domingo, 11 de octubre de 2026
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La Argentina: murió el cargo, cobro el difunto y al final quienes son???

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Una opereta nacional en varios actos. Cualquier parecido con la realidad es responsabilidad de quienes la administran.

Mis queridos peripatéticos Argentum:

Si Kafka hubiera nacido en la Argentina, El proceso habría sido una comedia de enredos; Ionesco habría terminado en la Oficina Anticorrupción y Offenbach, después de escuchar nuestros presupuestos, habría pedido un subsidio para suicidarse artísticamente.

Aquí la burocracia no tiene puertas giratorias: tiene puertas giratorias con liquidación final, alfombra roja y reincorporación al día siguiente. Según informaciones difundidas, Daniel Alfredo Neira habría dejado el ENACOM con una liquidación neta cercana a los 110 millones de pesos y habría sido designado en el INTA desde el día siguiente. La secuencia no demuestra por sí sola ninguna ilegalidad, pero merece una explicación que no requiera un doctorado en espiritismo administrativo.

¡Qué país generoso! Uno abandona un organismo y, antes de que la tinta del finiquito se seque, reaparece en otro. ¡Lázaro, al lado de ciertos expedientes, era un aficionado! La diferencia es que a Lázaro lo resucitó un milagro; aquí, al menos según lo informado, bastaron veinticuatro horas y una firma.

El ciudadano común, en cambio, puede pasar años esperando que le reconozcan un trámite, una jubilación o una devolución. Para él no hay resurrección: apenas cuidados paliativos para el bolsillo. En la Argentina, algunos funcionarios vuelven a la vida laboral antes de que el contribuyente termine de pagarles el entierro.

Pero no se me aflijan, mis queridos. La función tiene segundo escenario, y allí la muerte también es un asunto administrativo: en el Teatro Colón, las viejas glorias no mueren nunca; se embalsaman en la memoria, se perfuman con nostalgia y se exhiben en los palcos como reliquias de una aristocracia que, de tanto mirarse al espejo, terminó confundiendo el abolengo con el talento.

En el palco imaginario del Luzuriaga Country Club, Cocota Vermichelli de Garronier y Pirincho Aeroperol —dos eminencias de la crítica universal, aunque jamás hayan reconocido una nota musical sin consultar el programa— comentan Les Contes d’Hoffmann.

—¡Pirincho, darling! ¿Pero quiénes son estos cantantes extranjeros? ¿Sus madres los conocerán?

—¡Una vergüenza, Cocota! ¡Una afrenta a la patria! ¡Tenemos artistas argentinos!

—¡Por supuesto, querido! Aunque, entre nos, yo tampoco sabría decirte quiénes son todos los argentinos, pero a los extranjeros hay que exigirles más. ¡Para eso vienen de afuera!

La lógica de Cocota es impecable: si no conoce al artista, desconfía; si tiene apellido impronunciable, sospecha; si triunfa en Europa, pregunta quién lo recomendó. Y si canta bien, peor todavía: le arruina la teoría.

Dos mozas, mientras plumerean los bustos de madame Pompadour y Clotilde Alzaga Unzué —con perdón de los bustos y del plumero—, intercambian una mirada de esas que no necesitan subtítulos.

—Mirá vos, Nélida: para los cargos públicos piden transparencia y para las voces del Colón, partida de nacimiento, árbol genealógico y certificado de bautismo.

—¡Callate, mujer! Que si siguen investigando tanto, terminan descubriendo que algunos de los que pontifican desde el palco tampoco saben quién canta ni qué cantan. ¡Pero eso sí: tienen abono!

Pirincho, indignado por la modernidad, se lleva la mano al pecho:

—¡Ay, Cocota! ¿Dónde quedó la época de Baquier, cuando íbamos al gallinero a escuchar a Mady Mesplé?

—¡Qué tiempos, Pirincho! —responde Cocota—. ¡Hasta en el gallinero había categoría!

Naturalmente, Cocota jamás admitiría que la memoria embellece el pasado con la misma generosidad con que ciertos organismos liquidan sus cuentas. En su recuerdo, todos cantaban como dioses, todos los directores eran genios y hasta el acomodador tenía más cultura que el ministro de turno.

Pero conviene aclararlo antes de que los guardianes del santuario se persignen: defender a los artistas argentinos no exige declarar la guerra a los extranjeros; y añorar a Mady Mesplé no convierte a nadie en dueño perpetuo de la ópera. El talento no necesita pasaporte, aunque algunos palcos parezcan una oficina de Migraciones con cortinados de terciopelo.

Y aquí es donde nuestros dos escenarios se dan la mano, aunque preferirían hacerlo con guantes blancos: en uno se pregunta quién merece un cargo, cuánto cobra y con qué fundamento; en el otro, quién merece subir a escena, quién lo eligió y con qué criterio. La diferencia es que en el Colón, al menos, la música puede salvar la noche. En la burocracia, a veces ni el Réquiem consigue ponerle un final digno al expediente.

El Teatro Colón no puede vivir eternamente de sus mármoles, su acústica y la reverberación de un pasado glorioso. La acústica puede amplificar una voz; no puede amplificar el criterio de quienes programan. Y los mármoles, por nobles que sean, tampoco aplauden. Aunque, en ciertos palcos, uno sospecha que alguna estatua tiene más oído que sus ocupantes.

Mientras tanto, en los despachos se suceden las firmas; en los palcos, las sentencias; y en la Argentina real, el ciudadano paga la entrada, el intervalo, el guardarropa y hasta la ambulancia para salir del teatro.

Unos resucitan con nombramiento; otros, con un apellido; el contribuyente es el único que no puede volver de la muerte porque todavía está pagando las cuotas del ataúd.

¡Qué país extraordinario! Aquí el absurdo tiene presupuesto, la vanidad tiene palco, la nostalgia tiene abono y la transparencia sigue esperando que la llamen por ventanilla.

Kafka habría pedido explicaciones. Ionesco habría escrito una comedia. Offenbach, una opereta. Y el Dr. Merengue, después de revisar la factura, habría solicitado la devolución del dinero.

Pero le habrían contestado que el trámite demora de seis a ocho meses, que falta una fotocopia y que el funcionario que debe firmarla acaba de asumir en otro organismo.

Y colorín colorado: el muerto cobró, el vivo fue nombrado y el contribuyente quedó enterrado.

Por el Dr. Merengue, desde el gallinero imaginario del Luzuriaga Country Club, donde todos son expertos, nadie paga la cuenta y el único que conoce el argumento es el acomodador.

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