En el ejercicio del periodismo cultural, el lugar del crítico ha sido, históricamente, tan necesario como incómodo. Su tarea no es aplaudir por sistema ni destruir por capricho: consiste, simplemente, en decir con respeto y coherencia aquello que ha visto y oído, sosteniendo la credibilidad que le otorga su palabra escrita. Después de todo, el juicio final siempre pertenece al público.
Sin embargo, cada cierto tiempo reaparece la misma tensión: ¿hasta dónde debe moderar su pluma un crítico cuando lo que presencia sobre el escenario resulta francamente malo?
La tradición crítica —la verdadera— ha buscado siempre un delicado equilibrio entre la honestidad intelectual y la elegancia del lenguaje. No se trata de humillar al artista ni de complacerse en la demolición fácil, sino de ejercer una mirada informada, fundada y, sobre todo, independiente.
Durante décadas se ha discutido si la opinión del periodista se condiciona cuando escribe bajo la dirección de un medio. Pero cuando se trata de un crítico cuya voz se sostiene en la independencia de su criterio, el interrogante es otro: ¿por qué cuesta tanto aceptar que una crítica no es más que una opinión fundada?
Lo curioso es que, cuando la crítica resulta desfavorable, suelen aparecer cartas públicas, manifiestos o declaraciones que buscan relativizar lo evidente. De pronto, el debate crítico es presentado como una agresión personal, como si la crítica fuese un ataque y no una parte natural del diálogo cultural.
Conviene recordarlo:
́ .
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Una mirada que puede discutirse —y debe discutirse—, pero que no debería temerse. Porque cuando el arte pierde la posibilidad de ser observado críticamente, deja de dialogar con su tiempo y corre el riesgo de convertirse en un ejercicio de autocomplacencia.
En ese punto, inevitablemente, aparece la voz menos diplomática de esta historia: el Dr. Merengue, que suele decir aquello que el crítico educado apenas insinúa.
“Es curioso —dice—: cuando el aplauso es estruendoso, nadie discute al público. Pero cuando ́ , entonces aparecen manifiestos, explicaciones y defensas públicas.
Tal vez porque aceptar una crítica exige algo más difícil que escribir una carta: .
Porque, al final del día, el crítico solo escribe…
pero .”

Un crítico debe expresarse con sinceridad. La educación se da por sobreentendida. Otra cosa es el «broncas» que lo encuentra (casi) todo mal. En Valencia sufrimos a un crítico así, y no vale la pena leerlo , lo intuímos antes.
A veces uno como crítico deja pasar alguna opinión personal, pero lo que marca la diferencia es la coherencia y la credibilidad construida con los años. Que un cantante cuestione una crítica está bien, es legítimo. Lo que no está bien es pretender que un crítico con trayectoria y opinión calificada deba someterse a presiones o censuras encubiertas. Por eso uno elige ser independiente: lleva décadas en el oficio, recorriendo el mundo con honestidad.»
Cuando la crítica es constructiva, me parece positiva, uno tiene posibilidad de modificar lo que no es correcto. Yo creo que ud. es muy coherente en sus comentarios.
Muchas gracias