San Juan, Argentina, 27/11.2025. Entrar al camerino de Verónica Cangemi es entrar a una zona liminal: un espacio donde conviven la artista que ha cantado en los grandes teatros del mundo y la mujer que regresa, una y otra vez, a la raíz. Ella me recibe con un gesto que no pide protocolo. Dice simplemente: “Soy yo la que te agradece que viniste hasta acá, que te viniste hasta San Juan para ver esta producción, para poder hablar y hacer conocer lo que está pasando.”
Y hay algo en su voz —esa mezcla de timbre noble y franqueza casi doméstica— que convoca a un tiempo más amplio que el de la función que está por comenzar.
Hablar con Cangemi es observar cómo una tradición operística… se vuelve materia viva cuando atraviesa un cuerpo que piensa. Hay en ella un impulso natural de avanzar, de construir donde falta, de sostener donde la estructura cultural es todavía incipiente. “Esta movida fuerte que estás viendo acá en el Bicentenario… la gente tiene que saber que esta producción es un estreno mundial.” La dirige el maestro Eugenio Zanetti. El vestuario es de aquí, con base del Teatro Colón, pero todo se terminó acá. La escenografía es de acá.
San Juan, en su relato, emerge como un territorio donde la ópera encuentra futuro. No por casualidad. No por circunstancia. Sino porque alguien tomó la decisión de que suceda.
Hay un momento en la conversación donde Cangemi deja caer, con naturalidad, uno de esos hilos biográficos que conectan destino y memoria.
“Mi madre es sanjuanina. Fue mi maestra de canto. Creó la cátedra de canto en la Universidad de Cuyo… Fue mi maestra en Alemania.”
La historia no se escucha como un homenaje sino como un mapa. Su madre nace en San Juan, en 1944, el día del terremoto. Debe irse. Y aun así —o por eso— no deja de hablar jamás de esta tierra.
Ese mandato íntimo, casi filial, vuelve en la carrera de su hija como una ética: “Si vas a dar masterclass, si vas a ayudar gente, no te olvides de San Juan.”
Cangemi no se olvidó.
Hace nueve años inauguró este teatro. Desde entonces trabaja aquí con un vigor que ella misma describe con una palabra precisa: “unidad”. Unidad, afecto, ganas, ausencia de soberbia.
“Me recuerda mucho a mi infancia… a mis principios. En el interior siempre sentimos que Buenos Aires es lo más. Que si no pasás por el Colón no hacés carrera.”
Y entonces llega la declaración que desarma todo prejuicio:
“¿Dónde estudié yo? En Mendoza. Y tuve premios… Diapasón de Oro, Konex, BraVo Award (Bolshoi)… y estudié en Mendoza.”

Y está el teatro. Esa burbuja en la Argentina 2025.
“Está bien gestionado. Tiene continuidad cultural. No cambia todo con cada gobierno.”
En ese punto, su admiración se vuelve un acto de ciudadanía.
La cultura como estructura.
Como continuidad.
Como bien público.
Su proyecto en San Juan no es una cruzada. No es caridad. No es épica. Es una continuidad natural de lo que ella encarna: que el arte mayor puede crecer en cualquier geografía si hay rigor, escucha y maestros.
Así creó un equipo de docentes formados con su madre. Así instaló una pedagogía que viaja dos veces por semana. Así genera condiciones para que los jóvenes del interior puedan ser profesionales.
“La gente se merece tener caps internacionales”, dice.
Cuando le menciono la crisis de repertoristas —esa desaparición del maestro que orientaba carreras— su respuesta es quirúrgica.
“El mundo cambió. Antes las carreras eran lentas… Hoy todo es rápido. Los teatros quieren jóvenes porque es más económico. Y los repertoristas no tienen la formación para orientar a un artista.”
Su mirada no es nostálgica: es diagnóstica.
Ella misma trabaja en el Colón en su Opera Stúdio dedicado a ese lugar perdido: guiar carreras, enseñar que la técnica es tiempo, no atajo.
El barroco vuelve como fundamento —porque Cangemi es sinónimo de ese repertorio—. “Es la base… Te obliga a escuchar, a tener disciplina muscular. La coloratura, las líneas, el fiato…”
El canto, en su boca, es un ejercicio metafísico: una forma de ser instrumento en un mundo que pide velocidad.
Muy cerca de la función, la conversación gira hacia Pagliacci.
Y aquí aparece otra Verónica: la intérprete que piensa en imágenes, en historia, en cine. “Nací neorrealista”, dice. Y uno entiende todo.
Le digo que la veo en Anna Magnani —la comparación la sorprende—, pero hay algo real ahí: la Magnani mediterránea, luminosa, desnuda de artificio. “Este concepto de Zanetti… es menos dramático, más elegante. Nápoles de los 40.” Habla del vestuario, de la estética fascista, de la arquitectura que aún conserva inscripciones del Duce. Y, lentamente, entra en el corazón político de la ópera. Porque Pagliacci, en su lectura, es una radiografía social: tensión, decadencia, violencia.
Ella lo siente así. Lo encarna así. “Cuando estoy al lado de Canio… yo tiemblo. Y pienso en el femicidio actual.” Un estremecimiento. Una línea que une el verismo con el presente.
Cangemi podría hablar horas sobre compositores, técnica, estilo.
Cuenta su aprendizaje con Scotto y Campanella: los pianos, la fidelidad al texto, la prohibición de los arrebatos del ego que deforman a Mascagni y Leoncavallo.
En su voz, el verismo se vuelve un arte fino, casi moral: decir lo que está escrito y nada más. Hay, también, una celebración: el coro sanjuanino… “Increíble. Las ganas, la pasión… lo hacen con entrega.”
La función la espera. La llamada flota en el aire. Ella se disculpa.
La entrevista se convierte en una imagen suspendida:
Verónica Cangemi, de pie, ajustando un detalle del maquillaje, hablando con firmeza y ternura.
Una mujer que canta desde la memoria de su madre, desde el interior del país, desde la disciplina del barroco, desde la modernidad del verismo, desde un teatro que palpita al pie de la cordillera.
Una artista que convierte la conversación en poética.
