(Sevilla, 28/VI/2026, Teatro de La Maestranza) Aida. . Música: Giuseppe Verdi. Libreto: Antonio Ghislanzoni, Camille du Locle. Elenco: Manuel Fuentes (El Rey), María Luján Mirabelli (Amneris), Chunxi Stella Hu (Aida), Joan Laínez (Radamès), Inho Jeong (Ramfis), Fabián Veloz (Amonasro), Néstor Galván (Un mensajero), Patricia Calvache (Gran sacerdotisa). Coro Teatro de la Maestranza (director del coro: Íñigo Sampil). Real Orquesta Sinfónica de Sevilla. Director musical: Dominic Limburg. Director escénica, escenografía e iluminación: Paco Azorín. Coproducción del Teatro de la Maestranza en coproducción con ABAO Bilbao Ópera, Auditorio de Tenerife, Teatro Municipal de Santiago de Chile y Teatro Nacional de São Carlos de Lisboa. Nuestra calificación: muy buena
Hay funciones que se instalan en la memoria por su perfección, y hay otras —quizás las más honestas— que la habitan por su vida interior, por esa tensión entre lo que prometen y lo que entregan. La Aida del Teatro de la Maestranza de este 28 de junio pertenece, con generosidad, a la segunda categoría. Una velada de grandes momentos, alguna promesa incumplida y una soprano que, sin aviso previo, se reveló como una de las voces verdianas más singulares que han pisado este escenario en los últimos años.
La propuesta escénica: Paco Azorín entre las estrellas y el intimismo
Llegaba esta nueva producción con el peso de una coproducción de envergadura considerable: cinco teatros —Sevilla, Bilbao, Tenerife, Lisboa y Santiago de Chile— más el Festival Perelada han puesto en común recursos y ambiciones para alumbrar una Aida firmada por Paco Azorín, uno de los directores de escena más inteligentes del panorama español. El director valenciano ha optado por no dinamitar el relato sino por envolverlo en un marco conceptual que resulta, a la vez, audaz en su planteamiento y deliberadamente accesible en su ejecución. La producción propone un viaje de miles de años desde un futuro desconocido en el que se habrían cumplido las profecías del Libro de los Muertos egipcio. Los referentes épicos e históricos permanecen —iconizados, sublimados, pero presentes— y el envoltorio es espacial. Una apuesta estratégicamente inteligente para una coproducción que ha de funcionar en cinco contextos culturales distintos.
El hilo conductor de este viaje temporal es Odiseo, encarnado por el acróbata circense David Marco como observador mudo de la tragedia. El testigo eterno, el cronista sin voz. Este es precisamente el peaje que la producción debe pagar por su apuesta de accesibilidad: las deslumbrantes posibilidades de desmelene escenográfico que el marco conceptual prometía quedan finalmente en un inesperado —y no del todo insatisfactorio— intimismo.
Donde Azorín aprieta con convicción las tuercas del mejor teatro contemporáneo es en la marcha triunfal del segundo acto, que se convierte en el momento más poderoso y perturbador de la noche. Mientras la orquesta entona el pasaje más archiconocido de la partitura, en escena se tortura a prisioneros enjaulados con espadas láser. El efecto contradictorio entre lo que se oye —la pompa triunfal, el esplendor imperial— y lo que se ve —la barbarie cotidiana del poder— es de una eficacia teatral demoledora, y resume mejor que cualquier programa de mano lo que esta producción tiene de verdaderamente contemporáneo: no la ruptura estética sino la mirada crítica sobre la épica.
Chunxi Hu: el descubrimiento de la noche
La soprano china Chunxi Hu llegó a la Maestranza con el perfil discreto de quien aún no ha conquistado los grandes teatros del circuito internacional, y se marchó habiendo cambiado esa ecuación de manera irreversible. Su Aida es un trabajo de orfebrería: cada frase está esculpida desde dentro, con una musicalidad de arco largo que recuerda a las grandes intérpretes del rol sin imitarlas. La cavatina del primer acto, «Ritorna vincitor», tuvo una progresión dramática de una madurez poco habitual: comenzó en la intimidad, casi hablada, y fue creciendo hasta un fortissimo final que no era grito sino convicción. Técnicamente impecable en los pianísimos —su «O patria mia» fue el momento de silencio más denso de la velada—, Hu tiene la rara cualidad de hacer sentir que canta para sí misma, no para el público. Y eso, paradójicamente, es lo que atrapa al público por completo.
