Buenos Aires, 5/III/2026. Teatro El Nacional Sancor. Company. Autores: Stephen Sondheim (música y letras) y George Furth (libro). Traducción y adaptación: Marcelo Kotliar. Dirección general: Fernando Dente. Dirección de actores: Laura Oliva. Elenco: Fernando Dente, Alejandra Radano, Diego Jaraz, Laura Silva, Hernán Kúttel, Vane Butera, Felipe Forastiere, Andrea Mango, Sebastián Holz, Denise Cotton, Sacha Bercovich, Mariel Percossi, Paz Gutierrez y Martina Loyato. Dirección musical: Damián Mahler. Dirección coreográfica: Vanesa García Millán. Dirección vocal: Eugenia Gil Rodríguez. Escenografía: Gonzalo Córdoba Estévez. Sonido: Gastón Briski. Luces: David Seldes. Vestuario: Gustavo Alderete. Sala: Teatro El Nacional (Av. Corrientes 960). Funciones: jueves a domingos a las 20 hs. Duración: 150 minutos (con entreacto). Nuestra calificación: muy buena.
Hay musicales que existen para entretener.
Y hay musicales que existen para decir algo incómodo sobre la vida.
, con música y letras de Stephen Sondheim y libreto de George Furth, pertenece claramente a la segunda especie. Estrenado en Broadway en 1970, el musical se convirtió en una especie de radiografía sentimental de la vida urbana: parejas que sobreviven más que amar, matrimonios que funcionan como tratados diplomáticos y un soltero —Bobby— que mira todo eso con curiosidad, ironía y un poco de pánico.
Es, en esencia, .
La nueva producción argentina, dirigida y protagonizada por Fernando Dente, llega con ambición, talento y una maquinaria escénica considerable. También llega con varias decisiones de adaptación que inevitablemente despiertan esa reacción tan propia del crítico teatral: .
Porque cuando uno toca a Sondheim, conviene recordar algo elemental:
. Mover piezas puede ser peligroso.
.
El primer interrogante aparece desde el inicio:
¿ ?
El musical está profundamente enraizado en New York City. No como postal turística, sino como ecosistema emocional. es el territorio natural de Bobby: una ciudad donde se puede estar rodeado de gente y, aun así, experimentar una soledad olímpica.
Aquí, en cambio, el ADN neoyorquino convive con guiños locales —el inevitable Obelisco de Buenos Aires— en un territorio teatral que parece flotar entre Broadway y la avenida Avenida Corrientes.
El resultado genera una leve fricción.
Porque ́ ́ ́: cada palabra está colocada exactamente donde debe estar.
Y cuando se altera esa maquinaria, aunque sea con buenas intenciones, .

Otro cambio significativo aparece en la escenografía.
Históricamente, se desarrollaba en , ese espacio íntimo desde el cual se desplegaban las distintas historias de pareja.
En esta versión, el diseñador Gonzalo Córdoba Estévez decide reemplazar ese hogar por distribuidas en distintos niveles.
Todo el mundo sube.
Todo el mundo baja.
Todo el mundo observa.
La estructura funciona como metáfora social, aunque por momentos roza lo gimnástico.
La salvación visual llega gracias al iluminador David Seldes, que convierte la luz en el verdadero narrador espacial de la obra. Cada escena encuentra su clima, su intimidad, su pequeño laboratorio sentimental.
Mientras tanto, el resto del elenco observa desde lo alto ́, mirando cómo Bobby se enfrenta —o evita enfrentarse— a su propia vida.
: ́
Dirigir ya es una empresa considerable.
Protagonizarla al mismo tiempo es directamente ́ ́.
Fernando Dente asume ambas tareas con inteligencia y disciplina. Su Bobby evita la caricatura del seductor serial y se acerca más a un hombre atrapado en su propio análisis emocional.
Hay elegancia actoral, solvencia vocal y una presencia escénica que sostiene el espectáculo.

El momento decisivo llega con «Estar vivo» (Being alive), donde el personaje finalmente deja de teorizar sobre el amor y empieza a admitir que tal vez —solo tal vez— necesita a alguien.
Dente lo resuelve con sensibilidad y entrega.
:
Si hay un momento donde deja de ser un buen espectáculo para convertirse en , ese momento se llama Alejandra Radano.
Su Joanne aparece como ́ .
Elegante.
Cruel.
Divertida.
Y cuando llega “Las mujeres que almuerzan” (The Ladies Who Lunch), .
Radano no canta el número: . Cada frase cae como una sentencia dirigida a esa burguesía elegante que el musical retrata con ironía devastadora.

La actriz domina la escena con autoridad absoluta.
Sin embargo, aparece una decisión escénica que desconcierta: la clásica copa de Joanne desaparece y es reemplazada por un micrófono de pie.
La idea busca teatralidad, pero elimina un símbolo central del número.
Tal vez el público no lo note.
́, , ́.
De todos modos, Radano convierte la escena en .
: ́
Otra ovación rotunda llega con Vanesa Butera.
Su interpretación de «Hoy no me quiero casar» (Getting married today) es una pequeña hazaña vocal.
La canción exige una precisión rítmica casi inhumana. Butera la atraviesa con virtuosismo técnico y una comicidad explosiva.
El resultado: .

ó
El resto del elenco funciona como una maquinaria bien aceitada: Laura Silva, Hernán Küttel, Diego Jaraz, Andrea Mango, Mariel Percossi y Martina Loyato aportan color y precisión a ese catálogo de relaciones sentimentales que Bobby observa con mezcla de fascinación y alarma.
Gran parte de ese equilibrio interpretativo se debe al minucioso trabajo de dirección actoral de Laura Oliva, que logra que cada pareja tenga personalidad propia dentro del complejo rompecabezas del musical.
́ ́
La coreografía de Vanesa García Millán aporta uno de los momentos visuales más celebrados del espectáculo.
La apertura del segundo acto recupera el espíritu del musical clásico y dialoga claramente con el estilo de Bob Fosse.
La secuencia evoca tanto la teatralidad de Pippin como la estética coreográfica de Chicago.
El resultado es ́ , que provoca una de las grandes ovaciones de la noche.

:
Un apartado que merece elogio sin reservas es el sonido diseñado por Gastón Briski.
En un musical de Sondheim —donde cada palabra cuenta— la claridad es vital.
Aquí todo se escucha ́, .
Bajo la dirección de Damián Mahler, la orquesta sostiene la compleja partitura con elegancia y precisión, en una reducida formación.

Esta versión argentina de es sólida, ambiciosa y musicalmente muy bien ejecutada.
Pero también confirma algo que muchos directores descubren tarde:
. Mover una pieza puede alterar el mecanismo.
Aun así, cuando la música comienza y los personajes empiezan a confesar sus miserias sentimentales, el musical vuelve a demostrar por qué sigue siendo un clásico.
Porque detrás de todas esas escaleras, luces y adaptaciones, sigue latiendo la misma pregunta que Sondheim formuló hace más de medio siglo:
… ¿ ?
