Mis queridos peripatéticos Argentum:
Ochocientos dólares por una platea para escuchar a la Filarmónica de Berlín en el Teatro Colón. A ese precio, uno esperaría que, además de interpretar a Beethoven, los músicos se acercaran durante el intervalo a revisar la cartera de los espectadores y certificar que pertenecen a la categoría social correspondiente.
La cifra resulta particularmente pintoresca en un país donde llenar la heladera se ha convertido, para demasiadas familias, en una empresa de ingeniería financiera.
La misma Berliner Philharmoniker que actúa en Nueva York o en su Alemania natal puede ofrecer localidades de las categorías más caras en torno a los trescientos dólares, según el concierto y la ubicación. En Buenos Aires, el precio alcanza los ochocientos. Las condiciones de venta y los costos no son idénticos, naturalmente, pero la diferencia invita a una pregunta incómoda: ¿estamos pagando por escuchar a una de las mejores orquestas del mundo o por el privilegio de anunciar que estuvimos allí?
Porque una cosa es la excelencia musical y otra, bastante menos afinada, el esnobismo con pretensiones de sensibilidad artística.
El Teatro Colón no necesita defensa: su historia, su arquitectura y su tradición lo colocan entre los grandes escenarios del mundo. Precisamente por eso, merece una discusión seria sobre el acceso a sus espectáculos. La cultura pública no debería convertirse en una vidriera donde la mayoría contempla, desde la vereda económica, aquello que solo unos pocos pueden comprar.
Pero tranquilos. Para comprender el fenómeno no hace falta convocar a un sociólogo alemán ni contratar una consultora internacional. Basta con invitar a nuestra inefable Cocota Vermichelli de Garronier y a su inseparable Pirincho Aperol.
COCOTA Y EL ARTE DE SER VISTO
Cocota llegó al Colón envuelta en perfume francés, joyas de procedencia cuidadosamente omitida y una convicción inquebrantable: la cultura es indispensable, siempre que los demás sepan que una la consume.
—¡Pirincho, querido! ¡La Filarmónica de Berlín! ¡Una noche histórica!
—Sin duda, Cocota. Sobre todo para el resumen de la tarjeta.
—No seas ordinario. La cultura no tiene precio.
—La entrada, en cambio, parece tenerlo perfectamente calculado.
Cocota fingió no escuchar. Estaba demasiado ocupada buscando el ángulo adecuado para la fotografía que demostraría a sus seguidores que la noche había sido sublime.
—Lo importante es estar aquí —sentenció—. Formar parte de un acontecimiento internacional.
—¿Y qué interpretan?
—¡Pirincho, por favor! ¡Viene la Filarmónica de Berlín!
El diálogo quedó suspendido en el aire, como una nota que el público no termina de reconocer.
Para cierta categoría de espectadores, el concierto comienza con la elección del atuendo, continúa con la fotografía de rigor y culmina cuando pueden decir, en el cóctel posterior: «Yo estuve». La música es un detalle de producción; el verdadero espectáculo consiste en ser visto dentro de la sala.
Si alguien pregunta qué obra se interpretó, siempre queda el recurso de mencionar a Beethoven. Nunca falla. Es el comodín de quienes confunden el conocimiento musical con haber visto su nombre impreso en un programa.
Cocota pertenece a esa aristocracia de utilería que podría convertir una bandeja de Colombraro en diseño escandinavo si la colocara bajo una iluminación adecuada y le atribuyera procedencia danesa. Para ella, el valor de un objeto no reside en lo que es, sino en cuánto cuesta y quién puede verlo.
Pirincho, más práctico, ha descubierto que la cultura también puede adquirirse por contagio: basta con fotografiarse junto a alguien que realmente sabe.
En el esnobismo, la entrada es cara; el conocimiento, opcional.
LA HELADERA NO APLAUDE
Mientras Cocota publica su fotografía, en algún hogar argentino alguien hace cuentas frente a una mesa de cocina.
El alquiler vence. La electricidad no acepta metáforas. El supermercado desconoce las teorías económicas y la heladera, ese electrodoméstico sin vocación literaria, informa con brutal sinceridad lo que queda.
Los indicadores macroeconómicos son necesarios para interpretar la realidad. Pero ningún gráfico consigue explicar por sí solo la angustia de quien debe elegir qué factura pagar primero. La estadística puede describir un promedio; no puede llenar un plato.
El problema no es que alguien pueda pagar ochocientos dólares por una platea. Cada cual dispone de su dinero como quiere. Tampoco corresponde convertir al espectador acomodado en culpable automático de las dificultades nacionales.
