sábado, 11 de abril de 2026
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Editorial: El circo global con after en el búnker

LECTURA RECOMENDADA

O cómo el apocalipsis se viste de lujo mientras nosotros seguimos aplaudiendo el perreo existencial…
— por el Dr. Merengue

Domingo. Ese día en que el mate se enfría antes de que uno termine de leer el titular, porque el titular ya no existe: lo reemplazó un reel de 15 segundos que promete salvarte la vida o arruinártela, según el algoritmo esté de buen humor. El papel murió de viejo; las certezas, de un infarto colectivo. Y sin embargo, uno sigue buscando una idea… y le cae encima un carnaval de lo grotesco. Feroz, ridículo y, si uno se atreve a no tomárselo en serio, hasta gracioso.

Arriba, en el escenario global, el mundo entero parece haberse puesto de acuerdo para hacer un reality show sin guión ni final feliz. Medio Oriente entrena para los Juegos Olímpicos de la destrucción mutua asegurada: Israel y sus vecinos practican el arte de la escalada controlada que nunca se controla del todo. Cada misil es un tuit geopolítico con 140 caracteres de plomo. Las Vegas de Oriente —Doha, Dubái, Abu Dhabi— siguen brillando como si nada, con sus rascacielos de cristal y sus malls climatizados donde se compra lujo mientras el cielo del Golfo se tiñe de humo naranja. Imagen perfecta: un influencer posando en el Souq Waqif con fondo de bombardeos lejanos, filtro Valencia para que el naranja del fuego combine con el atardecer. El Golfo Árabe, otrora el Caribe idílico de los millonarios —yates, arena blanca, petróleo barato—, se transformó en una locurita termonuclear con after en el yate y desayuno en el búnker. Todos saben que el próximo bombazo puede caer a dos cuadras del Burj Khalifa, pero el DJ sigue pinchando y el champagne fluye. Porque el show debe continuar, aunque el escenario esté hecho de escombros.

Mientras tanto, los presidentes siguen en su vodevil eterno: unos con cara de prócer oxidado, otros con la energía de un influencer que se olvidó la línea. Hablan como si gobernaran, pero lo que hacen es performance. Discursos épicos para aplausos prestados. Los ciudadanos, extras sin caché ni línea de diálogo, mirando desde la platea barata mientras el mesianismo con micrófono tapa el hambre sin subtítulos.

Y nosotros, desde Argentums, fingimos distancia. “Eso pasa allá”, repetimos como mantra. Hasta que el humo cruza el charco y se te mete en el living sin pedir permiso. Porque el ridículo no respeta fronteras; viaja en business class.

Bajemos a la cultura, o subamos según el grado de impostura. Aparece el Conejo Malo —Bad Bunny, para los formales— y con él, la editorial de rigor. Esa reliquia pulida hasta el aburrimiento, tan fina que resbala, tan seria que provoca carcajada. La pseudo lady of music de antaño, ahora reconvertida en maestra con puntero láser invisible, dando cátedra sobre algo que le revuelve más las tripas que la entiende.

Analiza al Conejo como si fuera un Beethoven con crisis de identidad, y uno lee y piensa: esto no es crítica cultural, es un manual de urbanidad musical con olor a fritanga rancia. Ese tonito de “qué lástima que tenga fama”, esa superioridad marchita mezclada con despecho… ya no cuela ni en los espejos de su propia casa. Mientras el fenómeno avanza, se viraliza, llena River y hasta se planta en el Super Bowl con 128 millones de ojos encima, la señora sigue marcando el aire con su batuta imaginaria.

El fenómeno vive, respira, perrea. La cátedra bosteza y se queja del ruido.

Porque no se trata de notas ni de métrica. Se trata de irrupción. Algo entra y desordena la cocina bien aceitada: ¡paf!, salpica aceite caliente. Molesta. Quema. Importa. Lo grotesco no está en el cantante con orejas de conejo y letras sin complejos. Lo grotesco es el manual de etiqueta tratando de ponerle corbata al caos.

Sigamos, que el menú no termina. Los Óscar reparten estatuillas que ya parecen premios de buena conducta: gana el más correcto, no el más audaz. El arte se burocratizó; falta que entreguen certificados con moñito celeste y aplausos obligatorios.

Y en casa, ni hablamos. Andrea del Boca entra, sale, llora (patente registrada desde los 80), vuelve a entrar, mientras Gran Hermano se afianza como la verdadera universidad emocional del país. No se hagan los finos: todos miramos. Aunque sea cinco minutos. Aunque sea “para entender”. Claro, para entender. Yo soy sommelier porque veo MasterChef. Somos voyeurs con excusa doctoral.

Pero el telón sube al acto judicial. Una ex presidenta sale de su domicilio —o de su domicilio/cárcel, híbrido bien criollo— para desfilar en el circo: banderas, épica, lágrimas por encargo. El expediente, en cambio, no llora. En criollo puro y duro: es una rea. Y arrancan los malabares: la historia, la persecución, el contexto… todo muy poético. Pero la ley, esa aguafiestas, no milita. No es delivery ideológico. No elige bando según el color del sticker del auto.

Ya sé: vendrán los indignados de profesión, los tuiteros rentados, los “¿cómo se atreve?”. Pasen, tomen número. El Dr. Merengue los atiende con una sonrisa de oreja a oreja.

Mientras tanto, lo de fondo sigue fuera de cuadro: el hambre, la pobreza. Sin filtro Instagram. Sin estética. Sin algoritmo que los haga trend. Por eso no existen. Y repetimos el gesto eterno: si Astor Piazzolla fuera el vecino de al lado, diríamos “¿este? ¿el del bandoneón?”. Pero compuso Adiós Nonino. Igual, mejor creerle a Susana Giménez, que al menos mide rating.

Argentina: genios a la vuelta de la esquina, fe ciega en lo importado.

Y llegamos al gran final de temporada: un aquelarre snob, camp, con reggaetón a todo volumen y perreo existencial. Todo se muestra. Todo se opina. Todo se olvida antes del lunes.

En este mundo donde cada frase puede ser un misil, opinar es deporte de riesgo. Pero se opina igual. Porque callarse hoy es evaporarse.

¿Conclusión? No hay. Los domingos no traen milagros. Solo una verdad cruda, casi indecente: nada de esto es nuevo. Lo único que muta es el espejo.

Y el Dr. Merengue, fiel a su vicio, no explica. No sermonea. No pontifica. Refleja.

Porque mientras algunos siguen dando clase con puntero imaginario y aceite vencido… mis queridos peripatéticos argentums, obes de estímulos infinitos, la función sigue… y nosotros seguimos aplaudiendo, aunque ya no recordemos bien por qué carajo aplaudimos.

El Dr. Merengue se despide hasta el próximo domingo. O hasta que el próximo misil nos cambie de canal sin aviso. Lo que venga primero.

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