Colonia del Sacramento, 6/III/2026 , Plaza de Toros. Director Musical: Mtro. Eugene Kohn. Solistas: Maria José Siri (soprano), Placido Domingo y Plácido Domingo Jr. Invitada: Nancy Fabiola Herrera (mezzo). Coro Municipal de Colonia, bajo la dirección del Mtro. Fernando Maddalena. Plaza de Toros del Real de San Carlos. Nuestra calificación: bueno
La restaurada Plaza de Toros de Colonia del Sacramento se vistió de gala para recibir a una leyenda viviente: Plácido Domingo. Decir que este tenor —o barítono reconvertido, según lo aconsejen los calendarios biológicos— siga pisando escenarios a los 84 años es reconocer un caso casi irrepetible: una suerte de fósil lírico que, para fortuna del público, se resiste a ser exhibido únicamente en vitrinas museísticas.
Más de medio siglo de carrera lo respalda, un derrotero de roles que recuerda, por su ambición y amplitud, al mismísimo Francesco Tamagno. Su longevidad artística, que lo ha llevado a regresar —con prudencia estratégica— a sus raíces baritonales, no hace sino subrayar una verdad bastante simple: el público no acude por la leyenda fabricada, sino por la voz.
Y es que, aun con el desgaste natural que el tiempo imprime a todo instrumento humano, la de Domingo conserva algo que muchos cantantes más jóvenes jamás alcanzan: autoridad, inteligencia musical y ese carisma escénico que no se aprende en conservatorios ni se compra con marketing. En otras palabras, mientras algunos venden narrativas, Domingo todavía vende teatro. 🎭

El escenario, en un ámbito atípico para la lírica (Plaza de Toros), acogió a la Sinfónica del Uruguay bajo la batuta del maestro Eugene Kohn, quien, con habilidad quirúrgica, logró que el sonido amplificado del lugar no se convirtiera en un caos reverberante. La acústica de la plaza, más pensada para rugidos taurinos que para arpegios, fue domada con precisión, y la orquesta sonó tan correcta como cabía esperar. El fulgor de la velada vino de la mano de la soprano uruguaya María José Siri, una voz dramática que destiló técnica, extensión y una fraseo de belleza casi insultante. Su «Vilja, o Vilja» de La viuda alegre de Lehár fue una lección de opereta: pianos exquisitos, líneas que flotaban como si el aire mismo las sostuviera, y un público que, rendido, dejó caer sus «bravos» con merecida devoción. En el dúo de Il Trovatore junto a Domingo, Siri desató su cabaletta «M’avrai ma fredda esanime spoglia» con una fuerza que arrancó aplausos como si el Verdi más puro hubiera resucitado esa noche.

Y luego está Plácido, el titán eterno. Su presencia escénica sigue siendo un imán, un recordatorio de que la lírica no solo se canta, sino que se vive. Claro, su paso por el mundo no ha estado exento de sombras —las acusaciones de acoso a mujeres son un aditamento que no se puede ignorar—, pero en el escenario, eso queda atrás. Lo que importa es esa voz que, aunque ya no tenga la explosividad de antaño, aún sabe cómo llenar un espacio y emocionar a una audiencia que lo idolatra.

Sin embargo, no todo fue oro en esta velada. La mezzo española Nancy Fabiola Herrera, conocida por su Carmen en el Teatro Colón de Buenos Aires(2024) trajo su «Habanera» con solvencia, un timbre cálido y una fraseo que cumplió sin deslumbrar sumada a la bella intervencion del Coro Municipal de Colonia bajo la dirección de Fernando Maddalena Balbi, es de destacarse el buen manejo vocal de las cuerdas del mencionado Coro y sobre todo su brillante intervención. Ahora bien, cuando se empezó a escuchar el «Tonight» de West Side Story , el arrebato interpretativo del Herrera, se estrelló contra una dicción confusa que dejó al público preguntándose qué había querido decir. Correcta, sí, pero lejos de la excelencia de Siri o del magnetismo de Domingo.

Y luego, ay, llegó el momento de Plácido Domingo Jr. Uno se pregunta qué hacía ahí, en un concierto de «titanes líricos», este cantante de crossover —o, seamos generosos, «popular»— que parece haber sido invitado solo por el apellido. No es que el género crossover sea menor, pero cuando tu padre es Plácido Domingo y tu partenaire es María José Siri, afinar debería ser lo mínimo exigible. Su «Chiquilín de Bachín» de Piazzolla fue un intento fallido de emocionar: desafinó en más de un momento y su interpretación careció de la garra que el tango exige. ¿Era necesario medirlo en este programa? Segundas partes nunca fueron buenas, y esta no fue la excepción. Su presencia fue un tropiezo en una noche que, de otro modo, rozó para el recuerdo.

En resumen, Plácido Domingo sigue siendo un coloso; María José Siri, una reina en pleno ascenso; y la orquesta, con Kohn y Herrera, un sostén digno de la velada. También merece destacarse el Coro Municipal de Colonia, bajo la dirección de Fernando Maddalena Balbi, sólido y bien preparado.
Lástima que el Jr. se encargara de recordarnos que no todo lo que lleva el apellido Domingo alcanza la estatura de la leyenda.
El público, sin embargo, salió emocionado —y con razón—: cuando el arte verdadero aparece, incluso algunas sombras en el reparto no logran opacar la memoria de la noche.
