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Drácula II: Resurrección, un mito que busca desplegar toda su dimensión

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(Bs. Aires, 23/VI/2026, Hipódromo de San Isidro). Drácula II: resurrección. Libro, puesta, letras y dirección: Pepe Cibrián Campoy. Música: Pablo Flores Torres. Direccion de coros y arreglos vocales: Juan Pablo Aragonese. Intérpretes: Diego Duarte Conde, Antonela Cirillo, Heidy Viciedo, Michel Hersch, Melina Kantor, Thomas Alí Vallejo, Lujo Burgos, Daiana Chorni, Lina M. Cruz, Emiliano Cuetara, Sofía Daher, Yazmín Damoli Pedercini, Julieta González, Julieta Lamperti, Carmelo Lancava, Fernando Liao, Ana Loustau, Richard Manis, Sofía Matta Malaga, Micaela Mujica, Juana Nieto, Bruno Novas, Gabriel Renteria, Gustavo Ronchi, David Ezequiel Sosa, Eugenia Stanovik, Mateo Torino y Daiana Urruchúa. Direccion de coros y arreglos vocales: Juan Pablo Aragonese. Escenografía: Vanesa Abramovich. Pantallas y visuales: María Eugenia Bras Harriott. Coreografía: Matías Ramos. Vestuario: Vanesa Mascolo. Arreglos musicales: Yair Hilal. Coordinación de actores: Juan Álvarez Prado. Iluminación: P. Cibrián Campoy, Adrián Hawryszkow y Alejandro Huella. Lugar: Gran Carpa Circo Rodas. Hipódromo de San Isidro (avenida Santa Fe y avenida de la Unidad Nacional). Funciones: jueves 25, viernes 26, sábado 27, a las 20.30; domingo 28, a las 19. Duración: 2 horas y media con intervalo. Nuestra opinión: buena.

Más de tres décadas después de haber creado Drácula, la obra que transformó para siempre la historia de la comedia musical argentina, Pepe Cibrián Campoy vuelve a ese universo con Drácula: Resurrección, una propuesta que inevitablemente carga con el enorme peso de un clásico. Porque el desafío ya no consiste solamente en contar una nueva historia, sino en dialogar con una obra que desde hace tiempo dejó de pertenecer únicamente a sus creadores para convertirse en patrimonio emocional de varias generaciones de espectadores.

Como autor del libro y de las letras, Cibrián traslada la acción desde la atmósfera victoriana hacia un siglo XX atravesado por la estética Art Decó. Allí, el dolor de Mina, incapaz de superar la desaparición del Conde, vuelve a abrir las puertas entre la vida y la muerte. El regreso no será exactamente el del antiguo Drácula, sino el de una nueva figura cuya verdadera identidad constituye el gran enigma del relato, mientras la aparición de un hijo oculto irá resolviendo uno de los principales misterios de la trama.

La dramaturgia mantiene intacto el sello de Cibrián: personajes dominados por grandes pasiones, poesía, símbolos y una permanente reflexión sobre el amor, la culpa, la redención y el destino. El relato conserva esa impronta de tragedia romántica que siempre caracterizó al autor, aunque en esta oportunidad el desarrollo del primer acto se muestra más contemplativo que dinámico, provocando por momentos una sensación de mayor extensión de la necesaria.

Uno conoce el recorrido de Pepe Cibrián Campoy y sabe que jamás apuesta por lo sencillo. Siempre busca expandir los límites de sus propias creaciones. Drácula: Resurrección vuelve a demostrar esa ambición artística. Sin embargo, también deja la sensación de que determinadas escenas podrían abreviarse sin afectar el núcleo dramático de la obra. Algunos ajustes de ritmo y ciertos recortes permitirían que el relato fluya con mayor naturalidad, especialmente durante la primera parte, mientras que el segundo acto encuentra un desarrollo mucho más sólido y una progresión dramática que termina justificando el recorrido previo.

Uno de los mayores logros del espectáculo reside en la música original de Pablo Flores Torres. Lejos de intentar reproducir la sonoridad de la obra histórica, construye un universo propio, de fuerte impronta sinfónica y claramente emparentado con la ópera. Su partitura genera climas de enorme intensidad emocional y exige un nivel técnico poco frecuente dentro del teatro musical argentino.

Aquí aparece una diferencia esencial respecto de gran parte del musical contemporáneo. En Drácula: Resurrección prácticamente no existe el habitual texto cantado. Cada intervención está concebida como una verdadera aria. Los intérpretes no descienden nunca hacia una emisión conversada, sino que sostienen permanentemente un canto de raíz lírica, privilegiando la línea melódica por sobre el decir teatral.

