Martin McDonagh vuelve a demostrar que pocos cineastas contemporáneos saben encontrar tanta humanidad entre personajes tan despreciables. En Wild Horse Nine, la violencia convive con la carcajada, la crueldad con la ternura y la culpa con una posibilidad de redención que nunca termina de concretarse. Su cine parece combinar a Quentin Tarantino con Samuel Beckett: diálogos corrosivos, humor negro y personajes que hablan sin descanso para no enfrentarse al vacío de su propia existencia.
Ambientada en 1973, poco antes del golpe de Estado contra Salvador Allende, la película sigue a Chris (John Malkovich) y Lee (Sam Rockwell), dos agentes de la CIA destinados en Santiago de Chile. Después de décadas de operaciones clandestinas y asesinatos, ambos comienzan a descubrir que la organización a la que entregaron sus vidas puede convertirse en su peor enemiga.
Chris padece un cáncer avanzado, consume morfina y pierde progresivamente la memoria. Antes de morir, desea viajar a Isla de Pascua para contemplar los moái que lo fascinan. Lee lo acompaña, aunque el viaje también implica vigilar que su compañero no revele secretos capaces de comprometer a la agencia.
Durante el trayecto conocen a Mónica (Mariana Di Girolamo) y Alicia (Ailín Salas), dos jóvenes chilenas de izquierda que simpatizan con Allende. Lo que parece una excursión extravagante termina convirtiéndose en un inquietante juego de lealtades, traiciones y supervivencia.
McDonagh encuentra en esta situación el terreno ideal para su particular humor: dos asesinos profesionales, una isla remota y la incómoda posibilidad de que alguno deba eliminar al otro.
Beckett y el absurdo de la existencia
Chris y Lee parecen descendientes de Vladimir y Estragón, los protagonistas de Esperando a Godot. Como ellos, permanecen atrapados en una espera cuyo desenlace conocen, aunque prefieran evitarlo. Discuten por cuestiones insignificantes, se insultan y se contradicen porque el silencio los obligaría a mirar de frente la muerte.
La película adquiere también una dimensión política. Chile no es un simple decorado histórico: la presencia de los agentes estadounidenses remite a la intervención de Estados Unidos en América Latina y a la facilidad con la que una potencia convierte otros países en escenarios de sus operaciones.
Chris menciona Guatemala, el Congo, Cuba y Vietnam con la naturalidad de quien enumera antiguos destinos laborales. Su memoria personal termina convirtiéndose en un archivo de las heridas del siglo XX.
Una de las imágenes más reveladoras aparece en su relación con las polillas. Después de haber asesinado a decenas de personas, Chris se preocupa por capturar insectos y liberarlos para evitar que mueran bajo la lluvia. La contradicción resulta magnífica: un hombre capaz de destruir vidas humanas necesita salvar pequeños insectos para reconocerse alguna forma de bondad.
Malkovich y Rockwell: dos interpretaciones extraordinarias
John Malkovich entrega una interpretación sobresaliente. Su Chris es arrogante, provocador y desagradable, pero también profundamente vulnerable. La voz, los silencios, el cansancio físico y los olvidos construyen a un hombre que comienza a perder su memoria, precisamente aquello que podría incriminarlo y definirlo.
El actor consigue que un personaje repulsivo resulte, por momentos, conmovedor. Su trabajo merece consideración en la próxima temporada de premios, incluido el Óscar.
Sam Rockwell está a su altura. Su Lee combina exasperación, ironía y una tristeza creciente. Tiene la difícil tarea de escuchar y reaccionar frente a la personalidad dominante de Malkovich, y consigue que cada gesto complete aquello que las palabras no dicen.
Parker Posey aporta veneno y comicidad como Marge, mientras Steve Buscemi compone a un burócrata de la muerte capaz de ordenar un asesinato con la misma naturalidad con la que corregiría un trámite administrativo. Tom Waits completa este singular universo de personajes excéntricos.
Mariana Di Girolamo y Ailín Salas representan a una generación chilena que todavía cree posible defender sus convicciones políticas. Sin embargo, sus personajes reciben menos desarrollo del que merecen: la narración continúa demasiado concentrada en las miserias de la fraternidad masculina.
Rapa Nui: un paisaje que observa
La fotografía de Ben Davis encuentra en Rapa Nui un aliado fundamental. Los moái parecen observar a los protagonistas con una indiferencia monumental. Han sobrevivido a imperios, conflictos y generaciones de hombres convencidos de su propia importancia.
El océano, los caballos salvajes y los atardeceres amplían visualmente una historia que podría haber transcurrido sobre un escenario teatral desnudo. El paisaje no es solamente bello: establece un contraste entre la permanencia de la historia y la insignificancia de sus protagonistas.
No todo alcanza, sin embargo, la misma altura. Algunas provocaciones parecen demasiado conscientes de la reputación del director. Por momentos, McDonagh parece repetir una fórmula que conoce demasiado bien. Sin embargo, la vulnerabilidad que Malkovich introduce en su personaje termina otorgándole a la película una profundidad que supera sus previsibilidades.
La última posibilidad de redención
Debajo de los insultos, las bromas y los cadáveres permanece una pregunta profundamente religiosa: ¿puede un hombre encontrar alguna forma de gracia después de haber dedicado su vida a matar?
McDonagh evita cualquier absolución sencilla. Chris siente compasión por las polillas, pero continúa justificando sus crímenes. Lee comienza a reconocer el vacío de su existencia, aunque eso no lo convierte en inocente.
La amistad entre ambos constituye la última zona de humanidad disponible. No borra sus responsabilidades, pero les permite descubrir que todavía pueden realizar un gesto que no responda a una orden ni a una conveniencia profesional.
Wild Horse Nine es una película sólida, visualmente atractiva y sostenida por interpretaciones extraordinarias. Uno de los protagonistas sostiene que el mundo comenzó a pudrirse después del asesinato de John F. Kennedy. La película observa Chile en 1973 y recuerda las intervenciones de la CIA, permitiendo sospechar que quizá su diagnóstico es demasiado optimista. Tal vez el mundo siempre estuvo podrido.
Pero incluso entre las ruinas, dos hombres pueden acompañarse frente a la muerte, salvar una polilla de la lluvia o descubrir una última forma de lealtad.
En el universo de Martin McDonagh, semejante gesto no alcanza para redimir una vida. Pero acaso sea suficiente para demostrar que no todo está perdido.
