaciones de artistas despidiéndose de un mundo que ya no existe.
La genialidad escénica de Dominic Cooke
La gran idea escénica de Cooke consiste en hacer convivir a los personajes con sus dobles jóvenes. Estas figuras —bailarines que representan las versiones pasadas de los protagonistas— funcionan como fantasmas de la memoria, recordándoles constantemente quiénes fueron y qué sueños abandonaron.
El célebre número “Who’s That Woman?” resume este concepto: bailarinas maduras enfrentadas a sus reflejos juveniles en una coreografía que mezcla glamour y melancolía.
Musicalmente, la partitura de Sondheim —con las ricas orquestaciones de Jonathan Tunick— despliega su extraordinaria inteligencia estilística, rindiendo homenaje al Broadway clásico de compositores como Irving Berlin o George Gershwin, pero siempre filtrado por una mirada crítica y profundamente moderna.
Una obra maestra sobre la nostalgia
Follies no es simplemente un musical sobre el mundo del espectáculo. Es una obra sobre el tiempo, sobre los caminos no tomados y sobre la peligrosa seducción de la nostalgia.
En esta magnífica producción del National Theatre, la fiesta final de las viejas estrellas se convierte en algo mucho más inquietante: una reunión con los propios fantasmas.
Cuando el telón cae —o en este caso la transmisión termina— queda una sensación tan amarga como verdadera: los recuerdos pueden brillar, pero el pasado jamás vuelve.