El problema es una sociedad que puede celebrar la llegada de una orquesta extraordinaria sin preguntarse suficientemente quiénes quedan afuera de esa celebración.
La cultura no es un adorno para exhibir cuando las cuentas están en orden. Es una herramienta para pensar, imaginar, discutir y comprender el mundo. Por eso, el acceso a ella importa tanto como la excelencia de lo que se ofrece.
No se trata de exigir que una orquesta de semejante nivel trabaje gratis ni de fingir que las grandes producciones carecen de costos. Se trata de discutir políticas de precios, entradas diferenciadas, programas para estudiantes, acuerdos con universidades y mecanismos que permitan ampliar el público.
Una institución cultural de primer nivel no debería medir su éxito exclusivamente por la categoría de quienes ocupan sus mejores localidades. También debería preguntarse cuántos nuevos espectadores consigue incorporar.
Porque una platea llena de millonarios puede ofrecer una fotografía impecable. No garantiza, sin embargo, una sociedad culturalmente más rica.
LA AUSTERIDAD SIEMPRE ES MÁS CÓMODA EN EL PALCO
—El país necesita recuperar el valor de lo esencial —declaró Cocota, acomodándose un collar que probablemente costaba más que el presupuesto cultural de alguna localidad del interior.
—Estoy de acuerdo —respondió Pirincho—. Empecemos por definir qué es esencial.
Cocota no contestó. Había recibido un mensaje y necesitaba comprobar si la fotografía del Colón estaba obteniendo suficientes reacciones.
La austeridad tiene esa curiosa propiedad: observada desde un palco, parece una virtud republicana; desde la mesa de una familia endeudada, adquiere un aspecto bastante menos filosófico.
Para algunos, ajustarse el cinturón significa postergar una salida. Para otros, cambiar de restaurante. Y para quienes convierten el consumo en identidad, la crisis siempre es algo que les ocurre a los demás, preferentemente lejos del encuadre.
No hay nada censurable en disfrutar de una buena cena, viajar o asistir a un concierto. La frivolidad privada no es un delito. Lo verdaderamente grotesco es confundir la capacidad de consumo con una superioridad moral o intelectual.
El dinero permite comprar una entrada, un vestido o una botella de champán. No expide certificados de sensibilidad.
La vieja burguesía, al menos, disimulaba sus vanidades detrás de cierta educación. El nuevo esnobismo prefiere publicar el comprobante.
Y cuando la exhibición del privilegio coincide con una sociedad fatigada por las dificultades económicas, el gesto deja de ser inocente: se convierte en una declaración involuntaria sobre la distancia entre quienes pueden elegir y quienes apenas pueden sostenerse.
La frivolidad no resuelve la desigualdad; apenas procura que no salga en la fotografía.
UNA CULTURA QUE NO SEA UN PRIVILEGIO
¿Debemos renunciar a la Filarmónica de Berlín? Por supuesto que no. Su presencia en Buenos Aires es una oportunidad artística excepcional. El público merece escucharla y la excelencia internacional debe formar parte de la vida cultural argentina.
La discusión consiste en cómo acercar esa excelencia a más personas.
Entradas con tarifas diferenciadas, localidades accesibles, programas educativos, beneficios para estudiantes y políticas de patrocinio bien orientadas no resolverán por sí solos los problemas económicos del país. Pero pueden contribuir a que el acceso no dependa exclusivamente del tamaño de una cuenta bancaria.
El prestigio de una institución no se mide solo por las personalidades que ocupan sus palcos ni por la cifra que alguien pagó para sentarse en una platea. También se mide por su capacidad de despertar vocaciones, formar nuevos públicos y hacer que una experiencia extraordinaria deje de parecer un territorio reservado.
Tal vez convendría instalar un espejo en cada butaca. No para que Cocota compruebe cómo le queda el vestido, sino para que cada espectador se pregunte qué está celebrando: la música o el privilegio de poder pagarla.
Y sería igualmente saludable que quienes diseñan las políticas económicas escucharan algo más que una sinfonía. La conversación de quienes hacen fila en el supermercado también tiene ritmo, aunque rara vez figure en el programa oficial.
Una sociedad se desafina cuando una parte de sus ciudadanos queda fuera de la sala. Y la solución no consiste en apagar la música, sino en encontrar la manera de abrir más puertas.
Mis queridos peripatéticos Argentum, no confundamos el esplendor de una orquesta con el esplendor de una cuenta bancaria. La Filarmónica de Berlín no necesita ochocientos dólares para ser extraordinaria. Y el espectador no necesita desembolsarlos para demostrar que ama la música.
