Theodora, oratorio de George Frideric Händel. Coro Monteverdi e English Baroque Soloist. Dirección: Christophe Rousset. Dirección escénica: Thomas Guthrie. Intérpretes: Marie Lys, Iestyn Davies, Alice Coote, Guy Cutting, John Chest . Diseño de iluminación: Rick Fisher. Mozarteum Argentino. Teatro Colón.
Händel no necesita ejércitos, coronaciones ni héroes victoriosos para construir una tragedia. En Theodora, la violencia del poder, la intolerancia religiosa y la resistencia de la conciencia individual se convierten en materia dramática de una sutileza extraordinaria. No es la espectacularidad lo que conmueve, sino aquello que sucede en el interior de quienes deben elegir entre sobrevivir o permanecer fieles a sus convicciones.
Con esta obra, el Mozarteum Argentino cerró su temporada 2026 en el Teatro Colón, convocando a dos formaciones de referencia internacional: el Monteverdi Choir y los English Baroque Soloists. La dirección musical estuvo a cargo de Christophe Rousset, mientras que Thomas Guthrie asumió el desafío de introducir una concepción escénica que, sin abandonar el formato de concierto, transformó la disposición y el movimiento de los intérpretes.
La experiencia tuvo, además, carácter de estreno mundial de esta propuesta escénica y marcó el comienzo de una gira internacional. Una elección de repertorio que merece destacarse: Theodora, penúltimo oratorio de Händel, estrenado en 1750, no es precisamente una obra de concesiones fáciles.
La intimidad como espectáculo
A diferencia de los grandes oratorios épicos del compositor, Theodora propone una dramaturgia esencialmente psicológica. La historia de la joven cristiana condenada durante las persecuciones de Diocleciano se desarrolla a través de cinco personajes cuyas contradicciones morales constituyen el verdadero motor de la acción.
Theodora y Dídimo, enamorados y unidos por la fe, representan la resistencia frente a un poder que pretende imponer sus propias reglas. Irene encarna la solidaridad y la esperanza; Septimio, el conflicto entre obediencia y conciencia; Valens, la maquinaria autoritaria que no admite disidencias.
Händel encuentra en esta trama un territorio ideal para desplegar su extraordinaria capacidad de caracterización musical. Las arias no son simples exhibiciones de virtuosismo vocal: son verdaderos monólogos interiores. Cada repetición, cada variación y cada inflexión del fraseo permiten descubrir una nueva dimensión emocional.
Y allí reside una de las grandes dificultades de la obra: los intérpretes deben conseguir que la introspección no se transforme en monotonía. La música puede ser contemplativa, pero nunca debería resultar indiferente.
Rousset: cuando la música encuentra su arquitectura
La aparición de Christophe Rousset al frente de los English Baroque Soloists permitió advertir desde la obertura que la noche tendría una calidad instrumental excepcional.
La fuga inicial fue abordada con precisión, transparencia y una articulación que permitió apreciar la arquitectura contrapuntística de Händel sin convertirla en un ejercicio académico. La lectura tuvo nervio, elegancia y una comprensión estilística que se manifestó en los detalles más pequeños.

Rousset, fundador de Les Talens Lyriques y una de las figuras reconocidas de la interpretación históricamente informada, demostró que el rigor musicológico no está reñido con la emoción. Sus tempi, la administración de los contrastes y el equilibrio entre las diferentes familias instrumentales construyeron un discurso de notable coherencia.
La orquesta respondió con una prestación sobresaliente. Afinación, limpieza de ataques, articulación y cohesión estuvieron a la altura de una agrupación internacional de primer nivel. No hubo excesos ni concesiones al efectismo. La música respiró con naturalidad y conservó siempre su tensión dramática.
Monteverdi Choir: una excelencia difícil de discutir
Si hay un protagonista que merece un reconocimiento sin reservas, es el Monteverdi Choir.
La formación no solamente exhibió una calidad vocal extraordinaria, sino una capacidad teatral que resultó fundamental para la concepción de Guthrie. Sin partituras, sus integrantes se desplazaron por diferentes sectores del escenario, alternando momentos de individualidad con otros de comunión colectiva.
La homogeneidad de las cuerdas, la articulación del texto, la precisión rítmica y la calidad de las dinámicas fueron admirables. Pero lo verdaderamente notable fue la manera en que el conjunto diferenció los dos universos que atraviesan la obra: el mundo pagano, con su violencia y sus celebraciones, y la comunidad cristiana, con su recogimiento, su dolor y su esperanza.
