sábado, 11 de abril de 2026
16.6 C
Buenos Aires

Editorial: Egos de cristal en tiempos del aplauso obligatorio

LECTURA RECOMENDADA

De Hollywood a la Ópera: el arte que ama la libertad… Siempre que nadie critique

Mis queridos peripatéticos, seguidores espirituales de Aristotle, que en el histórico Lyceum caminaban mientras pensaban —costumbre admirable que hoy ha sido reemplazada por caminar mientras se revisa el teléfono—, detengámonos un momento ante el fenómeno cultural más fascinante de la temporada: la extraordinaria fragilidad del ego artístico contemporáneo.

La semana comenzó con una revelación que hizo temblar los cimientos del Partenón lírico. El joven astro Timothée Chalamet, candidato al Olimpo de los Academy Awards, tuvo la osadía de insinuar que la ópera y el ballet no le quitan el sueño.

¡Sacrilegio!

Durante cuarenta y ocho horas el planeta cultural se comportó como si alguien hubiera sugerido quemar los manuscritos de compositores en la plaza pública. Nada particularmente dramático. Pero en 2026 cualquier opinión cultural se analiza como si fuera un tratado filosófico.

En cuestión de horas aparecieron indignaciones , paneles televisivos y guardianes del templo lírico recordándole al planeta que el ballet y la ópera siguen vivos y cantandose a pleno pulmón.

Hasta aquí todo es fascinante. Pero cambiemos de escenario.

Un crítico —esa especie casi paleontológica que todavía firma lo que escribe— publica una reseña sobre Carmen en el Auditorio Nacional del Sodre. Analiza voces, dirección, concepto escénico. Señala lo logrado… y lo que claramente no lo fue.

Y entonces ocurre el verdadero milagro cultural del S. XXI. Aparecen «cartas abiertas heroicas», solemnes y artistas que descubren súbitamente la importancia del respeto… exactamente en el momento en que alguien opina sobre su trabajo.

El mecanismo cultural es exquisito:

El mecanismo es de una elegancia casi barroca: si Timothée Chalamet opina sobre la ópera, es debate cultural. Si el crítico opina sobre la ópera, es persecución.

Entre tanto, el circuito internacional de premios sigue premiando películas más por su pasaporte geopolítico que por su cine, mientras algunos intérpretes en franca declinación vocal descubren súbitamente que la libertad de expresión… tiene límites muy claros.

El límite suele aparecer exactamente donde empieza la crítica.

El Dr. Merengue —que observa este pequeño teatro de vanidades con café en mano— ha llegado a una conclusión bastante científica:

El arte contemporáneo puede sobrevivir a una mala puesta,
a una película premiada por razones diplomáticas
y hasta a un actor de Hollywood filosofando sobre la ópera.

Lo que parece verdaderamente insoportable, lo que provoca urticaria inmediata en ciertos egos delicadísimos, es algo muchísimo más peligroso:

que alguien lo escriba…
y encima lo firme.

Mas articulos

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ULTIMAS NOVEDADES