(Buenos Aires, Teatro Colón, 19 de julio de 2026) Alice’s Adventures in Wonderland. Ballet en dos actos inspirado en la novela victoriana para niños Las aventuras de Alicia en el país de las maravillas, de Lewis Carroll. Coreografía: Christopher Wheeldon. Música: Joby Talbot. Dramaturgia: Nicholas Wright. Ballet Estable del Teatro Colón. Director: Julio Bocca. Solistas destacados: Noel Rodilla (Alicia); Davis Gomes (Jack / Sota de Corazones); Ayelén Sánchez (Reina de Corazones / Madre); Yosmey Carreño (Conejo Blanco); Nicolás Da Silva (Lewis Carroll / El Mago / El Sombrerero). Orquesta Filarmónica de Buenos Aires. Dirección musical: David Briskin. Diseño de escenografía y vestuario: Bob Crowley. Diseño de iluminación: Natasha Katz. Diseño de sonido: Andrew Bruce. Proyecciones: Jon Driscoll y Gemma Carrington. Orquestaciones: Joby Talbot y Christopher Austin. Producción original: The Royal Danish Ballet y The Royal Swedish Ballet. Nuestra calificación: Excelente.
Hay espectáculos que entretienen. Otros deslumbran. Y, muy de vez en cuando, aparece alguno que devuelve al ballet su capacidad de sorprender. “Alice’s Adventures in Wonderland”, presentada por el Ballet Estable del Teatro Colón, en una producción realizada junto a The Royal Danish Ballet y el Royal Swedish Ballet, pertenece sin dudas a esta última categoría.
Inspirada en la inmortal obra de Lewis Carroll, esta versión encuentra el delicado equilibrio entre la fidelidad al espíritu del original y una dramaturgia escénica moderna que convierte el absurdo en poesía visual. No pretende ilustrar el libro; lo reinventa desde la danza, el teatro y una maquinaria escénica que funciona con precisión milimétrica.
Desde el primer cuadro queda claro que el gran protagonista es el Ballet Estable del Teatro Colón. El conjunto exhibe un nivel técnico y artístico que confirma el extraordinario momento que atraviesa la compañía. Pero, sobre todo, demuestra algo mucho más difícil de conseguir: cada bailarín interpreta, construye un personaje y actúa. No son meros ejecutantes de pasos; son auténticos actores del movimiento. Esa teatralidad permanente convierte cada escena en un pequeño universo dramático donde la técnica está siempre al servicio del relato.
Al frente del elenco, Noel Rodilla, como Alicia, realiza una interpretación admirable. Su composición está atravesada por el asombro permanente, la curiosidad infantil y una dulzura que jamás cae en la ingenuidad. Rodilla baila con una musicalidad impecable, pero, más importante aún, construye una Alicia profundamente humana, capaz de transmitir emoción incluso en los momentos de mayor virtuosismo técnico.

Davis Gomes ofrece un Jack de notable presencia escénica y resuelve con solvencia su participación como Sota de Corazones, aportando nobleza, energía y dinamismo a ambos personajes.
Si hubo una artista que terminó robándose una de las mayores ovaciones de la noche fue Ayelén Sánchez. Su Reina de Corazones combina simpatía, ferocidad y una admirable ductilidad interpretativa. El gran adagio del personaje constituye uno de los momentos culminantes del espectáculo: poderoso, elegante y teatral, confirmando a Sánchez como una intérprete de enorme madurez artística.

