Autor: Robert Thomas. Dirección: José María Muscari . Intérpretes: Linda Peretz, Maria Leal,Marita Ballesteros, Emilia Mazer, Cecilia Dopazo, Silvia Perez, Monica Villa, JUana Repetto . Vestuario: La Polilla. Iluminación: Matias Sendon. Escenografía: Lula Rojo. Música original: Sergio Vainikoff. Sala: Multiteatro (Av. Corrientes 1283, Buenos Aires). Funciones: miércoles a viernes, 20 hs ; sábado 19,30 y 21,30; domingo 20 hs.)
Nuestra opinión: buena.
Quince años después de su primer abordaje a 8 mujeres , José María Muscari regresa a la célebre obra del dramaturgo francés Robert Thomas con una propuesta que privilegia la caricatura, el histrionismo y el juego escénico por encima de los mecanismos tradicionales del policial. El resultado es una comedia de misterio cuyo principal atractivo reside en el encuentro de ocho actrices de reconocida trayectoria, dispuestas a explorar los límites de la exageración bajo la mirada de un director que ha convertido el disparate en una marca de identidad.
La premisa conserva los elementos esenciales del género: el dueño de casa aparece apuñalado en su habitación y las ocho mujeres de su entorno familiar y doméstico quedan aisladas, convertidas en sospechosas de un crimen que cada una podría tener motivos para haber cometido. Los secretos, las rivalidades y las apariencias alimentan un enigma que, en esta versión, queda deliberadamente subordinado a la comedia.
A diferencia de La ratonera, de Agatha Christie, donde la dosificación de la información resulta fundamental para sostener el suspenso, Muscari opta por desarticular los códigos del policial clásico y convertirlos en materia de juego. La intriga funciona como disparador de situaciones que encuentran su razón de ser en la extravagancia de los personajes, los enfrentamientos y, sobre todo, el despliegue histriónico de sus protagonistas.
Muscari: una marca registrada
La dirección de José María Muscari responde a una concepción teatral reconocible, en la que la estilización, la caricatura y la ruptura de los códigos convencionales constituyen herramientas fundamentales. Su regreso a 8 mujeres no busca reproducir la atmósfera de un policial ortodoxo, sino explotar las posibilidades cómicas de una estructura dramática poblada de secretos, sospechas y rivalidades.
El director conoce el terreno que pisa y sabe qué ofrecerle a su público. Su propuesta invita a las intérpretes a exagerar gestos, acentuar rasgos y explorar registros que, en una comedia de características más naturalistas, resultarían excesivos. Aquí, en cambio, el histrionismo forma parte de las reglas del juego.
Sin embargo, esa libertad interpretativa no siempre produce resultados homogéneos. La exageración necesita una medida precisa para que el humor conserve su eficacia; cuando el trazo se vuelve demasiado evidente, algunos momentos pierden espontaneidad y la parodia corre el riesgo de volverse previsible. Es una de las limitaciones de una puesta que privilegia el efecto cómico por encima de la construcción de una tensión dramática sostenida.

Ocho mujeres, ocho personalidades
El elenco constituye el principal atractivo de esta versión: María Leal, Mónica Villa, Emilia Mazer, Silvia Pérez, Cecilia Dopazo, Linda Peretz, Marita Ballesteros y Juana Repetto conforman un conjunto de personalidades escénicas diferentes, cuyo desafío consiste en encontrar un equilibrio entre la composición individual y el funcionamiento coral.
Uno de los mayores aciertos de esta reunión es el reencuentro de María Leal, Mónica Villa, Emilia Mazer, Silvia Pérez y Cecilia Dopazo con sus respectivos protagonismos. La experiencia acumulada y el conocimiento de sus propios recursos les permiten encontrar una ubicación precisa dentro de la dinámica escénica, aportando distintos registros a una comedia que exige soltura, timing y una permanente disposición al juego.
Mónica Villa y Emilia Mazer sobresalen por la contundencia de sus composiciones y por la amplitud de recursos que ponen al servicio de sus personajes. Ambas trabajan al ciento por ciento de sus posibilidades interpretativas, demostrando que el histrionismo no está reñido con la precisión ni con la construcción de matices.
Villa demuestra su capacidad para administrar los tiempos de la comedia y sostener una presencia escénica sólida. Su trabajo no depende exclusivamente de la exageración: encuentra variaciones dentro del registro propuesto y evita que el personaje quede reducido a un único efecto.
Mazer, por su parte, aporta frescura, espontaneidad y precisión cómica. Su composición de la muchacha nueva de la casa introduce una energía particular en el conjunto y se beneficia de una naturalidad que funciona como contrapunto frente a los momentos más deliberadamente caricaturescos de la puesta. La actriz comprende las reglas del juego sin quedar atrapada en ellas y convierte esa flexibilidad en uno de los puntos más altos de la representación.
Silvia Pérez, María Leal y Cecilia Dopazo completan este núcleo de intérpretes que regresan a un espacio protagónico y aportan su experiencia al entramado colectivo. Sus trabajos encuentran distintos niveles de intensidad, pero contribuyen a establecer una dinámica en la que las individualidades necesitan dialogar permanentemente para que el espectáculo conserve su unidad.

