Cuando el cine deja de ser arte para convertirse en acusación
Hay semanas en las que uno quisiera escribir sobre estética.
Sobre encuadres, actuaciones, decisiones narrativas.
Sobre esa vieja y noble tarea de analizar una obra como quien examina una partitura.
Esta no es una de esas semanas.
No hay aquí grandes disquisiciones estéticas, ni planos memorables para analizar con lupa universitaria.
Hay, en cambio, algo mucho más inoportuno: una voz infantil que pide ayuda mientras se apaga.
La voz de Hind Rajab ( niña palestina de 5 años y de religión musulmana) no declama, no interpreta, no construye personaje. Suplica.
Y suplica mal, sin técnica, sin impostación, con ese temblor que ningún conservatorio enseña porque pertenece al único género que el ser humano debería haber abolido hace siglos: .
Y esa voz —convertida ahora en relato cinematográfico— llega al mundo bajo un título imposible de suavizar: .
El film ha sido presentado oficialmente por Túnez / Francia y está nominado al Oscar como Mejor Película Internacional.
Es decir: la tragedia entra por la alfombra roja y se sienta en la mesa donde solemos celebrar nuestra sensibilidad cultural.
EL PROGRESO, ESA PALABRA TAN OPTIMISTA
Nos gusta pensar —sobre todo en Occidente, donde somos expertos en conmemorar— que la historia avanza, que aprende, que corrige.
Nos encanta decir “Nunca más”.
Nos cuesta muchísimo cumplirlo.
Ochenta años atrás otra niña escribía en un diario mientras los adultos organizaban la muerte con admirable eficacia administrativa.
Se llamaba Ana Frank,(niña neerlandesa de 15 años y de religión judía).
Hoy no hay diario.
Hay un teléfono.
Y la pregunta es la misma:
¿Hay alguien ahí?
El progreso, evidentemente, consistió en cambiar el papel por la señal satelital.
La angustia, en cambio, sigue siendo idéntica.
CUANDO LA REALIDAD IRRUMPE EN LA GALA
Imaginemos ahora la escena que el mundo cultural considera natural.
Luces. Vestidos. Discursos perfectamente escritos para parecer espontáneos.
Una industria experta en emocionarse… sin incomodarse demasiado.
Y, en medio de ese mecanismo diseñado para el aplauso, aparece una obra que no entretiene, no embellece, no permite distancia moral.
Una obra donde una niña espera ayuda.
Y la ayuda no llega.
Eso no es argumento.
Eso es una acusación.
LA HUMANIDAD Y SU EXTRAÑA CAPACIDAD DE REPETIRSE
Nos gusta decir que el mundo aprendió.
Que existen organismos internacionales, declaraciones solemnes, cumbres por la paz.
Pero entre y , entre aquella adolescente escondida en 1944 y esta niña atrapada en una guerra contemporánea 2024 (Gaza), el progreso parece haber sido sobre todo técnico.
Antes el horror se escribía en tinta.
Ahora se graba en alta definición.
Hemos perfeccionado la transmisión del espanto.
No su desaparición.
¿Y SI GANA?
Aquí la pregunta deja de ser cinematográfica para volverse moral.
Si obtiene el Oscar,
si la Academia la consagra ante millones de espectadores,
¿Qué exactamente estaremos premiando?
¿El lenguaje audiovisual?
¿La valentía narrativa?
¿O nuestra extraordinaria capacidad para mirar el dolor… y después aplaudirlo?
¿Cómo se agradece un premio así?
¿Se dice “gracias”?
¿Se sonríe?
¿Se levanta la estatuilla mientras el mundo sigue igual?
Porque tal vez no estaríamos celebrando cine.
Estaríamos certificando un fracaso.
PREGUNTA FINAL A NOSOTROS, LOS ARGENTUM
Nos indignamos.
Comentamos.
Debatimos.
Publicamos frases sentenciosas.
Y luego seguimos.
Tal vez esa sea la verdadera tragedia:
la normalidad que vuelve después del horror.
Por eso, queridos lectores:
Si esa película gana,
si escuchamos los aplausos,
si vemos la estatuilla levantarse en nombre de esa niña,
¿ustedes cómo agradecerían ese premio?
¿Con orgullo cultural?
¿Con incomodidad?
¿O con ese silencio que aparece cuando uno comprende que la película terminó…
pero la historia no?
Dr. Merengue
(Más que indignado: cansado de que la humanidad necesite que los niños le expliquen lo obvio.)