Joan Laínez: Radamés con materia heroica
El tenor guatemalteco Joan Laínez posee un instrumento de timbre oscuro y cuerpo robusto que se amolda bien a las exigencias del rol. Su «Celeste Aida» fue valiente —atacó el si bemol final en piano, como prescribe la partitura, un gesto inusual y aplaudible— aunque la voz mostró cierta tensión en la zona aguda a lo largo de la función, especialmente en el segundo acto. Donde Laínez brilló sin reservas fue en el dúo del Nilo y, sobre todo, en la escena de la tumba: allí, liberado de la obligación de proyectar al anfiteatro, cantó con una intimidad conmovedora. Su entrega escénica es total; no hay un movimiento en falso.

María Luján Mirabelli: la Amneris que se adueña de la sala
Si Hu fue la revelación, la mezzosoprano argentina María Luján Mirabelli fue la columna sobre la que descansó el edificio dramático de la noche. Su Amneris es un volcán con modales de faraona: cada intervención tiene peso, consecuencias, historia. La escena del juicio en el cuarto acto fue sencillamente devastadora. Mirabelli posee un grave de verdad —no ese pseudograve hueco de muchas mezzosopranos de hoy— y una capacidad de legato que hace del fraseo verdiano algo que parece inevitable, como la respiración. Cuando clamó «Sacerdoti, compite un delitto», la sala entera contuvo el aliento. Ella sola justificaría la entrada.
Fabián Veloz: un Amonasro de ley
El barítono argentino Fabián Veloz entregó en esta producción uno de los Amonasros más completos que se han visto en la Maestranza en los últimos tiempos. Su voz —de un bronce cálido y una proyección natural que no necesita forzar para llenar la sala— se adecúa con una naturalidad casi injusta a la escritura verdiana. Veloz tiene la inteligencia de un cantante que ha pensado el personaje más allá de la partitura: su Rey etíope no es el villano de trazo grueso que tantas veces se ve en escena, sino un padre herido y un guerrero vencido que utiliza precisamente esa herida como arma. El dúo con Aida del tercer acto —«Rivedrai le foreste imbalsamate»— fue un duelo de voluntades tan bien modulado dramáticamente que la manipulación de Amonasro sobre su hija resultó casi dolorosa de presenciar. Veloz matizó desde el ruego tierno hasta la presión implacable sin que se notara el mecanismo, que es exactamente como debe funcionar. Su presencia elevó el nivel de cuantos compartieron escena con él, y eso se notó especialmente en la respuesta de Chunxi Hu, que en ese acto alcanzó su cima dramática de la noche.

Inho Jeong y el foso: grandeza y contención
Inho Jeong (Ramfis) exhibió una sonoridad profunda y una presencia escénica de gran autoridad, si bien su caracterización se resintió en cierta monotonía dinámica: todo sonó igualmente solemne, sin las sombras interiores que el personaje puede albergar cuando se le concede más variedad de color.
La dirección musical de Dominic Limburg al frente de la Orquesta del Teatro de la Maestranza fue quizás la mayor sorpresa conceptual de la velada. El director neerlandés optó por una lectura de cámara en los momentos de mayor intimidad y se permitió la épica solo cuando la partitura la exige sin margen de interpretación. El resultado es una Aida que respira de manera diferente a lo que estamos acostumbrados: menos grandilocuente en los ceremoniales —la marcha triunfal sonó brillante pero sin el exceso de voltaje que suele convertirla en un número de circo— y más honda en los dúos y tercetos. Quienes busquen el verismo más musculoso podrían echar de menos más adrenalina en la masa orquestal; a quien esto escribe, la propuesta le parece no solo legítima sino estimulante. El coro de la Maestranza respondió con solvencia, especialmente en los planos piano.
Conclusión: esta Aida no es perfecta —¿acaso existe la producción perfecta de Verdi?— pero es viva, comprometida y, en sus mejores momentos, emocionante de una manera difícil de fingir. Paco Azorín ha elegido la inteligencia sobre la provocación, y esa elección, que a algunos les parecerá excesivamente prudente, resulta en una producción que viajará bien por los cinco teatros que la han respaldado y que encontrará en cada uno de ellos su público. Chunxi Hu es un nombre que deberán anotar quienes sigan la evolución del canto verdiano internacional. Mirabelli confirma que es una Amneris de referencia en el circuito europeo. Veloz, un Amonasro que no se olvida fácilmente. Y el Teatro de la Maestranza demuestra, una vez más, que Sevilla no es solo el escenario donde transcurre la ópera de Bizet: es también uno de los lugares donde la ópera, la de verdad, se sigue haciendo con honestidad y ambición.
