miércoles, 15 de abril de 2026
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Doradas: cuando Muscari convierte al Cervantes en un homenaje en vida

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Dirección: Jose Maria Muscari. Elenco: Cristina Alberó, Marta Albertini, Judith Gabbani, Carolina Papaleo y Ginette Reynal. Colaboración artística: Cristian Morales. Diseño de iluminación: Eli Sirlin. Diseño de vestuario: Verónica de la Canal. Diseño de escenografía: Martín Roig. Producción TNC: Francisco Patelli. Asistencia de dirección TNC: Vanesa Campanini. Sala: Luisa Vehis Teatro Nacional Cervantes, Libertad 815). Horarios: jueves a domingo 18 Hs. Nuestra calificación: regular

La obra es, en esencia, un homenaje en vida a cinco actrices que ya no encajan en el nuevo paradigma cultural argentino: el que pasa de la Biblia al calefón sin escalas, como diría Discépolo si levantara la cabeza y viera este Cambalache escénico. Muscari vuelve a su viejo vicio de Escoria, Póstumos y Extinguidas: exhumar famosas del siglo pasado, ponerlas bajo un foco y decir “miren qué lindas eran antes, qué tristes son ahora”. Solo que esta vez le agregó el twist moderno: una IA que escribe los movimientos escénicos y las reflexiones.

Es decir, la inteligencia artificial hizo el trabajo pesado de pensar, y las actrices… bueno, las actrices acompañan. Como azafatas de Aerolíneas Argentinas en un vuelo a ninguna parte.

El dispositivo es tan original como un cover de “La Mona” en un cumpleaños de 80: cinco mujeres (Papaleo, Albertini, Reynal, Gabbani y Alberó) paradas quasi muñecas, recitando fragmentos generados por máquina, mostrando tapas de revistas viejas y rompiendo la cuarta pared con la sutileza de un comercial de colchones. Actúan con sus nombres reales, porque claro, ya no alcanza con interpretar personajes: hay que ser “auténticas”. 

Lo más triste no es que sean mujeres maduras (eso sería mezquino). Lo triste es que la propuesta las reduce a reliquias parlantes. “Miren, todavía respiran”. “Miren, todavía recuerdan Radiolandia 2000”. El público de 70 y la muerte sonríe con ternura, asiente con la cabeza y se emociona cuando una de ellas muestra una foto en la que todavía tenía cintura o hablan del «naranjin». El joven de 20, mientras tanto, necesitaría primero un curso intensivo de Wikipedia para entender quiénes son estas cinco unidades humanas.

Porque eso son: “cinco unidades humanas en posición inicial”. La IA las trata como prompts y Muscari las trata como trofeos. El resultado es un espectáculo extrañamente aséptico, mecánico, casi antiteatral. En el fondo, Doradas es un manifiesto involuntario: el teatro argentino está dejando de ser concebido por personas para ser concebido por algoritmos + nostalgia + carisma residual. Y la máquina, hay que decirlo, es más honesta y menos sensiblera que el concepto entero.

Muscari sigue creyendo que poner a una actriz popular a caminar entre la platea diciendo “¿ves? ésta soy yo en el siglo pasado” es romper la cuarta pared. En realidad solo rompe el ritmo y la ilusión. Ya nadie se sorprende. Ya nadie se emociona de verdad. Es café concert de barrio elevado a la categoría de “evento” porque sucede en el Cervantes. Pero sigue siendo café concert. Y, por supuesto, la inevitable concepción kitsch de Martín Roig, con su paleta almodovariana de bazar chino pero aspirando a la estetica conceptual, junto al vestuario de Vero de la Canal, se encargan de proporcionar el oropel necesario: ese falso dorado de utilería que necesitan estas figuras contradictorias de nuestra historia popular para seguir fingiendo que tienen espesor.

Al final uno sale del teatro con una sensación rara: pena mezclada con fastidio. Pena por las actrices, que merecen algo más digno que ser exhibidas como piezas de museo parlantes bajo órdenes de ChatGPT. Fastidio porque el Cervantes, ese templo, se prestó una vez más a esta liturgia de la decadencia autocomplaciente.

Doradas no es mala por cruel. Es mala porque es innecesaria. Porque ya la vimos. Porque ya la vivimos. Porque el teatro, cuando se vuelve puro recuerdo de glorias pasadas procesado por inteligencia artificial, deja de ser arte y pasa a ser terapia grupal con entrada.

Y la terapia, señores, se hace en privado. No en la Sala Luisa Vehil del Teatro Nacional Cervantes…

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