martes, 25 de junio de 2024
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La Extraña Creación Musical de Rossini y Mayr

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En el apogeo del siglo XIX, dos maestros de la música, Rossini y Mayr, se entrelazaron en una extraña danza de creación musical que dio lugar a una misa peculiar y a un requiem. La génesis de estas obras únicas se remonta a 1842, cuando el crítico musical Castille-Blaz asistió a una actuación en el teatro. Los sonidos del quinteto en la bemol de «La donna del Lago» de Rossini lo llevaron a una sorprendente revelación: ¿Podría esta música encajar perfectamente con la letra de la Misa «Qui tollis peccata mundi»?

Lleno de curiosidad, Castille-Blaz decidió abordar directamente al compositor y plantearle su pregunta. La respuesta de Rossini fue tan inesperada como reveladora: «De nada. Esto es una coincidencia. Nunca he escrito nada para la iglesia». Pero en su ingenio característico, Rossini agregó un toque de humor musical: «Veinte coincidencias así y podrás componer una misa excelente». Con una sonrisa, desafió a otros a crear tal obra religiosa: «Inventarlo. Os lo dejo a vosotros…»

Así comenzó la extraña aventura de la Misa y del Requiem que desafió las convenciones y unió dos mundos aparentemente dispares: la ópera y la liturgia. Un año después de este encuentro, la Misa se compiló, aunque el término «Misa» para describir este producto musical puede resultar algo generoso.Lo mismo ocurrio con su Requiem. La naturaleza de esta creación musical es tan peculiar como el diálogo que la inspiró.

Las secciones «Cum Sancto-Spirito» y «Et vitam venturi saeculi» se fusionaron con las animadas strettas de «Cenerentola» y el épico final de «Semiramide». Sin embargo, uno de los fragmentos más notables, el Credo, que comienza con las palabras «Credo in unum Deum», se sincronizó de manera asombrosa con la cavatina «Ecco ridente in cielo» de «El barbero de Sevilla». Fue un acto de magia musical que fusionó el ingenio operístico de Rossini con la solemnidad de la liturgia.

Como acompañamiento musical para ilustrar esta fascinante fusión de mundos musicales, echamos un vistazo al Réquiem de Johann Simon Mayr. Este ejemplo demuestra que la actitud de Rossini hacia la música religiosa no era única en la primera mitad del siglo XIX. Un aria de tenor titulada «Liber scriptus» del Réquiem de Mayr nos recuerda que la música sacra no siempre se limita a lo solemne y lo serio. Más bien, parece una serenata apasionada a un amante, en lugar de una humilde súplica en la hora del Juicio Final.

Este peculiar «misa-pasticcio», como lo podríamos llamar, es un testimonio de la versatilidad de la música y la creatividad desenfrenada de dos gigantes de la composición musical del siglo XIX. Aunque puede parecer una rareza, esta obra fusiona la magia de la ópera con la solemnidad de la liturgia de una manera que desafiaba las convenciones, recordándonos que la música es un lenguaje universal que puede unir mundos aparentemente dispares en una sinfonía única.

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