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Homenaje 100 años del Coro y la Orquesta Estable del Teatro Colón, o cómo rendir tributo olvidándose de los homenajeados

LECTURA RECOMENDADA

Damas y caballeros, pasen y vean:
el Teatro Colón celebró los 100 años del Coro y la Orquesta Estable logrando una proeza tan absurda que debería estudiarse en Harvard: un homenaje sin homenajeados.
Sí, leyó bien.
Pura magia institucional. Un hito digno del Museo del Despropósito Argentino.

El podio, ese desierto emocional:
un solo nombre además de la dirección titular.
El único valiente fue el octogenario Mtro. Mario Perusso, que subió al podio para dos intervenciones orquestales microscópicas.
Dos. Ni una más.
Lo demás fue un páramo de batutas ausentes, una escenografía muda donde lo simbólico quedó tirado en el foso como papel picado.

Lo inquietante —e hilarante, si no fuera trágico— es que el único gesto de verdadera memoria institucional fue justamente él: Perusso, con sus años y su historia sosteniendo el aire.
El único que recordó a quién se estaba homenajeando.

Después de eso, la función quedó en manos de Beatrice Venezi, quien dirigió todo lo demás con una autoridad tan sólida que el Colón debería, como mínimo, redactar una carta de disculpas por esas veces en que la trataron como “directora decorativa para repartos de repuesto”.
A nivel internacional vale oro; acá la miran como objeto frágil de bazar fino que nadie sabe dónde exhibir sin romper el protocolo.

Y llegó la frutilla conceptual: La Cantata.
El momento “gran postal épica”.
Dijeron: “Esto queda lindo, esto pega”.
Pero no, no pegó. Chocó.

Porque sí, Alexander Nevsky es poderosa, monumental, grandota, pero…
¿Nadie sintió el perfume político que inundaba ese escenario?
¿De verdad había que proyectar el texto en ruso, crudo, sin una mísera contextualización justo ahora, en un mundo partido entre Ucrania y Rusia?
¿Acaso los iluminados de la mesa de programación estaban de franco?

Pero claro, vuelve la frasecita para principiantes:
“El arte no debe mezclarse con política”.
Sí, cómo no.
El arte y la política se mezclan más que el incienso en Pascua, pero siguen diciendo esa pavada como si fuera un mantra de autoprotección.

El público, mientras tanto, leyendo la epopeya del “Santo Ortodoxo”, héroe de la “Santa Rusia”, unificador de monasterios y libertario según el viento.
Un panfleto precioso.
Y, como corresponde en esta ciudad devota del bronce importado, se aplaudió igual.

Y mientras descifraba la sobrelectura geopolítica, otra pregunta me taladró:
¿Dónde están los compositores argentinos?
¿Los guardaron en un Tupper hermético?
¿Los dejaron en el depósito entre telones y ratones?
Porque acá se programa más música argentina en Oslo que en Libertad 621.
Vergüencita.

Sigamos:
Los directores históricos, los de verdad, los del ADN del Colón, ausentes del escenario.
Ah, pero en la platea algunos estaban, con cara de invitados al velorio de sí mismos.
La memoria, por supuesto, no figuraba en la lista de protocolo.

Y la postal más ingrata de todas:
los cantantes míticos del Colón, los que levantaron la lírica nacional, ahí, mezclados entre la gente, sin saludo, sin invitación, sin escenario, sin un mísero gesto.
Ni en “Va, pensiero” se les dio pie para pisar la tarima.
Nada.
Como si nunca hubieran existido.
Como si el teatro hubiera nacido ayer, sin pasado, sin historia y sin culpa.

Mientras tanto, el snobismo porteño, esa especie autóctona que combina perfume francés con ignorancia hereditaria, festejaba la noche como si hubiera presenciado el regreso de Karajan.
Saltitos felices.
Aplausos suavecitos.
Comentarios vacíos.
Y la historia, una vez más, barrida debajo del escenario como telón viejo.

Ahí, justo ahí, mi yo crítico, amable, diplomático, quiso retirarse dignamente.
Y entonces emergió él:
el Dr. Merengue, con mi rabia elegante, mi ironía maleducada y esa melancolía que brota como surtidor roto cuando la verdad queda al desnudo.

Porque lo digo sin azúcar:
un homenaje sin memoria no es un homenaje.
Es una tarjeta postal cara con olvido adentro.
Una ópera sin final.
Un brindis con la copa vacía.
Una función donde todos miran para otro lado para no admitir lo obvio.

Pues bien: aquí tienen lo obvio, escrito.

—Dr. Merengue
el que aparece cuando el telón baja y la farsa queda a la vista

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