EL RITUAL DE LAS SOMBRAS Y LOS ESPEJISMOS DEL ARTE
(Buenos Aires, 14/ 10 / 2026, Teatro Colón). Les contes d’Hoffmann. Ópera en tres actos con prólogo y epílogo. Música: Jacques Offenbach. Libreto en francés: Jules Barbier. Orquesta y Coro Estables del teatro Colón. Dirección musical: Carlos Montanaro. Dirección escénica, diseño de escenografía, vestuario e imágenes: Eugenio Zanetti. Director de Coro: Mtro. Miguel Martinez. Solistas: Leonardo Caimi, Daniela Prado, Constanza Diaz Falú, Laura Pisani, Mariana Carnovali, Nahuel Di Pierro, Pablo Urban, Mario De Salvo, Gabriel Centeno, Lean Sosa, Leonardo Fontana, María Lujan Mirabelli y Augusto Nureña. Nuestra calificación: buena.
La lírica, cuando es auténtica, no perdona los artificios de oropel ni las decisiones de reparto guiadas más por el mercado que por la excelencia. La reciente presentación de Los Cuentos de Hoffmann en el Teatro Colón de Buenos Aires, ha dejado al descubierto, con quirúrgica nitidez, una verdad que la gestión de nuestros teatros se obstina en ignorar: la verdadera jerarquía artística habita en las voces de nuestro propio medio.
La debilidad del rol titular: El tropiezo en el centro del drama
Antes de abordar los aciertos de la noche, es preciso señalar la falla estructural de la producción. En el centro mismo del poema dramático, el Hoffmann del tenor Leonardo Caimi resultó un doloroso derrotero. Caimi intentó batallar contra sus evidentes limitaciones vocales a fuerza de empuje, entregando una interpretación cansina, pesada y desprovista de línea de estilo francés. La zona aguda sonó destemplada, al límite de la afinación y, por momentos, derechamente fuera de la partitura. El rol lo superó en extensión y resistencia; en los tercetos y cuartetos la voz lució desgastada, evidenciando que el papel le queda sencillamente enorme y exponiendo la incomprensible decisión de buscar afuera lo que aquí sobra con holgura.
La consagración de las sopranos: Un triunfo de estirpe local
En contrapunto con el desacierto del protagonista, la noche fue una demostración de fuerza y maestría por parte del elenco femenino nacional. Frente a la miope costumbre de importar solistas que poco aportan, la tríada de sopranos argentinas dio una lección de virtuosismo, musicalidad y estilo.
Constanza Díaz Falú (Olympia): Abordó la muñeca mecánica con un dominio técnico rotundo. Sus agudos filosos, bellas coloraturas y un fiato impecable no se quedaron en el mero malabarismo vocal; supo imprimir a cada arpegio esa frialdad cibernética y sobrehumana que exige la partitura, convirtiendo su aria en un verdadero estallido de ovaciones.
Foto gentileza Juanjo Bruzza, Prensa Teatro Colón de Buenos Aires
Laura Pisani (Antonia / Stella): Representó el contrapunto emocional de la jornada. Con un timbre de notable carnosidad, centro cálido y una proyección tersa y conmovedora, Pisani dió una Antonia trágica, sensible y de una musicalidad exquisita. Su canto, atravesado por un legato de alta escuela, convirtió el dúo con el fantasma de la madre y la posterior escena de la muerte en el momento de mayor densidad poética de la función.
Foto gentileza Juanjo Bruzza, Prensa Teatro Colón de Buenos Aires
Mariana Carnovalli (Giulietta): Asumió el complejo y traicionero rol de la cortesana veneciana con distinción tímbrica y aplomo. Con un registro homogéneo y un esmalte vocal de gran atractivo, le otorgó a Giulietta esa sensualidad turbia y enigmática, sorteando con solvencia las exigencias de una tesitura que suele incomodar a voces de menor fuste.
Foto gentileza Juanjo Bruzza, Prensa Teatro Colón de Buenos Aires
Daniela Prado (La Musa / Nicklausse): Merece un capítulo aparte. Enfrentar este rol supuso el reto más ambicioso de su carrera hasta la fecha, y lo resolvió con la solvencia de las grandes intérpretes. Con un instrumento noble, amplio y de hermoso color de mezzosoprano, Prado no solo fue el pilar expresivo que equilibró el drama, sino que demostró una madurez escénica y un rigor musical impecables, adueñándose de la escena con soltura y elegancia.