También merecen destacarse Yosmey Carreño, un extraordinario Conejo Blanco, dueño de una presencia escénica magnética, y Nicolás Da Silva, quien asume con notable versatilidad los roles de Lewis Carroll, el Mago y el Sombrerero. Uno de los grandes aciertos dramatúrgicos de Christopher Wheeldon es la incorporación del número de tap del Sombrerero, concebido como un refinado tributo a la edad de oro de Broadway y al inigualable Fred Astaire. Da Silva se adueña de la escena con una mezcla de virtuosismo, elegancia y carisma, dialogando con la orquesta en un contrapunto rítmico de impecable precisión. Es uno de esos instantes en que danza y música parecen improvisar una misma respiración, provocando el aplauso espontáneo de toda la noche.
El resto de los solistas mantiene un nivel sobresaliente. Cada variación está construida con precisión, musicalidad y una evidente búsqueda interpretativa. No hay personajes secundarios: todos forman parte de una maquinaria teatral perfectamente sincronizada, donde cada aparición suma color, humor y dinamismo a una propuesta escénica sencillamente brillante.
Uno de los grandes triunfos de la producción reside precisamente en esa integración entre coreografía, actuación y diseño visual. Todo sucede a tempo, sin fisuras, con una fluidez que convierte las complejas transformaciones escénicas en parte natural del relato. Resulta especialmente notable cómo Christopher Wheeldon exige a sus intérpretes no sólo excelencia técnica, sino una permanente construcción teatral del personaje. Cada gesto, cada mirada y cada desplazamiento poseen un sentido dramático. Y luego está la música.
La partitura de Joby Talbot confirma por qué se ha convertido en una de las grandes composiciones para ballet del siglo XXI. Algunos suelen afirmar, con cierto tono despectivo, que «recuerda a una comedia musical». Como si ello constituyera un defecto. Todo lo contrario.
Estamos frente a una obra estrenada en 2011 cuya dramaturgia dialoga con el lenguaje contemporáneo sin perder la riqueza sinfónica. Talbot construye una partitura extraordinariamente dúctil, donde la percusión impulsa permanentemente la acción dramática y las texturas orquestales evocan por momentos la vitalidad rítmica de Leonard Bernstein, ciertos perfiles orquestales de Dmitri Shostakovich y ese inconfundible sentido narrativo que el propio compositor desarrolla a lo largo de toda su producción.
La música jamás acompaña: narra. Empuja a los personajes, comenta la acción, ironiza, acelera, respira y juega con el espectador exactamente igual que lo hace Carroll con sus palabras.

En ese sentido, la dirección musical del canadiense David Briskin, profundo conocedor de esta partitura, resulta decisiva. Su lectura mantiene una admirable claridad narrativa, permitiendo que cada motivo musical dialogue con la escena sin perder nunca el equilibrio con los bailarines. Bajo su conducción, la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires responde con precisión y brillo, destacándose especialmente una sección de percusión de extraordinaria calidad, verdadero motor dramático de la obra y protagonista silenciosa de buena parte de la arquitectura sonora concebida por Talbot.
La producción, además, deslumbra por su despliegue visual. Escenografía, iluminación, vestuario, proyecciones y efectos teatrales construyen un universo donde cada transformación parece surgir naturalmente de la imaginación. Todo está al servicio del relato y nunca del mero artificio.
Veredicto
En tiempos donde muchas producciones parecen conformarse con repetir fórmulas conocidas, “Alice’s Adventures in Wonderland” recuerda que el ballet también puede ser espectáculo, teatro, humor, fantasía y emoción al mismo tiempo.
La notable respuesta del Ballet Estable del Teatro Colón, sumada a una producción internacional de altísimo nivel, convierte esta versión en un verdadero acontecimiento artístico.
No resulta exagerado afirmar que estamos ante una de las mejores producciones de ballet presentadas en el Teatro Colón en los últimos años. Una obra que confirma que la danza sigue siendo capaz de sorprender, emocionar y despertar ese asombro infantil que Alicia descubre al atravesar la madriguera.
Christopher Wheeldon creó un ballet moderno que ya puede considerarse un clásico del siglo XXI. El Teatro Colón, con su Ballet Estable, su Orquesta Filarmónica y un elenco de enorme compromiso artístico, le hace pleno honor.
Porque hay noches en las que el Teatro Colón no sólo presenta un espectáculo: crea un mundo entero.
