(La Plata, 28/VIII/2026, Teatro Argentino) La Flauta Mágica. Música: Wolfgang Amadeus Mozart. Libreto: Emanuel Schikaneder. Dirección musical: Carlos Vieu. Dirección escénica: María Jaunarena. Vestuario: María Jaunarena. Escenografía e iluminación: Gonzalo Córdova. Elenco: Santiago Martínez como Tamino, Ayelén Isaia como Pamina, Gabriel Carasso como Papageno, Martina Gioiosa como La Reina de la Noche, Leonardo Palma como Sarastro, Sonia Stelman como Papagena, Walter Schwarz como Orador y 1er. Sacerdote Lautaro Chaparro como 2º Sacerdote, María Bugallo como 1era. Dama, Ximena Farías (como 2ª Dama, Roxana Deviggiano como 3ª Dama, Florencia García Barrera como 2º Genio, Paula López como 3er. Genio, Patricio Oliveira como Monostatos, Lautaro Chaparro como 1er. Hombre de Armas Walter Schwarz como 2º Hombre de Armas. Orquesta y Coro Estable del Teatro Argentino, Dtor. Mtro. Santiago Cano. Producción realizada integramente en los talleres del Teatro Argentino de La Plata. Nuestra calificación: buena
La ópera vuelve al Teatro Argentino de La Plata con una Flauta Mágica que elige alejarse del espectáculo grandilocuente para internarse en un territorio mucho más simbólico: el de una escena despojada, donde Mozart aparece rodeado de signos, contrastes y, sobre todo, de una nueva generación de intérpretes.
Y acaso allí esté el verdadero interés de esta versión: más que una Flauta Mágica monumental, es una Flauta Mágica que permite escuchar hacia dónde comienza a moverse una parte de la lírica argentina.
La producción de María Jaunarena vuelve a apostar por una estética de líneas simples y mecanismos escénicos móviles. Paneles que se desplazan, estructuras que modifican el espacio y una escenografía deliberadamente austera construyen un universo donde el símbolo importa más que la ornamentación.
Con desplazamientos que parecen responder más a la necesidad de transformar visualmente el escenario, en esta nueva versión la despojación encuentra una justificación más clara: no llenar el escenario para permitir que sean los intérpretes quienes ocupen el centro de la escena.
Y allí aparecen los símbolos. La Flauta Mágica nunca fue solamente un cuento fantástico. Mozart y Schikaneder construyeron una obra atravesada por iniciaciones, pruebas, fraternidad, razón, espiritualidad, amor y transformación. La referencia masónica —más sugerida que desarrollada— aparece como una suerte de clave visual que permite recordar que detrás de Papageno, las serpientes, las campanillas y la Reina de la Noche existe también una obra sobre el tránsito del individuo hacia una forma superior de conocimiento. La puesta no siempre profundiza esos elementos con la contundencia que podría, pero evita convertirlos en una ilustración literal.
UNA FLAUTA MÁGICA DE JÓVENES
Si algo distingue particularmente a este elenco es la presencia de voces jóvenes que empiezan a reclamar un lugar propio dentro del mapa lírico argentino.
No todos poseen todavía el grado de madurez técnica que exige Mozart, y sería absurdo pretenderlo. Pero justamente allí reside parte del interés: escuchar instrumentos que todavía están en proceso de crecimiento, algunos con una frescura y una personalidad que permiten vislumbrar trayectorias futuras.

Como Tamino, Santiago Martínez ofrece una prestación de buen nivel, con un instrumento que muestra nobleza y una línea de canto que busca sostener la delicadeza mozartiana. Todavía existen zonas en las que la emisión podría ganar mayor seguridad y homogeneidad, pero hay material y, fundamentalmente, una presencia que permite seguir su evolución.
Ayelén Isaia, como Pamina, encuentra algunos de los momentos más logrados de la función. Su instrumento posee sensibilidad y una musicalidad que permiten construir una protagonista menos ingenua y más humana. Mozart exige delicadeza, pero también una enorme capacidad para decir desde la línea vocal, y allí Isaia encuentra buena parte de su fortaleza.

