viernes, 30 de enero de 2026
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Teatro: CORAZA, CÁSCARA, CASA, un viaje introspectivo entre canciones y penumbra

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Sentarme a los 60 años en El Método Kairós para ver Coraza, Cáscara, Casa, el unipersonal musical de la talentosa Vanesa Butera, fue como asomarme a una mudanza emocional, un intento de desarmar el equipaje de la vida para encontrar un hogar interno. Dirigida por Sebastián Suñé, es una muestra del talento inmenso de Butera, una artista cuya voz y presencia escénica son puro fuego. Con canciones que funcionan como pinceladas de su alma, acompañadas por una banda impecable (Javier López del Carril, Carlos Britez, Lisandro Etala y Matías Cadoni), Vanesa teje una narrativa sobre soltar las “cáscaras” y “corazas” que nos pesan: recuerdos, culpas, expectativas. La admiro profundamente por su capacidad de sostener un espectáculo sola, combinando música, teatro y una honestidad que corta el aliento. Sin embargo, con todo el respeto, la obra no me atrapó del todo. Su tono, vibrante y catártico, parece hablarle a un público joven, mientras que, para alguien de mi edad, se queda corta en profundidad y acaba sintiéndose reiterativa.

Vanesa es una fuerza de la naturaleza en el escenario. Desde el primer instante, con una naturalidad que te hace sentir como en su living, su voz —capaz de ser un susurro cálido y un rugido en segundos— lleva la obra a otro nivel. La veo abrir “cajas” imaginarias, cada una cargada de significado: un remordimiento olvidado, un sueño que no cuajó, una expectativa que ya no tiene sentido. Hay una jerarquía en su introspección, un orden en cómo desarma sus capas emocionales. Las canciones, como capítulos de un diario íntimo, muestran su madurez como compositora, con letras que miran de frente las contradicciones de la vida. En los momentos más potentes, parece cantarle a su propio reflejo, y esa vulnerabilidad es un logro enorme. La banda, precisa y envolvente, da vida a baladas que desgarran y temas rítmicos que levantan el ánimo, todo enmarcado en una escenografía sencilla pero efectiva: cajas apiladas, luces tenues, un ambiente que grita “estamos ordenando el alma”. El espectáculo es profesional, redondo, un deleite visual y sonoro que pone en primer plano el talento de una artista que no para de crecer.

Sin embargo, con 60 años y un bagaje que pide otro tipo de reflexión, la obra no terminó de abrazarme. Su lenguaje está claramente dirigido a un público joven, a quienes están en sus veinte o treintas, buscando soltar inseguridades y abrazar el cambio. Las baladas, cargadas de intensidad, funcionan como himnos para esa generación, y las anécdotas de Vanesa —como cuando bromea sobre guardar cosas inútiles “por si acaso”— arrancan risas y conectan con la energía de quien está rearmando su vida. Ese público sale encendido, tocado por el mensaje de “dejar ir y avanzar”. Pero, para mí, ese tono optimista, casi motivacional, se siente algo forzado. A mi edad, no busco frases que me empujen hacia adelante; quiero un diálogo más profundo, con los matices de quien ya vivió varias mudanzas. Las canciones, aunque hermosas, a menudo se quedan en la superficie, como si dibujaran un sentimiento sin detenerse a explorarlo. Hay momentos en que la obra roza esa profundidad —cuando canta sobre el peso del pasado o la lucha por renacer—, pero las transiciones rápidas al humor o al próximo tema no me dieron espacio para quedarme ahí. La narrativa, centrada en la metáfora de la mudanza, se vuelve repetitiva. Es como estar en una mudanza real: al principio te enganchás, pero después de un rato, desempacar tantas cajas cansa.

No quiero que se malinterprete: Vanesa Butera es una grande, una artista que combina música y teatro con una verdad que pocos logran. Su interacción con el público es un acierto total; te hace cómplice, te invita a reír y a mirar tus propias “cajas”. Hubo instantes en que me reí de verdad, como cuando habló de esos objetos que guardamos por pura costumbre, y me vi reflejado en mi placard lleno de “por si acasos”. Pero, emocionalmente, no conecté. No hubo ese nudo en la garganta que esperaba, sino una pesadez, como si el ritmo constante de la obra —sin pausas para digerir lo hondo— me hubiera dejado fuera de su clima.

Coraza. Cáscara. Casa. es un espectáculo que brilla por el talento descomunal de Vanesa Butera y la solidez de su propuesta. Para un público joven, es un viaje catártico, un convite a soltar y renacer. Pero, para alguien como yo, que anhela una introspección más calma y compleja, se queda en un mensaje motivacional que no cala profundo. Es un show bueno, bien ejecutado, pero que, para los que ya peinamos canas, necesita más matices para sentirse completo.

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