¡Ave María Purísima! La Argentina se ha convertido en una superproducción donde todos quieren desfilar por la alfombra roja, algunos disfrutan de los privilegios del elenco principal y otros, bastante menos afortunados, terminamos pagando la entrada, el hotel, el traslado y hasta el catering imaginario.
Bienvenidos al 41.º Festival Internacional de Cine de Mar del Plata, categoría A de la FIAPF. Una distinción internacional que merece respeto, cuidado y, sobre todo, una organización a la altura de semejante responsabilidad.
Pero comencemos por el principio: ́ ́ ?
Cecilia Roth, extraordinaria actriz argentina, merece todos los reconocimientos, pero no podemos venderla como si acabara de aterrizar desde Hollywood. Eva De Dominici integra el jurado, Carlos Cuarón también aporta su presencia, Martin McDonagh envió un saludo y la región nórdica es la Invitada de Honor. Entre las personalidades convocadas aparece Andrea Rincón.
Con todo respeto por cada uno de ellos, uno se pregunta si estamos ante una verdadera constelación internacional o ante un cambalache de nombres, invitaciones y expectativas.
No vaya a ser que confundamos el glamour de Cannes con la reunión de consorcio de la esquina. Porque una cosa es tener categoría A y otra muy distinta es estar a la altura de esa categoría.
Y aquí comienza la verdadera comedia. Una que no necesita guionistas, porque la realidad se ocupa de escribirla.
Están los invitados, los privilegiados, los que tienen acceso, los que circulan, los que posan, los que reciben atenciones y los que parecen tener siempre una puerta abierta.
Y después estamos .Los periodistas que viajamos por cuenta propia, pagamos nuestros pasajes, nuestro alojamiento, nuestras comidas y nuestra estadía. Los que no tenemos una institución detrás, una tarjeta corporativa, un padrino festivalero ni un amigo que nos consiga una butaca.
En mi caso, ́ ́ . Nadie financió el desplazamiento. Ninguna institución puso un peso. No hubo invitación con hotel frente al mar ni una cortesía celestial caída del cielo.Vine a trabajar. A cubrir cine. A escribir críticas. A ejercer el periodismo internacional desde un medio independiente.
Pero parece que, además de pagar la cuenta, uno debe desarrollar una nueva especialidad: ́ .
Porque una cosa es estar acreditado y otra, aparentemente, conseguir ingresar a las funciones. Mientras algunos periodistas cuentan con acceso activo, otros debemos peregrinar para obtener una localidad. Una de nuestras cronistas todavía espera poder conseguir entradas para realizar su cobertura.
¡Qué organización tan cinematográfica!
¿Hay acreditaciones que abren puertas y otras que apenas sirven para decorar el cuello? ¿Existen distintos niveles de prensa? ¿Quién determina quién entra y quién espera? ¿Cuáles son los criterios para distribuir el acceso a las funciones?
No estoy afirmando que existan privilegios concedidos por amistad. Pero cuando algunos tienen acceso garantizado y otros periodistas acreditados deben salir a buscar una entrada, .
Y mientras tanto, las localidades se ofrecen al público en preventa.
¡Maravilloso! El espectador compra su entrada y sabe que podrá ver la película. El periodista paga el viaje, el hotel, la comida, llega a cubrir el festival y todavía debe preguntarse si conseguirá una butaca.
¿La acreditación es una autorización para cubrir el festival o una estampita conmemorativa?
No pedimos champagne, alfombra propia, palco ni chofer. Pedimos algo bastante menos sofisticado: condiciones razonables para trabajar, criterios claros y el mismo respeto profesional para todos.
Porque la prensa no es un accesorio de la alfombra roja. No está allí para completar la fotografía institucional ni para aplaudir cuando pasan los invitados.
Y si un festival de categoría A no comprende la importancia de los periodistas que viajan, invierten y trabajan para darle proyección internacional, quizá deba revisar sus prioridades.
Propongo, con toda humildad, instituir nuevos galardones:
– Premio al periodista VIP con acceso ilimitado.
– Premio al cronista que consiguió una butaca sin conocer a nadie.
– Premio especial a la paciencia del acreditado que espera una respuesta.
– Y, naturalmente, .
Este último debería tener una estatuilla especial: una billetera vacía sobre una llena
Y mientras unos buscan estrellas y otros buscan entradas, aparece Tralovento, la película que decidió abandonar la programación antes de la apertura.
El director Eloy Domínguez Serén y el productor Felipe Lage Coro retiraron el largometraje por su desacuerdo con la sección dedicada al cine israelí contemporáneo y la colaboración institucional con la Embajada de Israel.
El episodio merece una discusión seria. Porque una película israelí no es automáticamente una declaración de apoyo al Gobierno de Israel, del mismo modo que una película argentina no representa necesariamente al Gobierno argentino.
Pero tampoco alcanza con mirar hacia otro lado. Cuando una institución cultural toma decisiones que tienen implicancias políticas, debe estar dispuesta a explicarlas. Y cuando un realizador decide retirar su obra, también tiene derecho a expresar sus razones.
¿Y el Festival? ¿Cuál es su posición? ¿Qué explicación ofrece?
El silencio institucional puede ser una estrategia de comunicación, pero no necesariamente una buena respuesta.
Quizá el año próximo convenga sumar una sección: Cine, diplomacia y desaparición de respuestas. Material, por lo visto, no va a faltar.
La cartelera argentina suma otro acontecimiento: la visita de León XIV.
Uno supondría que recibir al Papa exige comprender la dimensión institucional, diplomática y simbólica de semejante acontecimiento. No se trata de una fotografía más ni de una oportunidad para alimentar el álbum personal de ningún funcionario.
El protocolo no es una extravagancia de aristócratas. Es una forma de respeto. Es comprender a quién se recibe, a quién se representa y qué lugar ocupa cada uno en una ceremonia.
Y aquí aparece nuestro Presidente, Javier Milei, cuyo estilo personal suele desafiar los manuales de ceremonial.
Señor Presidente: la espontaneidad puede ser encantadora en una sobremesa, pintoresca en una entrevista y hasta útil para construir una identidad política.
No todo es una puesta en escena para el lucimiento personal. No toda ceremonia es una oportunidad para convertirse en protagonista. Y no todo invitado tiene por qué terminar convertido en extra de una performance presidencial.
Se puede ser irreverente sin ser descortés. Se puede tener personalidad sin confundirla con el protocolo de la República.
Propongo, entonces, incorporar una nueva materia en la formación de nuestros funcionarios: Ceremonial para principiantes: cómo recibir a un invitado sin convertirlo en extra de nuestra propia
Un festival internacional necesita estrellas, sí. Pero también necesita películas, debate, pluralidad, organización y periodistas que puedan hacer su trabajo. La categoría A no puede ser una medalla para exhibir mientras se descuida a quienes contribuyen a darle visibilidad.
Mis queridos peripatéticos Argentum, propongo una última distinción: que la próxima alfombra roja tenga dos carriles. Uno para los VIP, con flashes, sonrisas y copas; otro para los que pagan el viaje, el hotel y la
Y recuerden: en el espectáculo argentino abundan los protagonistas, escasean los buenos guiones y nunca falta alguien dispuesto a pagar la producción.
