Buenos Aires, 21/III/2026, Fundación Beethoven (Met Hd) .Tristan und Isolde (ópera en 3 actos) – Música y Libreto: Richard Wagner – Cantantes principales: Lise Davidsen, Ekaterina Gubanova, Michael Spyres, Tomasz Konieczny y Ryan Speedo Green – Escenografía: Es Devlin – Vestuario: Clint Ramos – Iluminación: John Torres – Video: Ruth Hogben – Coreografía: Annie-B Parson – Director Coro: Tilman Michael – Producción: Yuval Sharon – Director: Yannick Nézet-Séguin. Nuestra calificación: muy buena
La nueva producción de Tristan und Isolde en el Metropolitan Opera, dirigida escénicamente por Yuval Sharon, se erige como uno de los acontecimientos más resonantes de la temporada 2025-26. Y, al mismo tiempo, como una paradoja fascinante: una noche musicalmente inolvidable… y teatralmente discutible.
Desde el primer compás, queda claro que el verdadero corazón de esta producción late en el foso y sobre el escenario vocal. La Lise Davidsen construye una Isolda que ya pertenece a la historia grande del rol. Su instrumento, de una amplitud casi descomunal, combina un centro oscuro con agudos luminosos que atraviesan la orquesta wagneriana sin esfuerzo aparente. Pero no es sólo potencia: hay inteligencia, hay intención, hay arquitectura expresiva. Desde la furia inicial hasta un Liebestod de carácter casi místico, Davidsen ofrece una transfiguración sonora que justifica por sí sola la velada.
Y es justamente en ese punto —cuando la pluma intenta sostener la solemnidad del análisis— donde algo empieza a filtrarse. Una voz lateral, incómoda, inevitable.
(El Dr. Merengue carraspea desde algún rincón de la conciencia.), “Decilo sin rodeos: Davidsen es un terremoto con dicción perfecta. Si esto no te mueve, no es Wagner… sos vos.”
Retomo. Intento.
A su lado, el debut de Michael Spyres como Tristán resulta una revelación tan inesperada como convincente. Lejos del heldentenor tradicional, su enfoque —más lírico, más flexible— genera dudas iniciales que se disipan con inteligencia dramática. Su Tristán no se impone: se construye. Crece en el segundo acto y alcanza en el tercero una intensidad desgarradora, sostenida por una técnica refinada y una resistencia admirable.
(Pero la voz vuelve, ahora más confiada.) “Empieza como pidiendo permiso… y termina rompiéndote emocionalmente. Tristán con neuronas, gracias.”
La química entre ambos, lejos de ser inmediata, se desarrolla con lógica interna hasta alcanzar un segundo acto de gran intensidad emocional.
El resto del elenco acompaña con solidez: la Brangäne de Ekaterina Gubanova aporta calidez y lirismo; el Kurwenal de Tomasz Konieczny ofrece robustez y entrega; mientras que el rey Marke de Ryan Speedo Green, en su debut, exhibe nobleza y profundidad vocal. Un conjunto homogéneo, eficaz, sin fisuras.
(Una risa suave irrumpe.) “Todos bien, todos correctos… nadie hace papelón. En estos tiempos, eso ya es un lujo…”
Desde el podio, Yannick Nézet-Séguin opta por una lectura sensual, rica en colores orquestales. Aunque el preludio del primer acto aparece algo deshilachado y ciertos tempi no siempre sostienen la tensión infinita que Wagner exige, el resultado general es de gran belleza sonora.
Y entonces, inevitablemente, la escena.
La propuesta de Sharon, con escenografía de Es Devlin, intenta articular un discurso en torno al nacimiento, la muerte y el renacimiento: túneles abstractos, dobles de los protagonistas, una mesa omnipresente. La ambición conceptual es evidente; la ejecución, problemática. Lo simbólico se vuelve literal. Lo abstracto, invasivo.

(Silencio. Y luego, sin pedir permiso…) “Ese túnel… esa mesa… esos dobles… ¿esto es Wagner o una metáfora obstétrica con presupuesto?”
Intento sostener la línea.
La dirección de actores resulta básica, casi inexistente. Los cantantes parecen librados a su suerte mientras la escenografía se impone como protagonista. Más grave aún: los dispositivos escénicos interfieren en la proyección vocal, distrayendo en momentos clave y compitiendo con la música en lugar de potenciarla.
(Ahora ya no susurra, sentencia.) “Taparle la voz a Davidsen no es concepto… es sabotaje.”

Las ideas —ecos de parejas, ciclos vitales, incluso la sugerencia de un nacimiento hacia el final— no logran integrarse al drama wagneriano, sino que lo reducen, lo explican, lo vuelven terrenal. Y Wagner, precisamente, necesita lo contrario: misterio, suspensión, abismo.
(El Dr. Merengue sonríe, satisfecho de haber ganado terreno.) “Si tengo que entenderlo todo… ya no es trascendencia, es PowerPoint.”
Coda
Y así, entre la solemnidad del análisis y la irreverencia inevitable de esa voz interna que insiste en decir lo que uno calla, esta Tristan und Isolde del MET se revela en su verdad más pura: una experiencia imprescindible… con reservas.
Porque cuando las voces alcanzan este nivel —cuando Davidsen incendia y Spyres conmueve—, Richard Wagner se impone incluso sobre cualquier tropiezo escénico.
Cinco estrellas para lo musical.
Una resta inevitable para una escena que no ilumina, sino que interfiere.
(Y mientras cierro la crítica, lo escucho una vez más…)
“Divina, intensa, larguísima… y con un túnel equivocado.
Pero igual… hay que verla.”