Como Papageno, Gabriel Carasso aporta simpatía, soltura escénica y una adecuada comprensión del carácter popular del personaje. Papageno necesita humor sin convertirse en caricatura, y Carasso consigue buena parte de ese equilibrio.
La Reina de la Noche de Martina Gioiosa enfrenta uno de los grandes desafíos de la partitura. Hay aquí un instrumento que permite afrontar las famosas coloraturas y sobreagudos, aunque todavía con margen para ganar mayor precisión, homogeneidad y autoridad en los extremos. La materia prima está; el tiempo dirá cuánto puede crecer.

Uno de los nombres que merece particular atención es Sonia Stelman, esta vez como Papagena, quien vuelve a demostrar que los pequeños personajes de Mozart pueden convertirse en grandes oportunidades para quienes saben aprovecharlos. Su intervención combina musicalidad, frescura y teatralidad.
SARASTRO Y EL PESO DE LA EXPERIENCIA
Leonardo Palma, como Sarastro, asume un personaje que requiere autoridad, profundidad y una particular nobleza en la emisión. Su prestación muestra dichas condiciones y un instrumento ductil, con ese peso vocal que convierte a Sarastro en una verdadera figura de autoridad.
Como Orador, Walter Schwarz cumple correctamente, mientras que Lautaro Chaparro, además de asumir el papel del segundo sacerdote, participa como uno de los Hombres de Armas.
En Monóstatos, Patricio Oliveira encuentra uno de los personajes más agradecidos para explotar teatralmente y consigue imprimirle una cuota de ironía y comicidad que evita que el personaje quede reducido a una función meramente episódica.
Las Tres Damas, interpretadas por María Bugallo, Ximena Farías y Roxana Deviggiano, cumplen con sus intervenciones, mientras que las jóvenes Florencia García Barrera y Paula López, junto a la tercera intervención correspondiente a los Genios, aportan esa sensación de renovación generacional que atraviesa buena parte del elenco.

MOZART Y LA TRANSPARENCIA QUE TODAVÍA SE BUSCA
Desde el foso, Carlos Vieu enfrenta nuevamente una partitura en la que Mozart reclama algo bastante más complejo que precisión: necesita transparencia.
La orquesta debe permitir que las voces respiren, que las frases tengan espacio y que el acompañamiento no se transforme en una estructura demasiado pesada para intérpretes que todavía están desarrollando sus recursos.
Hay momentos de buen equilibrio y otros en los que el discurso musical parece avanzar con una rigidez que limita la expresividad. La dirección encuentra mayor eficacia cuando permite que la música respire y que la escena dialogue naturalmente con el foso.
El Coro del Teatro Argentino, preparado por Santiago Cano, responde con solvencia y aporta la necesaria presencia colectiva a una obra en la que el componente coral funciona también como representación de ese universo de comunidad y fraternidad que atraviesa la dramaturgia.
EL VERDADERO VALOR ESTÁ EN LO QUE VIENE
Esta Flauta Mágica no pretende revolucionar la historia de las puestas mozartianas ni descubre un Mozart desconocido. Tampoco consigue siempre transformar su despojamiento escénico en una verdadera idea teatral.
Pero hay algo que resulta más importante.
Hay voces jóvenes. Hay artistas que están creciendo. Hay una generación que comienza a ocupar el escenario del Teatro Argentino y que merece ser escuchada, observada y, sobre todo, acompañada.
Porque una institución lírica no solamente tiene la obligación de presentar grandes nombres ya consagrados. También debe ser el lugar donde esos nombres comienzan a construirse.
Y esta Flauta Mágica, con sus aciertos y sus limitaciones, tiene el mérito de funcionar como una pequeña fotografía de ese proceso.
Mozart habla de iniciación, pruebas y transformación.
Quizás, sin proponérselo del todo, esta producción también termine hablando de eso: de una nueva generación que comienza a atravesar sus propias pruebas para encontrar su lugar en la lírica argentina.
No es todavía una Flauta Mágica inolvidable. Pero sí puede ser una Flauta Mágica de transición.
Y a veces, en una institución que necesita recuperar público, escena y futuro, ver aparecer nuevas voces puede ser tan importante como escuchar las ya consagradas.