El coro no fue un acompañamiento de lujo. Fue una entidad dramática en sí misma.
Guthrie: una teatralidad que encuentra su medida
La propuesta de Thomas Guthrie evitó convertir el oratorio en una ópera convencional. Los movimientos escénicos, la distribución de los cantantes y los juegos lumínicos de Rick Fisher aportaron profundidad visual a una obra que, en su concepción original, prescinde de representación escénica.
No todas las decisiones tuvieron idéntica fortuna. La salida inicial de los integrantes del coro, levantando las sillas sobre sus cabezas mientras transcurría la obertura, resultó visualmente brusca y poco elegante. Una imagen que contrastó con la sofisticación musical que se estaba escuchando.
Afortunadamente, superado ese comienzo, la propuesta encontró su equilibrio. Los desplazamientos posteriores fueron más orgánicos y permitieron que la dimensión teatral se integrara a la música.
El mérito de Guthrie fue comprender que la escena debía acompañar la dramaturgia de Händel, no competir con ella.

Las voces: entre la solvencia y los matices pendientes
El apartado vocal ofreció un nivel general satisfactorio, aunque con diferencias apreciables.
Marie Lys, como Theodora, presentó una voz afinada, precisa y especialmente atractiva en los agudos. Su aproximación al personaje fue de una pureza casi virginal, con un perfil devoto y recogido. Sin embargo, la interpretación mantuvo una cierta uniformidad emocional. Faltó mostrar con mayor intensidad las transformaciones psicológicas de una mujer que atraviesa el temor, la incertidumbre, la resistencia y finalmente la aceptación del sacrificio.
Iestyn Davies, como Dídimo, aportó la particularidad de su registro de contratenor, originalmente concebido por Händel para un castrado. Su emisión fue limpia y su afinación segura, pero la interpretación resultó algo reservada. El personaje necesitaba mayor densidad dramática y una paleta expresiva más amplia, especialmente en los momentos de mayor conflicto interior.
En cambio, Guy Cutting, como Septimio, ofreció una de las prestaciones más convincentes. Su tenor, de color atractivo y cierta resonancia abaritonada, mostró homogeneidad, seguridad y un fraseo de gran sensibilidad. Supo transmitir las dudas y contradicciones del personaje sin recurrir a gestos interpretativos innecesarios.
La gran figura vocal de la noche fue Alice Coote. Su Irene tuvo personalidad, riqueza de matices y una autoridad musical que se impuso naturalmente. La mezzosoprano posee un instrumento de notable versatilidad: puede pasar de una emisión robusta a una delicadeza conmovedora sin perder calidad ni control. Su capacidad para modelar las frases y dotarlas de diferentes intenciones hizo de cada intervención un acontecimiento.
John Chest, como Valens, comenzó con contundencia y autoridad. Su bajo resultó sólido y preciso en las primeras intervenciones, aunque hacia el desenlace perdió parte de la energía y la malignidad que el personaje requería. Correcto en lo vocal, menos convincente en la construcción dramática final.
El amor frente a la muerte
El desenlace reunió todo aquello que hace de Theodora una obra excepcional. La muerte de los protagonistas no aparece como una derrota, sino como la afirmación última de una convicción que el poder no ha conseguido destruir.
Irene comunica la tragedia y el coro recoge el dolor de la comunidad. En ese momento, Händel alcanza una profundidad emocional extraordinaria. La música deja de ser solamente un vehículo narrativo para convertirse en una reflexión sobre la trascendencia del amor.
Con Alice Coote en el centro de la escena, el Monteverdi Choir recuperó su disposición en las gradas posteriores y Christophe Rousset condujo el número final con una sensibilidad conmovedora.
Fue el momento más alto de la noche. La escritura coral, la riqueza armónica y la intensidad expresiva encontraron una realización que justificó por sí sola la convocatoria.
Después de tres horas, el público respondió con un prolongado aplauso. Hubo algunos claros en la platea, pero la recepción fue acorde con la calidad artística de lo ofrecido.
Una noche de grandes méritos
La gran virtud de esta presentación fue recordarnos que el Barroco no es un museo de pelucas, ornamentos y convenciones musicales. Es un lenguaje vivo, capaz de hablar sobre la intolerancia, la libertad, el amor y la dignidad humana con una actualidad sorprendente.
Händel no necesitó espectacularidad para conmover. Le bastaron cinco personajes, una orquesta, un coro y una partitura capaz de penetrar en las zonas más profundas del alma.
Un cierre de temporada de notable jerarquía musical.