Esa escritura encuentra una respuesta sobresaliente en un elenco que asume la enorme exigencia de la partitura con admirable solvencia.

Al frente del elenco aparece Diego Duarte Conde como Wolf, quien sostiene el eje dramático de la historia con una presencia escénica imponente. Pero es, fundamentalmente, desde lo vocal donde construye un personaje de enorme jerarquía. Poseedor de un tenor de amplia extensión, homogéneo en todos sus registros y de emisión firme, Duarte resuelve con autoridad una escritura particularmente compleja, transitando con naturalidad desde los momentos de mayor lirismo hasta aquellos de intensa carga dramática. Su interpretación evita el efectismo para apoyarse en la nobleza del fraseo y en una musicalidad que dota al personaje de verdadera dimensión trágica.

Gentileza, BMZ comunicaciones

Si Diego Duarte representa la oscuridad del relato, Antonella Cirillo encarna su corazón emocional. Su Mina encuentra en una voz de soprano de notable calidad uno de los mayores atractivos de la función. El registro agudo aparece luminoso, seguro y de impecable proyección, mientras que su centro vocal posee una riqueza tímbrica poco habitual, emergiendo con una sonoridad plena que sostiene permanentemente el conflicto interior del personaje. Cirillo no solamente canta con solvencia; construye una Mina profundamente humana, donde cada frase nace desde la emoción antes que desde el virtuosismo.

Michel Hersch desarrolla una inteligente construcción dramática. Si durante el primer acto su personaje parece desenvolverse con cierta prudencia, es en la segunda parte donde alcanza su definitiva dimensión artística. Allí encuentra su gran momento en una de las arias más inspiradas de la partitura, desplegando una voz de bello color, refinada musicalidad y creciente intensidad expresiva que termina convirtiéndose en uno de los puntos más altos de la función.

Una de las grandes revelaciones del elenco resulta Melina Kantor. Dueña de una voz joven pero sorprendentemente madura, demuestra una notable capacidad camaleónica para afrontar una escritura plagada de zonas centrales particularmente difíciles para cualquier cantante. Esa solvencia técnica se complementa con una fuerte personalidad escénica que vuelve interesante cada una de sus intervenciones. Es una de esas artistas que permiten vislumbrar un futuro de enorme proyección dentro del teatro musical argentino.

Gentileza, BMZ comunicaciones

Y merece un reconocimiento muy especial Heidy Viciedo, quien vuelve a confirmar por qué es una de las intérpretes más versátiles del género. En sus personajes de Roxana y Rubí introduce deliberadamente un lenguaje diferente al resto del elenco. Mientras la obra transita mayoritariamente una estética operística, Viciedo incorpora recursos propios de la chanson y del pop teatral sin resignar jamás el rigor técnico que exige la escritura musical. Dueña de una presencia escénica magnética, una musicalidad exquisita y una inteligencia interpretativa notable, consigue que cada aparición aporte nuevos colores a la narración.

Gentileza, BMZ comunicaciones

Pero quizás el mayor logro no resida únicamente en las destacadas individualidades.

Los cinco protagonistas conforman un verdadero quinteto vocal de excelencia. Sopranos, tenor y barítono se entrelazan en concertantes de notable complejidad, abordando armonías de gran riqueza, amplias extensiones vocales y exigentes contrapuntos que requieren una precisión pocas veces escuchada en una producción nacional. Más que un elenco de comedia musical, aquí se percibe un conjunto de intérpretes trabajando con una concepción claramente cercana al lenguaje operístico.

En este aspecto resulta decisivo el trabajo de Juan Pablo Ragonese, responsable de la dirección de coros y de los arreglos vocales. Su labor consigue que cada voz conserve identidad propia dentro del conjunto, construyendo una arquitectura sonora sólida, refinada y perfectamente equilibrada. Los grandes concertantes terminan convirtiéndose en algunos de los momentos musicales más memorables de toda la representación.

En el plano visual, la propuesta mantiene el sello inconfundible de Pepe Cibrián Campoy quien además de dirigir el espectáculo firma la puesta escénica, el libro, las letras y el diseño de iluminación  junto con Adrián Hawryszkow yAlejandro Huella. La luz deja de ser un simple recurso técnico para transformarse en un verdadero elemento dramático, modelando atmósferas de permanente tensión entre la vida y la muerte.

