Cuando la música narra lo que las palabras callan
Buenos Aires, 30/III/2026,Teatro Picadero. No me quieras tanto. De Betty Gambartes y Diego Vila. Actúan: Josefina Scaglione y Santiago Otero Ramos. Músicos en escena: Diego Vila (piano), Fabian Fazio (vientos) y Mariana Atamas (violin). Arreglos y Dirección Musical: Diego Vila. Puesta en escena y Dirección General: Betty Gambartes. Diseño de vestuario: Sofía Di Nunzio. Diseño de escenografía: Gastón Joubert. Diseño de iluminación: Agnese Lozupone. Asesoramiento coreográfico: Manuco Firmani. Funciones: domingo 18 hs Teatro Picadero (Pje. Enrique Santos Discepolo 1857). Nuestra calificación: muy bueno
Hay musicales que buscan la épica y otros que, con admirable templanza, confían en la sencillez. El nuevo trabajo de Betty Gambarte y Diego Vila pertenece a esta segunda estirpe: una historia mínima —una pareja que se encuentra, se pierde y se reencuentra— que, por su humildad, se vuelve universal.
(“¡Y gracias! —interrumpe mi otro yo, el Dr. Merengue—. Ya era hora de un musical que no pretenda salvar a la humanidad desde una coreografía.”)
La música acompaña esta línea narrativa con un recorrido que va del bolero al pop, siguiendo con precisión emocional el estado interno de cada personaje. Pero lo acústico no es solo acompañamiento: es parte activa del relato.
En escena están Diego Vila en piano, Mariana Atamas en violín y Fabián Fazio en vientos, y lo que hacen no es simplemente tocar canciones. Construyen climas, entretejen atmósferas, respiran junto a los personajes y moldean cada transición emocional con un criterio exquisito.
(“¡Tres músicos que hacen el trabajo de diez! —apunta el Dr. Merengue—. Sin estridencias, sin artificios… pura musicalidad.”)
La dupla protagónica sostiene la obra con convicción. Josefina Scaglione despliega una gama de matices emocionales y vocales impecables, al punto de permitirse la “habanera” de Carmen que es un guiño técnico y artístico de lujo. Su manejo de la columna de aire y su fraseo son dignos de atención.
(“¡Ah, cuántos caerían desmayados antes de terminar esa seguidilla! —ironiza el doctor—. Pero ella no: ella la pasea.”)
A su lado, Santiago Otero Ramos regresa con su carisma habitual, ese equilibrio entre elocuencia y ternura que llena la escena. Su química con Scaglione no necesita esfuerzo: simplemente sucede.
(“Y qué alivio —dice el Dr. Merengue—. Porque últimamente, en algunos escenarios, la química se compra por catálogo. Aquí no: aquí chispea de verdad.”)
La dramaturgia es simple y directa, pero en esa simpleza reside su encanto. No busca giros bruscos ni golpes de efecto; apuesta, en cambio, a la humanidad: al amor, sus distancias, sus sombras y sus regresos.
(“Quien espere un terremoto narrativo, que lo busque en otro lado —aclara el doctor—. Aquí estamos ante un sismo del corazón, no de la escenografía.”)
Al final, este musical convierte el escenario del Picadero en un pequeño espejo: uno que no exagera ni disfraza, sino que devuelve un pedacito de lo que somos hoy.