Foto gentileza Juanjo Bruzza, Prensa Teatro Colón de Buenos Aires
La autoridad de los malvados y la solvencia del ensamble
En el plano masculino, la noche tuvo un nombre propio en el bando local: Nahuel Di Pierro. El reconocido bajo argentino ofreció una lección magistral al encarnar a los cuatro demonios (Lindorf, Coppélius, Miracle y Dapertutto). Con una voz performática, dúctil y profundamente proyectada, Di Pierro llenó el foso y la sala con una pisada escénica imponente. Su trabajo es el claro ejemplo de cómo la técnica se pone al servicio del gesto dramático: cada fraseo tuvo la malevolencia, el sarcasmo y la autoridad de un artista de jerarquía internacional.
En los roles de carácter y de soporte, el reparto nacional demostró por qué es el verdadero sostén de la temporada: Pablo Urban descolló en la tetralogía de sirvientes (Andrès, Cochenille, Frantz, Pitichinaccio) con una composición actoral tan precisa como afinada; Reinaldo Samaniego aportó empaque como Spallanzani; Sebastián Angulegui lució un Crespel de noble presencia; mientras que Mario De Salvo (Schlemihl), Gabriel Centeno (Nathanaël), Lean Sosa (Hermann) y Leonardo Fontana (Luther) aportaron la solidez necesaria en cada intervención. Mención honorífica para la autoridad de María Luján Mirabelli(La Voz de la Madre) y la eficacia de Augusto Nureña (Una Voz).
El Coro Estable como reserva moral; la orquesta, en la pared del sonido
El Coro Estable bajo la dirección del Mtro. Miguel Martinez, volvió a recordar por qué pertenece a la élite mundial del canto coral. Compuesto por profesionales de la voz, su desempeño desde el prólogo hasta la apoteosis final fue un derroche de homogeneidad, afinación, masa tímbrica y dinamismo escénico. Es un lujo que los públicos más exigentes del orbe envidiarían.
En el foso, en cambio, la dirección de Carlo Montanaro prefirió la potencia al matiz. La orquesta sonó contundente, sí, pero como un bloque monolítico, carente del refinamiento francés, las transparencias tímbricas y el delicado juego de dinámicas que la orquestación de Offenbach requiere para no agobiar al espectador.
La propuesta visual de Eugenio Zanetti: Homenaje al gran Svengali de la imagen
Esta producción debe entenderse, antes que nada, como el justo y merecido homenaje en reposición póstuma a un verdadero gigante que posicionó a la Argentina en lo más alto del diseño visual internacional. Es imposible no rendir un respetuoso aplauso al Maestro Eugenio Zanetti, un insuperable Svengali de los aspectos estéticos, creador de atmósferas y vestuarista universal. Su legado cinematografico brillará para siempre gracias a obras maestras como Restauración (Restoration), cuyo concepto visual le valió el premio Oscar de la Academia, y Más allá de los sueños (What Dreams May Come), que le valió otra destacada nominación en el mismo rubro.
Ahora bien, no hay que confundir la admiración hacia un notable arquitecto de imágenes con la labor de un director teatral enfocado en guiar la dramaturgia de los cantantes. Al carecer de una marcación actoral rigurosa y profunda, los solistas quedaron librados a su propia intuición, expuestos a la deriva de generalidades conceptuales. Zanetti volvió a deslumbrar desde el abigarramiento de la estampa —con un cuadro veneciano que funcionó como una bacanal orgiástica cargada de mallas, color e insinuaciones—, pero la escena adoleció de esa tensión orgánica que exige el teatro.
Foto gentileza Juanjo Bruzza, Prensa Teatro Colón de Buenos Aires
Esta función queda registrada como un caluroso recuerdo a nuestros grandes talentos locales. Nuestro aplauso eterno al Maestro Zanetti, gigante de la imagen que elevó el nombre del país en el mundo, y nuestro aplauso cerrado a las voces argentinas que sostuvieron la noche. Sin embargo, la pregunta de fondo permanece para la dirección artística:¿quién organiza los elencos y con qué criterio se decide traer figuras del extranjero cuando la escena local cuenta con solistas capaces de cubrir con creces, desarrollo y jerarquía los máximos compromisos líricos?
EL RITUAL DE LAS SOMBRAS Y LOS ESPEJISMOS DEL ARTE
(Buenos Aires, 14/ 10 / 2026, Teatro Colón). Les contes d’Hoffmann. Ópera en tres actos con prólogo y epílogo. Música: Jacques Offenbach. Libreto en francés: Jules Barbier. Orquesta y Coro Estables del teatro Colón. Dirección...Los Cuentos de Hoffman: brillo vocal local, vacío conceptual