Hollywood insiste en demostrar que nada muere mientras pueda facturar una secuela, y así llega El Diablo viste a la Moda 2, continuación de aquel fenómeno que convirtió a la tiranía elegante en entretenimiento premium. La buena noticia es que esta vez no estamos ante un simple reciclaje nostálgico: la película entiende que el tiempo pasó, que el mundo cambió y que incluso el poder necesita actualizar su vestuario.
El regreso de Meryl Streep como Miranda Priestly es, naturalmente, el centro gravitacional de la propuesta. Su presencia conserva la misma autoridad glacial, esa capacidad de destruir una carrera con una pausa, una mirada o un “interesante” pronunciado como sentencia judicial. Miranda ya no necesita imponerse: su leyenda trabaja por ella. Cada escena en la que aparece mejora de inmediato el nivel de la película.
Anne Hathaway, en cambio, vuelve convertida en una Andy Sachs más curtida, más inteligente y menos impresionable. Ya no es la joven provinciana que ingresaba temblando al altar de la moda, sino una profesional que comprende que el éxito suele venir envuelto en sacrificios ajenos. Ese crecimiento del personaje le aporta espesor dramático a una trama que, por momentos, busca hablar menos de ropa y más de supervivencia.
Y allí aparece uno de los mayores aciertos del film: comprender que la moda en 2026 no se decide solamente en redacciones lujosas, sino en redes sociales, métricas digitales, influencers reciclados como gurúes y campañas morales diseñadas por departamentos de marketing. La película se divierte mostrando ese universo donde todos hablan de autenticidad mientras negocian filtros.
Visualmente, el film cumple con creces. El vestuario vuelve a ser un espectáculo en sí mismo, la dirección artística mantiene elegancia quirúrgica y la cámara pasea entre oficinas, pasarelas y eventos como si todo el planeta viviera en una editorial de lujo. Claro que también deja una verdad incómoda: gran parte de este mundo consiste en personas muy serias discutiendo si un tono de beige cambiará la historia de Occidente.
El problema aparece cuando el guion parece temerle a su propio cinismo. Insinúa una sátira feroz sobre la industria, la edad, la vigencia y la crueldad del éxito, pero a menudo se repliega en zonas cómodas, resoluciones previsibles y reconciliaciones prolijas. Uno espera veneno destilado y recibe champán suavizado. Brilla, sí, pero no intoxica.
Aun así, la película funciona porque conoce perfectamente lo que el público vino a buscar: inteligencia filosa, glamour obsceno y el placer culposo de ver a ricos infelices discutir prioridades absurdas. Nadie entra a la sala preguntándose por la evolución espiritual de los personajes; todos quieren ver a Miranda Priestly dictar sentencia con un abrigo impecable.
El Diablo viste a la Moda 2 no supera al original ni revoluciona nada, pero tampoco se convierte en una caricatura tardía. Es una secuela eficaz, elegante y suficientemente astuta como para justificar su existencia. Y en tiempos donde tantas continuaciones parecen diseñadas por comité, eso ya es casi alta costura.
