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La ópera no necesita sobrevivir: necesita seguir incomodando

LECTURA RECOMENDADA

La ópera no está muriendo. Lo que quizás esté llegando a su fin es una determinada manera de entenderla. Y conviene no confundir ambas cosas.

Durante demasiado tiempo, el género lírico quedó atrapado entre dos posiciones igualmente peligrosas: quienes lo consideran un patrimonio intocable, condenado a reproducir eternamente las convenciones de otras épocas, y quienes creen que para mantenerlo vivo es necesario someterlo a una cirugía estética permanente. Entre el museo y el laboratorio existe, sin embargo, un territorio mucho más interesante: el del teatro que se atreve a pensar su tiempo sin renunciar a su identidad.

Porque la ópera no es solamente música, ni una sucesión de arias extraordinarias, ni el exhibicionismo de una garganta privilegiada. Es conflicto, contradicción, pasión, poder, muerte, deseo y, fundamentalmente, humanidad. Su extraordinaria capacidad de supervivencia reside precisamente en que puede hablar de nosotros incluso cuando sus historias transcurren en mundos que ya no existen.

Pero hay una pregunta que merece formularse: ¿toda actualización escénica representa necesariamente una evolución?

Trasladar una tragedia del siglo XIX a un contexto contemporáneo no garantiza una lectura inteligente. Vestir a Violetta con ropa actual, convertir a Rigoletto en un personaje de nuestros días o trasladar Tosca a un escenario político reconocible puede ser una decisión reveladora, pero también un ejercicio de arbitrariedad. La modernidad no se mide por la cantidad de pantallas, proyecciones, estructuras metálicas o conceptos provocadores que se incorporan a una puesta. Se mide por la capacidad de encontrar una mirada que ilumine aquello que la obra todavía tiene para decir.

El Regietheater, cuando está sostenido por una dramaturgia consistente, puede descubrir dimensiones insospechadas del repertorio. Cuando se convierte en un fin en sí mismo, corre el riesgo de desplazar la obra para imponer el ego de quien la dirige. Y allí aparece una paradoja: en nombre de la libertad creativa, algunas producciones terminan privando al espectador de la libertad de interpretar.

Tampoco debemos convertir el canon en una religión. Verdi, Mozart, Wagner, Puccini o Strauss no necesitan custodios que los protejan de cualquier intervención. Sus partituras contienen una riqueza dramática que admite múltiples lecturas. Lo que sí necesitan es respeto por su arquitectura musical, por la palabra, por las exigencias vocales y por la relación indisoluble entre música y dramaturgia.

La voz humana continúa siendo el gran acontecimiento de la ópera. Ningún dispositivo audiovisual puede reemplazar la emoción física que produce una emisión extraordinaria, un pianissimo sostenido, un fraseo de inteligencia musical o un agudo que no sea solamente una demostración de potencia, sino la consecuencia inevitable de una construcción dramática. La técnica vocal no es un obstáculo para la teatralidad: es parte esencial de ella.

Y aquí aparece otra discusión incómoda: ¿estamos formando espectadores o simplemente buscando consumidores de experiencias visuales? Si la puesta necesita explicar permanentemente lo que la música ya está expresando, quizás algo se haya perdido en el camino. La ópera exige escucha, concentración y disponibilidad emocional. No todo debe ser inmediato, explícito o espectacular.

El desafío de los teatros no consiste en competir con el cine, las plataformas digitales o los grandes espectáculos tecnológicos. Consiste en recordar aquello que ninguna pantalla puede reproducir plenamente: la experiencia irrepetible de un cuerpo humano cantando frente a otro cuerpo humano, en un espacio compartido, sin posibilidad de edición ni repetición.

Por eso, el regreso de la lírica al centro del debate cultural no debería medirse únicamente por la cantidad de nuevas producciones, los encargos contemporáneos o las innovaciones escenográficas. Debería medirse por la calidad de las preguntas que esas producciones son capaces de formular.

La ópera necesita compositores que se atrevan a escribir el presente, directores que sepan leer el pasado sin someterse a él, cantantes que comprendan que la excelencia vocal no está reñida con la verdad actoral y teatros que entiendan que el patrimonio no se conserva encerrándolo, sino poniéndolo nuevamente en circulación.

Entre el canon y la vanguardia no debería existir una guerra. La tradición no es una condena y la innovación no constituye, por sí sola, una virtud. Una obra puede ser radicalmente contemporánea sin abandonar su lenguaje original, del mismo modo que una producción llena de recursos tecnológicos puede resultar artísticamente anacrónica.

Quizás la verdadera revolución consista en recuperar algo que nunca debimos perder: la capacidad de emocionarnos, pensar y discutir después de bajar el telón.

Porque una ópera verdaderamente viva no es aquella que consigue que todos estén de acuerdo con su puesta en escena. Es aquella que consigue que nadie salga del teatro exactamente igual a como entró.

Y si la lírica todavía puede provocar esa inquietud, entonces no necesita demostrar que pertenece al siglo XXI. Necesita, sencillamente, seguir siendo necesaria.

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