Tucumán 712, casi esquina Maipú (C.A.B.A)
Noemí D’Angelo vuelve a habitar las salas de la Galería Palermo H con una propuesta que no solo reafirma, sino que profundiza con admirable coherencia el sello poético que define su trayectoria. En esta nueva serie de pinturas y collages, la creadora retoma aquellos ejes cardinales de los que ya dábamos cuenta en su exposición de 2023: la mimesis indisoluble entre la materia pictórica y el papel recortado, junto a un compromiso devocional por la indagación de la figura humana.
Al adentrarse en la sala, la primera impresión es inconfundible: estamos ante una puesta en escena. Las piezas articulan una espacialidad marcadamente teatral donde seres silenciosos, capturados en momentos de profunda introspección, habitan vastos escenarios abstractos. Son espacios despojados de escenografía figurativa, pero impregnados de una luminosidad interna que baña a las figuras. Seres que, ajenos a la mirada del observador, parecen deambular por una representación suspendida en el tiempo. Como bien señala Roberto Gutiérrez en el catálogo de la muestra, nos enfrentamos a «seres que habitan espacios, caminan juntos, observan, y descubren otros mundos, otras vidas…». ¿Es este, acaso, el gran teatro de la vida?
En el análisis minucioso de sus obras, la mirada —tanto la de los personajes como la que el espectador debe proyectar— se convierte en la clave hermenéutica del conjunto.
En una de las piezas más estructuradas del recorrido, D’Angelo dispone a un grupo de figuras sobre un bloque de púrpura vibrante que funciona como un proscenio improvisado. Los rostros, resueltos mediante un collage que se funde sin costuras con los fondos ocres y dorados, eluden deliberadamente el contacto visual con el espectador. Miran de perfil, hacia los márgenes o entre sí, construyendo un coro de mutismos donde la mimesis técnica entre el papel y la pintura roza la perfección.

En otras obras del conjunto, la composición se torna más celular y poética. La arquitectura del cuadro se erige a partir de planos verticales en púrpuras, rosas y amarillos que evocan torres u orillas de un escenario inmaterial. Aquí, la figura humana no aparece entera, sino fragmentada: ojos aislados, rostros parciales que asoman por las grietas de la pintura como vigías en un mundo orírico, rodeando focos de luz blanca o formas geómetras que concentran la tensión dramática.

La artista explora asimismo la disolución de la presencia en lienzos dominados por tonalidades tierra, xilografías implícitas y matices oxidados. Allí, la materia pictórica parece devorar la forma; las siluetas se vuelven transparentes, los cuerpos se fragmentan hasta el extremo de la huella, y los textos recortados se disuelven en la superficie como fragmentos de un diálogo teatral cuyo texto se ha perdido. Es el triunfo del silencio y la memoria del cuerpo.
Finalmente, en los trabajos donde la artista escala al primer plano, la mirada se vuelve confrontativa. Rostros yuxtapuestos y cortados de manera más contundente desafían la distancia con el observador. Sin embargo, aun en esa cercanía, la mirada se presenta incompleta o rasgada, reforzando la idea de una identidad que se busca a sí misma a través del pliegue y del pigmento.

La nueva producción de Noemí D’Angelo es una lección de rigor técnico y sensibilidad poética. Hay que estar dispuesto a traspasar el límite del lienzo, aceptar la invitación a entrar en los mundos de estos seres y dejarse llevar por la magia de su teatro silencioso. Una cita imprescindible con el arte contemporáneo, en las salas de Palermo H.