Las coreografías de Matías Ramos acompañan inteligentemente el desarrollo dramático, evitando el lucimiento gratuito para integrarse orgánicamente a la narración. A su vez, el refinado vestuario diseñado por Vanesa Mascolo constituye uno de los grandes aciertos visuales de la producción, aportando elegancia, riqueza estética y una identidad visual coherente con el universo gótico propuesto por Cibrián.

Pero justamente cuando la producción parece reunir todos esos méritos artísticos aparece el principal obstáculo de esta versión.

La obra se presenta en una carpa, y esa condición termina influyendo directamente sobre uno de sus mayores valores: el aspecto musical.

El inconveniente no reside en las voces. Muy por el contrario. El quinteto protagónico demuestra durante toda la función un nivel vocal de notable jerarquía, afrontando una escritura de enorme complejidad técnica con admirable solvencia. Lo que conspira contra ese trabajo es la amplificación, que en numerosos pasajes no alcanza la limpieza, la definición ni el brillo que semejantes intérpretes merecen.

A ello se suma la propia acústica del espacio. La escasa reverberancia natural produce un sonido algo plano, de poca profundidad y escasa expansión, incapaz de devolver plenamente el color, la riqueza armónica y la amplitud de voces concebidas para un repertorio de clara inspiración lírica. Esa falta de resonancia termina homogeneizando el resultado y priva al espectador de apreciar en toda su dimensión los matices, la proyección y el verdadero caudal vocal de cada uno de los solistas.

La ausencia de una orquesta en vivo —toda la representación se sostiene sobre pistas grabadas— acentúa aún más esa sensación. No compromete el profesionalismo del elenco, que realiza un enorme esfuerzo vocal y escénico, pero sí limita la experiencia sonora de una obra cuya concepción musical reclama otro tipo de espacio. No se trata simplemente de una cuestión técnica. Se trata del ámbito adecuado para una partitura de estas características.

Drácula: Resurrección posee una escritura cercana a la ópera y merece un teatro cuya acústica permita hacer plena justicia a la composición de Pablo Flores Torres, a la arquitectura coral diseñada por Juan Pablo Ragonese y, especialmente, al extraordinario trabajo vocal realizado por sus intérpretes.

A esta limitación se suma la resolución escénica. El escenario despojado, ambientada por pantalla led en resolucion promedio de 8k obliga a construir cada ambiente mediante sucesivos desplazamientos de elementos escenográficos. Los reiterados apagones entre escena y escena interrumpen el ritmo narrativo y generan una fatiga que afecta especialmente al primer acto, cuya oscuridad emocional termina percibiéndose más extensa de lo que probablemente debería.

En cambio, el segundo acto encuentra una dinámica mucho más fluida. Allí aparecen las resoluciones dramáticas, los grandes concertantes y una intensidad emocional que permite apreciar plenamente la potencia de esta historia.

Es cierto que la carpa ofrece excelentes condiciones de comodidad para el público, incluso con una calefacción impecable. Pero el «confort» no reemplaza las posibilidades acústicas, técnicas y escénicas que brinda una verdadera sala teatral.

Y uno no puede dejar de pensar que Drácula: Resurrección merece justamente eso: un teatro.

Ph Bernardo Artus @berniartus

Un espacio donde la música respire con naturalidad, donde las voces encuentren la resonancia que necesitan, donde la iluminación dialogue con una maquinaria escénica más compleja y donde las transiciones dramáticas fluyan sin interrupciones constantes.

Porque el material artístico existe. Las voces conmueven. La música posee identidad propia. La dirección conserva intacto el sello de Pepe Cibrián Campoy. La puesta revela ambición. El vestuario deslumbra. Las coreografías acompañan con inteligencia. Y el compromiso de todo el elenco resulta absolutamente incuestionable.

Quizá esta temporada represente el comienzo de un proceso de crecimiento. Quienes conocen la trayectoria de Pepe Cibrián Campoy saben que sus espectáculos evolucionan función tras función, incorporando ajustes y afinando cada detalle hasta alcanzar su mejor versión.

Drácula: Resurrección no pretende vivir de la nostalgia. Aspira a escribir una nueva página dentro de la historia del teatro musical argentino. Hoy exhibe una materia prima artística de enorme calidad. Cuando encuentre el ámbito técnico y escénico capaz de potenciar todas sus virtudes, esta ópera gótica podrá desplegar plenamente la grandeza que ya se percibe latiendo bajo sus sombras.

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