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Dos pianos: el arte de exagerar los sentimientos hasta convertirlos en música

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Dos pianos (Deux pianos, Francia/2025). Dirección: Arnaud Desplechin. Guión: Arnaud Desplechin, Kamen Velkovsky, Ondine Lauriot dit Prévost. Fotografía: Paul Guilhaume. Edición: Laurence Briaud. Elenco: François Civil, Nadia Tereszkiewicz, Charlotte Rampling, Hippolyte Girardot, Alba Gaïa Bellugi, Anne Kessler.                 Nuestra calificación: muy buena

 Arnaud Desplechin pertenece a la especie de  aquellos cineastas que creen que el amor, el dolor y el arrepentimiento solo pueden expresarse al borde del precipicio emocional. En “Dos pianos”, el realizador francés vuelve a sumergirse en ese territorio donde las pasiones se viven como catástrofes y cada encuentro parece una cuestión de vida o muerte.

La película comienza con una declaración de principios. Dos antiguos amantes se cruzan inesperadamente en el vestíbulo de un edificio de Lyon después de años sin verse. En cualquier otro filme esto derivaría en un intercambio incómodo de miradas. Aquí, en cambio, el hombre se desmaya de inmediato y la mujer huye como si acabara de cometer un crimen. Y, curiosamente, la escena funciona.

Porque Desplechin nos advierte desde el primer minuto que no estamos ante un relato naturalista, sino frente a un melodrama de alta temperatura, un universo donde los sentimientos se amplifican hasta alcanzar dimensiones operísticas.

Mathias, interpretado por un excelente François Civil, es un pianista prodigioso que ha decidido refugiarse en Tokio, lejos de la fama y de las heridas sentimentales que dejó en Lyon. El regreso a su ciudad natal se produce por la convocatoria de Elena, su antigua maestra y una legendaria concertista que desea despedirse de los escenarios interpretando un dúo junto a su discípulo.

Y es aquí donde aparece la verdadera joya de la película: Charlotte Rampling. Su Elena es un personaje formidable, una mujer de autoridad casi intimidante, capaz de destruir a cualquiera con una sola mirada. Pero detrás de esa dureza se esconde una dolorosa conciencia de la propia mortalidad y una profunda decepción ante el talento desperdiciado de su antiguo alumno. La relación entre ambos, construida a partir de silencios, reproches y admiración mutua, constituye el corazón emocional de la película.

Dr. Merengue toma la palabra…  «A ver si entendí: un pianista se desmaya al ver a su ex, la ex enviuda a la velocidad de un trámite exprés y un niño aparece como si hubiera escapado de una película de Shyamalan. Señoras y señores, Desplechin no hace cine; hace terapia grupal sin psicólogo de guardia.»

Lo cierto es que el director juega permanentemente al borde del ridículo y, sin embargo, rara vez cae en él. La trama se enreda en coincidencias improbables y giros narrativos que desafían cualquier lógica realista. La ciudad de Lyon parece habitada por apenas una docena de personas destinadas a encontrarse una y otra vez.

Pero el cine, a veces, no necesita ser creíble. Necesita ser verdadero emocionalmente. Y “Dos pianos” lo consigue.

Nadia Tereszkiewicz aporta fragilidad y misterio a Claude, el antiguo amor de Mathias, aunque su personaje es probablemente el más errático del conjunto, víctima de un guion que por momentos parece incapaz de decidir quién es realmente.

Dr. Merengue insiste… «La película avanza como si alguien hubiera mezclado a Bergman con una telenovela venezolana y luego hubiera decidido musicalizar todo con Chopin. ¿El resultado? Extrañamente funciona.»

Desde el punto de vista formal, el film es impecable. La fotografía de Paul Guilhaume envuelve la historia en una atmósfera otoñal de colores saturados y luces melancólicas, mientras la música de Grégoire Hetzel dialoga con Bach y Chopin para convertir cada emoción en un estallido sinfónico. Desplechin parece incapaz de tocar una sola nota cuando puede hacer sonar toda la orquesta.

Su único tropiezo llega en el desenlace. Sin embargo, ese «pequeño traspié» no disminuye el poder de una obra que reivindica el exceso, el melodrama y la pasión sin complejos.

Dr. Merengue concluye: «En tiempos de películas que parecen tener miedo de sentir demasiado, ‘Dos pianos’ se atreve a desafinar, a exagerar y a tocar todas las teclas al mismo tiempo. Y, curiosamente, de ese aparente caos surge una melodía profundamente humana.»

Una película imperfecta, excesiva y a veces delirante, pero también apasionada y profundamente emotiva. Desplechin vuelve a demostrar que, en el arte, algunas de las mejores melodías nacen precisamente de tocar demasiadas notas.

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