Linda Peretz, Marita Ballesteros y Juana Repetto: nuevas energías para el conjunto
La incorporación de Linda Peretz, Marita Ballesteros y Juana Repetto aporta otra dimensión a esta versión. Sus protagonismos renuevan las relaciones entre los personajes y generan nuevos contrastes dentro de un dispositivo que necesita mantener el ritmo sin perder cohesión.
El regreso de Linda Peretz merece una consideración especial. Su particular registro, deliberadamente exacerbado, encuentra en el universo de Muscari un territorio propicio para desplegarse. La actriz abraza el disparate sin medias tintas y convierte su presencia en uno de los focos de atención de la representación. Su vuelta al protagonismo tiene algo de celebración: el público reconoce una forma de hacer comedia que encuentra en la exageración, el gesto y la desfachatez sus principales instrumentos. Es un regreso que invita al aplauso y que encaja con naturalidad en la estética de la puesta.
Marita Ballesteros aporta oficio y personalidad a esta composición coral, mientras que Juana Repetto se incorpora a un elenco de registros diversos, encontrando su lugar dentro de una estructura que requiere una permanente interacción entre las intérpretes.
El desafío no consiste solamente en que cada actriz logre el lucimiento individual, sino en que todas puedan integrarse en una misma arquitectura escénica. Y es precisamente allí donde el conjunto encuentra uno de sus valores: las diferencias de temperamento y de intensidad terminan por alimentar el juego colectivo.
Naturalmente, los resultados presentan algunos altibajos. No todas las composiciones alcanzan idéntica contundencia ni todos los pasajes conservan la misma fluidez. Sin embargo, la interacción entre las ocho actrices termina por imponerse como uno de los principales atractivos del espectáculo.

El disparate como lenguaje teatral
8 mujeres funciona mejor cuando sus protagonistas convierten la exageración en una herramienta expresiva y no en un fin en sí mismo. En esos momentos aparecen los pasajes más eficaces de una puesta que apuesta por la personalidad de sus intérpretes y por una comicidad que no pretende disimular sus artificios.
La decisión es coherente con la mirada de Muscari, aunque también establece los límites del espectáculo. La parodia requiere contraste y precisión: cuando todo está subrayado, el humor puede perder sorpresa y la caricatura corre el riesgo de volverse previsible.
No se trata de exigirle al director una reconstrucción solemne del texto de Robert Thomas, sino de señalar que incluso el disparate necesita una estructura sólida para alcanzar su máxima eficacia. La propuesta entretiene y ofrece momentos de genuina comicidad, pero no siempre consigue transformar la suma de sus recursos en una experiencia teatral de mayor consistencia.
Veredicto: una comedia con sello propio
Con 8 mujeres, José María Muscari vuelve a ofrecer una comedia atravesada por su identidad artística: el histrionismo, la exageración, la ruptura de los códigos convencionales y el disparate como forma de entretenimiento.
Su fortaleza está en otro lugar: en el encuentro de ocho mujeres sobre el escenario, en el juego de sus personalidades y en una concepción de la comedia que hace del exceso su principal herramienta.
El espectador que se acerque buscando una intriga rigurosa quizá encuentre motivos para cierta insatisfacción. Quien acepte las reglas de Muscari descubrirá, en cambio, un espectáculo entretenido, con momentos de gran eficacia y una identidad propia.
Porque, con sus altos y sus bajos, cuando el disparate lleva el sello de Muscari, el público difícilmente salga defraudado por el producto final.
