Buenos Aires, 4/III/2026. Fue solo un accidente . Origen: Irán, Francia, Luxembourg. Género: Drama, Thriller, Crimen. Director: Jafar Panahi. Actores: Vahid Mobasseri, Mariam Afshari, Ebrahim Azizi, Hadis Pakbaten, Majid Panahi, Mohamad Ali Elyasmehr, George Hashemzadeh, Delmaz Najafi, Afsaneh Najm Abadi. Calificación: P-13. Duración: 103 min. Nuestra calificación: buena
En Fue solo un accidente, del director iraní Jafar Panahi, el punto de partida parece casi insignificante: un hecho casual, un accidente menor que altera la rutina de los personajes. Pero ese pequeño quiebre en la normalidad se convierte rápidamente en el detonante de algo mucho más profundo: la posibilidad de que el pasado, incluso el más oscuro, regrese sin aviso.
El protagonista cree reconocer en un hombre común al torturador que lo sometió durante su encarcelamiento político. A partir de esa sospecha, el relato se despliega como un thriller moral donde cada gesto, cada silencio y cada recuerdo adquieren un peso inquietante. Lo que al principio parece una intuición comienza a transformarse en un dilema ético de enormes proporciones.
La película funciona entonces como un dispositivo dramático de gran precisión: el accidente inicial deja de ser importante y lo que emerge es la confrontación entre memoria y justicia.
Panahi construye un espacio narrativo casi teatral, donde un grupo de ex prisioneros se enfrenta a una pregunta imposible de responder con certeza:
¿Ese hombre es realmente el verdugo que recuerdan? Si lo es, la venganza parece inevitable. Si no lo es, la violencia se convertiría en un nuevo crimen.
La película avanza sobre esa línea frágil donde las víctimas deben decidir si ejercer la justicia o resistir la tentación de reproducir la misma brutalidad que las destruyó.
El film trabaja esa fragilidad con inteligencia. El espectador queda atrapado en una especie de interrogatorio invisible: ¿la sospecha es fundada o es el resultado de una memoria traumatizada que busca desesperadamente un culpable?…
Justo cuando estaba por cerrar esa reflexión, tomé un mate para ordenar las ideas. Pero en ese instante ocurrió lo inevitable…
Apareció el Dr. Merengue, no lo vi entrar —nunca lo hace—, pero su presencia se manifestó con esa familiar sensación de pensamiento ajeno que se instala en la cabeza. Y como si estuviera levemente poseído por ese alter ego que suele decir lo que el crítico prudente calla, empecé a escribir a toda velocidad.
El mate quedó a un costado.
En su lugar apareció un whisky on the rocks, acompañado —cómo no— por unas castañas de cajú.
—Perdona la interrupción, mi querido crítico —susurró el Dr. Merengue con su ironía habitual—, pero temo que en tu análisis hay una pequeña ausencia.
Silencio.
—Porque mientras te concentras en la tensión psicológica de Fue solo un accidente, quizás convendría recordar que ese mecanismo dramático —el reconocimiento posible del verdugo, el juicio moral en un espacio íntimo, la verdad sostenida únicamente por la memoria— tiene antecedentes bastante ilustres.
El whisky ayudó a que la idea empezara a tomar forma.
—Me refiero, naturalmente, a La muerte y la doncella del chileno Ariel Dorfman, esa obra feroz que luego llevó al cine Roman Polanski con el mismo nombre.
Y allí, como suele ocurrir cuando el Dr. Merengue toma el control del teclado, la reflexión se volvió más incisiva.
Porque lo inquietante de aquella obra —y del film de Polanski— no era simplemente el enfrentamiento entre víctima y supuesto victimario. Lo verdaderamente perturbador era la fragilidad de la verdad. Todo dependía de la memoria de una mujer que creía reconocer una voz, un gesto, una respiración.
Nada podía probarse.
Nada podía descartarse.
La casa se convertía entonces en un tribunal precario donde el pasado volvía a respirarse con una intensidad casi insoportable.
El Dr. Merengue bebió un sorbo imaginario de whisky y sonrió con esa mezcla de elegancia y sarcasmo que lo caracteriza.
—Lo curioso —dijo— es que hoy esa arquitectura dramática parece haber sido olvidada por muchos de nuestros colegas.
Porque uno lee ciertas críticas actuales y tiene la sensación de que cada film que aborda la memoria, la culpa o el reconocimiento del verdugo estuviera inventando el conflicto desde cero.
Cuando en realidad el cine —como toda tradición artística— dialoga constantemente con su pasado.
Y así ocurre algo fascinante: las películas siguen conversando con obras como La muerte y la doncella, mientras parte de la crítica parece haber perdido el hilo de esa conversación.
El Dr. Merengue dejó la copa sobre la mesa imaginaria, tomó una castaña de cajú y concluyó con su elegancia venenosa:
—En fin, querido crítico… el problema no es que las películas se parezcan.
Eso es parte natural del arte.
El problema es que algunos críticos ya no recuerdan por qué se parecen.
Y créeme…
—ese sí que es un accidente verdaderamente inquietante.

