Buenos Aires, 2/III/2026, Teatro Colón. Sinfonía n.º 7 en do mayor, op. 60, “Leningrado” de Dmitri Shostakóvich. Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Dirección musical: James Conlon. Función: Domingo 1 de marzo, 17 h. Sala principal del Teatro Colón. Nuestra calificación: excelente.
Hay aniversarios que se resuelven en la nostalgia; otros, en la afirmación de identidad. La Filarmónica de Buenos Aires, al celebrar sus 80 años desde aquella fundación de 1946 que la consolidó como uno de los pilares culturales del país, eligió una obra que no admite superficialidades: la Séptima de Shostakóvich. No es repertorio complaciente ni pieza de lucimiento inmediato; es una partitura que desnuda a la orquesta y al director. Y en esa exposición radicó el valor simbólico de la velada inaugural de 2026.
La llamada “Leningrado” permanece como una de las sinfonías más vastas y problemáticas del siglo XX. Compuesta durante el asedio nazi a la ciudad en 1941, fue convertida en estandarte de resistencia soviética. Pero Shostakóvich, artista siempre vigilado y siempre ambiguo, dejó en sus páginas una doble lectura: la invasión no es solo militar, es moral; no pertenece únicamente al nazismo, sino a cualquier forma de opresión. Esa ambivalencia es el punto neurálgico que muchos directores diluyen en grandilocuencia. Conlon, en cambio, la sostuvo con rigor conceptual.
Primer movimiento (Allegretto)
El célebre “tema de la invasión” fue construido con una lógica implacable. Conlon evitó el efectismo: la célula rítmica comenzó casi imperceptible, como un rumor lejano, y fue creciendo con una acumulación metódica que recordó más a un proceso orgánico que a un gesto teatral. Cada repetición añadió densidad tímbrica y tensión armónica. La Filarmónica respondió con admirable cohesión: las cuerdas mantuvieron una pulsación firme, los metales —siempre tentados al exceso en esta obra— conservaron nobleza de sonido, y la percusión actuó como engranaje estructural, nunca como estrépito.
El gran clímax no fue explosión sino colapso. Se sintió como una maquinaria que, tras girar obsesivamente, termina devorándose a sí misma. Allí Conlon reveló la dimensión trágica de la partitura: la música no describe tanques; describe la deshumanización.

Segundo movimiento (Moderato poco allegretto)
El scherzo, con su carácter ambiguo entre danza grotesca y recuerdo melancólico, encontró una lectura de refinada ironía. Conlon delineó las líneas con claridad camerística. Los solos de oboe y clarinete emergieron con un lirismo contenido, casi espectral, como si evocaran una ciudad suspendida en el tiempo. Hubo un sentido de nostalgia sin sentimentalismo, una evocación que jamás cayó en el pathos fácil.
Resultó particularmente notable el equilibrio dinámico: cada plano orquestal fue audible, cada contrapunto respiró. Se escuchó arquitectura, no solo superficie sonora.
Tercer movimiento (Adagio)
El Adagio constituyó el centro espiritual de la noche. El coral de cuerdas, amplio y sostenido, tuvo una densidad sonora de gran belleza, pero sin voluptuosidad excesiva. Conlon eligió la contención: el dolor no se declama, se interioriza. Esa decisión otorgó al movimiento una cualidad casi sacra.
Cuando los metales irrumpieron en el clímax, el contraste fue devastador. No hubo estridencia, sino gravedad. El silencio posterior —ese silencio que el público del Colón sostuvo con admirable concentración— tuvo un peso casi físico. En ese instante se comprendió que la Séptima es también un réquiem por los anónimos, por las víctimas invisibles de toda maquinaria totalitaria.
Cuarto movimiento (Allegro non troppo)
El final, a menudo interpretado como triunfo inequívoco, fue presentado con prudente ambigüedad. Conlon mantuvo el pulso firme, evitando acelerar hacia una apoteosis simplificadora. El retorno transformado del motivo de la invasión sonó como advertencia: la amenaza puede cambiar de rostro, pero persiste.
El acorde conclusivo en Do mayor no irradiò luz triunfal; fue un cierre áspero, casi interrogativo. La victoria, si existe, es moral y frágil. Esa lectura, profundamente coherente, respetó la ironía amarga que muchos estudiosos reconocen en Shostakóvich.
La orquesta a los 80
Celebrar ocho décadas no es solo contabilizar años, sino medir evolución. La Filarmónica exhibe hoy una madurez sonora evidente: cuerda compacta y dúctil, maderas de color bien definido, metales seguros y disciplinados. Se percibe una conciencia colectiva del estilo y un compromiso técnico que permite abordar repertorios de enorme exigencia sin fisuras estructurales.

El vínculo con Conlon —director de vasta trayectoria internacional— pareció natural. Su enfoque analítico y su rechazo del espectáculo vacío encontraron en la orquesta un instrumento receptivo y concentrado.
Conclusión
Esta “Leningrado” no fue una postal histórica ni una banda sonora heroica. Fue una meditación sobre la resistencia humana, sobre la fragilidad de la civilización y sobre la responsabilidad del arte frente al poder. Que esa reflexión haya servido para inaugurar una temporada aniversario en el Teatro Colón añade una dimensión simbólica elocuente.
Ochenta años después de su fundación, la Filarmónica de Buenos Aires no mira su pasado con complacencia: lo honra asumiendo desafíos. Y en esa decisión —valiente, exigente, intelectualmente honesta— reside la verdadera celebración.
