El festival Argerich 2023 abre en el Teatro Colón con una velada íntima de música de cámara que ofrece una pieza de Josef Rheinberger y, sobre todo, el Quinteto para piano en Mi bemol mayor Op. 44 de Schumann:
La sala principal del Teatro Colón tiene proporciones y dimensiones que no son compatibles con la expresión y el espíritu mismo de la música de cámara. ¿Es entonces el lugar más adecuado para la ejecución del programa seleccionado para la apertura del Festival Argerich?
Desde la fila 22
Desde la última fila de la platea de una sala de 75 metros de profundidad, toda realidad escénica parece lejana y difícil de estimar. No se cuestiona aquí la realidad auditiva, ya que la acústica del Colón ofrece a todos sus espectadores, independientemente del lugar que ocupen, una relativa igualdad, aunque se supone que el periodista musical está en la mejor ubicación posible para apreciar la riqueza armónica de la interpretación y cualquier matiz de volumen o estilo. Muy diferente es para la apreciación visual que es un componente más importante de lo que uno podría imaginar para un concierto exclusivamente instrumental, a priori sin preocupaciones relacionadas con la ocupación del espacio del escenario. En efecto, para el crítico musical atento a las observaciones objetivas del detalle, tener en cuenta el comportamiento físico, la postura corporal, los gestos, las miradas, las expresiones faciales, las sonrisas o las posibles muecas es un elemento fundamental en la apreciación de la interpretación de un instrumentista o de un solista. Baste decir que condenamos a cualquier crítico a la aproximación al estar sentado en una ubicación muy alejada de la escena que, de facto, no le permite apreciar seriamente estos elementos. Y es aún más deplorable cuando se trata de una solista excepcional como Martha Argerich, cuando ella organiza, dirige y alienta a sus compañeros con una simple mirada durante el 4to y último movimiento del Quinteto de Schumann. Agregamos que las últimas filas de la platea también dan derecho a otros privilegios de los que el periodista profesional, como también el melómano, prescindiría gustosamente: el crepitar incesante de las cámaras colocadas justo detrás de él que debían captar del evento, las corrientes de aire fresco igualmente permanentes que no colocan a ningún espectador, profesional o aficionado, en buenas condiciones de escucha.
Poesía y filosofía de la evanescencia

La velada, dividida en dos partes, solo ve a Martha Argerich subir al escenario para la segunda. La primera, dedicada al Noneto en Mi bemol mayor Op. 139 de Josef Rheinberger (1839-1901), ofrece la posibilidad de escuchar una pieza de este compositor de Liechtenstein interpretada por nueve miembros de la Orquesta Estable del Teatro Colón reunidos en un formación de cámara (5 vientos y 4 cuerdas). De un romanticismo tardío, a veces marcado por la inspiración mozartiana, especialmente en el 4º y último movimiento (violín y fagot), esta pieza de salón no parece presentar particular dificultad de interpretación. Sobre todo, destaca una hermosa cohesión de conjunto por parte de los intérpretes que, es perceptible, conociéndose, escuchándose y sabiendo hacer resonar un cierto sentido individual de intimidad musical, llegan a una conciencia colectiva de esta misma intimidad. La flexibilidad de los vientos y la ductilidad de las cuerdas se expresan explícitamente a través de una cierta armonía de formas y colores, perceptible desde el primer movimiento.
El climax de la velada coincide, por supuesto, tras el intervalo, con la aparición aclamada de Martha Argerich. La virtuosa pianista se impone con naturalidad como meneuse de jeu para la interpretación de este Quinteto de Schumann. Surge una hermosa sinergia entre los cuatro músicos que la acompañan y ella misma. Bajo la desconcertante agilidad y soltura de las manos expertas de Martha, se revela un Schumann íntimo e intimista, menos extravagante que poético (1er movimiento). La languidez del violín (2do movimiento), la precisión de los ataques así como la perfecta simultaneidad de los efectos de mimetismo entre las cuerdas y el piano (3er movimiento), nos recuerdan cuánto tecnicismo hay aquí al servicio de la expresión de un lirismo depurado que apunta a la expresión misma de la evanescencia: evanescencia de la existencia en toda su gravedad como la del sentimiento del amor a través de sus impulsos efímeros, tan necesarios o consustanciales a esta existencia.

El concierto, bastante corto (alrededor de 1 hora y 10 minutos de música en total), fue obviamente un gran éxito popular. La sala está llena y unánime en sus reacciones desatadas, incluidos sus reflejos ahora adquiridos de aplaudir salvajemente entre cada movimiento de las piezas interpretadas. El efecto es doble y desastroso: en parte arruina la propia atmósfera musical (aprender música implica también la necesidad del silencio), también perturba la necesaria concentración de los músicos en el escenario. La buena organización de este festival, cuyo primero episodio arrancó con 5 minutos de retraso, debería ser más didáctica: ¿qué le costaría al Teatro Colón recordar, aunque sea por respeto a los artistas, estas convenciones de buena conducta para el bien estar de todos?
